DiegoMacera
A Chicago Voy Por Diego Macera

O por qué la economía de hoy se parece a la medicina del siglo XIX

Estoy ya apenas a seis semanas de completar mi maestría en Políticas Públicas en la Universidad de Chicago. Durante estos últimos dos años de estudio, uno de los temas recurrentes en las clases de economía aplicada que más llamó mi atención fue no lo que sabemos los economistas, sino más bien lo poco que sabemos. Me explico.

Desde las primeras clases entendí que, lejos de quedarse estancados en dogmas de teoría económica que a veces llegan ya a sonar trillados, los economistas serios cuestionan, trozan, actualizan y descartan ideas casi a diario. En la práctica esto lo asimilé de dos maneras. En primer lugar, aprendí que muchas de las relaciones causa-efecto que a veces damos por sentadas en el discurso del día a día son bastante más complejas de lo que imaginamos. Según la literatura moderna seria, los efectos del salario mínimo, por ejemplo, tienen casi tantas leyes como excepciones a éstas. En algunos casos perjudica a los menos capacitados, en otros casos no tiene efecto alguno, y en algunos casos más extraños hasta puede incrementar el nivel de empleo. El resultado final depende de una vasta red de variables y detalles sutiles que pueden cambiar totalmente el impacto final. La lección, en éste y en otros casos, es que hay que desconfiar de quienes piensan que la realidad tiene que adaptarse a su modelo teórico y no a la inversa.

En segundo lugar, y más interesante aún, aprendí que hay muchísimo –quizá demasiado– que los economistas simplemente no sabemos. ¿Es la austeridad fiscal la mejor receta que Europa puede seguir para salir de la crisis o más bien deben los gobiernos continuar gastando para no deprimir la demanda interna? ¿Cuál es el impacto de subir los impuestos a los que más ganan sobre su oferta laboral? La verdad es que se pueden encontrar estudios rigurosos de los economistas más prestigiosos que prueban exactamente lo opuesto uno del otro, y en muchos temas hay que desconfiar de cualquier economista que clame tener la verdad definitiva. Como me dijo un amigo médico hace no mucho cuando le expliqué por qué motivos habían ganado el Nobel de Economía dos profesores de mi universidad el año pasado, la economía debe ser la única ciencia que da premios por ‘demostrar’ ideas que se contradicen. De pronto comprendí también hasta qué punto es cierto que la rigurosidad académica tiene poco que ver con la ideología o dogmas previos, y mucho que ver con la humildad para aceptar lo que no sabemos y seguir investigando.

Paradigmas y data

En nuestro país, uno de los ejemplos recientes más claros de esto sucedió en la charla que dictó Paul Krugman, Premio Nobel del 2008, hace apenas un mes. En aquella ocasión, Krugman señaló que la industrialización y la exportación de productos con ‘valor agregado’ no eran claves para el desarrollo del Perú en el largo plazo. ¿Cómo? ¿No era que el modelo primario-exportador nos condenaría al subdesarrollo permanente? Pues de nuevo resulta que los expertos tampoco están de acuerdo con el papel de la industrialización en el desarrollo económico. Y si bien uno puede pensar que –en este caso– las estimaciones macroeconómicas son demasiado complejas para modelar adecuadamente la realidad, lo cierto es que tampoco las estimaciones microeconómicas vinculadas a políticas públicas se salvan. Sólo en el caso de la educación inicial, por ejemplo, a pesar de cientos de estudios econométricos y literalmente millones de observaciones en las muestras, aún no queda claro el impacto de distribuir a los alumnos en diferentes clases dependiendo de su nivel de habilidad. Algo similar sucede con los estudios sobre la cantidad óptima de alumnos por salón de clase y con muchas otras variables que sería importantísimo conocer para diseñar mejores programas de educación.

La situación se agrava en países como el Perú, en los que no sólo existe el problema de que los modelos económicos están lejos de ser perfectos, sino que la ausencia de bases de datos hace casi imposible elaborar estudios serios sobre varios temas. Me topé de forma muy personal con este problema cuando, para hacer mi tesis de maestría, intenté recoger data agraria del 2000 con el objetivo medir econométricamente el impacto del cambio del salario mínimo en ese sector, pero resultó que la información era poca, mala o, llanamente, inexistente. En consecuencia, la falta de data hace que, en el mejor de los casos, muchas políticas públicas en el Perú se terminen basando en los  estudios –ya de por sí limitados– de otras realidades que no nos corresponden.

La ciencia incipiente

Gregory Mankiw, profesor de Economía de Harvard, escribió hace poco una columna para el New York Times en la que comentaba que la ciencia económica de hoy es, en ciertos sentidos, similar a la medicina de hace doscientos años. En el siglo XIX, si estabas enfermo lo mejor que podías hacer era ir al doctor, aunque su conocimiento de medicina fuese tan rudimentario que sus tratamientos quizá fueran a empeorar tu salud antes que mejorarla. Algo similar sucede con la economía hoy. Nuestro conocimiento de cómo funcionan los mercados y cómo se comportan las personas en distintas situaciones es aún muy limitado. Este hecho debería imponer una fuerte dosis de humildad entre los economistas –profesionales y amateurs– que suelen recomendar vehementemente la implementación de ciertas políticas públicas para intentar resolver un problema particular, pero que en realidad pueden terminar perjudicando involuntariamente a los mismos individuos a los que quería ayudar.

Ojo, nada de esto quiere decir que la ciencia económica no sirve, y que bien harían las universidades en ahorrarse dinero cerrando las facultades de una disciplina fallida. En lo absoluto. La verdad es que la economía ha avanzado mucho en entender y solucionar varios de los principales problemas que se le han presentado –recordemos, por ejemplo, que la inflación había sido un problema endémico a nivel global por siglos, pero que desde hace algunas décadas se encuentra ya bajo control en casi todo el mundo gracias a un mejor entendimiento de la teoría monetaria–. Simplemente quiere decir que, a pesar de los avances, queda aún muchísimo por descubrir.

Esto nos debería llevar a dos conclusiones. La primera es que resulta clave para los economistas tener mucho cuidado en proponer medidas que no conocemos bien, y aceptar, con humildad, cuando nos equivocamos o, simplemente, no sabemos. Sólo así mantendremos viva la energía para seguir investigando y aprendiendo.

La segunda conclusión es que, si no vamos a aventurarnos a implementar políticas que tienen resultados inciertos, por lo menos deberíamos intentar implementar las políticas que sí sabemos que dan buenos resultados. Iniciativas como incrementar la conectividad del país vía Internet, telefonía o carreteras, mejorar el acceso a un sistema judicial eficiente, e invertir más en educación y estímulo para madres jóvenes y niños menores de 5 años, son todos proyectos que han demostrado una y otra vez ser efectivos para desarrollar el país y reducir la pobreza.

Si me tengo entonces que llevar una sola lección de la maestría es que los economistas y analistas de políticas públicas tenemos que ser más humildes en aceptar lo que no sabemos para así poder implementar lo que sí sabemos. Más políticas públicas basadas en evidencia empírica, y menos soberbia y dogmatismo, nos ahorrarán más de un tropezón innecesario en el complejo camino hacia el desarrollo y la reducción de la pobreza.