AldoBravo
Agro, economía y negocios Por Aldo Bravo

El pasado 13 de mayo, cientos de miles de agricultores acataron el paro nacional agrario convocado por la Conveagro y la Junta Nacional de Usuarios de Riego a lo largo de 15 regiones.

Los dirigentes gremiales reclaman principalmente que el Minagri reestablezca los niveles arancelarios y las medidas de protección a la producción agropecuaria nacional para mejorar los precios que reciben los agricultores. Aducen que existe una competencia desleal por parte de los importadores debido a que tienen menores costos de producción.

Yo me pregunto, ¿no sería mejor elevar la productividad y mejorar la calidad en el campo peruano en lugar de poner trabas a la importación? Para ensayar una posible solución a este tema, aplicaré el método del caso.

Esta metodología se inventó en la Universidad de Harvard en 1914 y aún sigue vigente por su eficacia para la toma de decisiones y resolución de problemas. Esta técnica consiste en exponer una situación compleja mediante una descripción, situarla en un contexto, analizar los hechos y, finalmente, plantear una solución.

Para este ejercicio, intentaré “ponerme en los zapatos” de la ministra de Agricultura.

Primero: La fórmula más efectiva para elevar la productividad y mejorar la calidad de los cultivos es a través de buenas prácticas agrícolas: comprar buenas semillas, hacer un buen uso del agua y del suelo, aplicar fertilizantes de manera balanceada en todo el ciclo productivo del cultivo.

Segundo: La agroindustria es exitosa y competitiva porque opera bajo buenas prácticas agrícolas; es decir, realiza un adecuado manejo de los cultivos y se tecnifica. En cambio, más del 55% de los pequeños y medianos agricultores en todo el país no aplica ningún tipo de fertilización por desconocimiento, falta de acceso o tradición (según el Censo Nacional Agropecuario: 2012). Tampoco, hacen una correcta gestión del agua (muchos tienen acceso muy limitado) y un análisis de suelo que le permita determinar el nivel de acidificación o la deficiencia de nutrientes que presenta. Esto claramente repercute en rendimientos por hectárea muy bajos y una producción de baja calidad y heterogénea.

Tercero: Del 45% que sí aplica fertilizantes, sólo el 25% lo hace de manera suficiente, balanceada y con fertilizantes especializados con micronutrientes. Los demás aplican principalmente urea, obteniendo resultados en rendimientos que no le reditúan las ganancias suficientes para seguir creciendo. De esta manera, se genera un círculo vicioso.

Cuarto: Después de la reforma agraria que promovió el general Velazco Alvarado, tenemos en el Perú una inmensa cantidad de pequeños agricultores. El 81% del universo agrícola está compuesto por unidades agropecuarias de menos de cinco hectáreas.

Quinto: Los productos importados —por ejemplo, el arroz que proviene del Asia— son más baratos para el mercado peruano porque tienen costos bajos de producción. En la lejanía del oriente, la aplicación de fertilizantes es una práctica común.

La lista de hechos es amplia y el caso es complejo. Luego de un análisis minucioso, planteo algunas ideas de solución:

  1. Impulsar desde el gobierno, en colaboración con el sector privado y los gremios, un auténtico acompañamiento en el campo con programas de transferencia de conocimiento en nutrición de cultivos, manejo del agua y análisis del suelo.
  2. Facilitar el acceso a fertilizantes especializados con macro y micronutrientes, los cuales, según la FAO, duplican hasta quintuplican los rendimientos dependiendo del tipo de suelo y el cultivo. Para ello, se debe establecer una “cancha plana” en el mercado de fertilizantes. Este tipo de fertilizantes —de última generación y más eficientes— pagan IGV; los demás no.
  3. Empoderar a los ingenieros y técnicos agrarios de las gerencias de Desarrollo Económico de cada municipio rural. Ellos deben llevar conocimiento y tecnología al campo. El sector privado podría colaborar con las capacitaciones.
  4. Replantear el uso del canon minero. La mayoría de las comunidades aledañas a proyectos mineros son agrícolas. Los gobiernos locales y regionales podrían emplear este dinero para contratar equipos de expertos agrónomos nacionales e internacionales para capacitar a los agricultores; se podría incluso destinar para entregar fertilizantes y buenas semillas; o, desarrollar proyectos de irrigación.

Desde esta humilde tribuna, hago un llamado a la cordura. No busquemos medidas extremistas que podrían perjudicar nuestros tratados comerciales. Haciendo las cosas bien, entre todos, podemos mejorar la competitividad de millones de agricultores peruanos que exigen —con justicia— atención y apoyo.