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Agro y banca Por Franklin Mendoza

Durante muchos años, la banca peruana y la agroindustria han tenido una relación por momentos de amigos y por momentos de solo conocidos, y esto se debe a varios motivos: el temor por ser un sector altamente expuesto a factores climáticos, el desconocimiento bancario sobre las particularidades de sector agrícola, o malas prácticas financieras de algunas empresas que se sobreendeudaron, generando políticas más restrictivas en los bancos.

Al mismo tiempo, es conocido que durante la última década, la agroindustria peruana ha crecido a tasas envidiables por otros sectores económicos, convirtiéndose en uno de los motores del crecimiento peruano, superando sorprendentemente diferentes dificultades como los “Niños”, “SemiNiños” y “Niñas”, la falta de infraestructura, la falta de agua y tierra, entre otros. A pesar de todo ello, el Perú se ha convertido en uno de los principales proveedores de alimentos en el mundo: somos el primer exportador mundial de espárragos frescos, tercero de arándanos y paltas frescas, y cuarto en mangos. No es poca cosa que en los próximos meses, el Perú será sede del Global Gap Summit 2018, teniendo en cuenta que es la primera vez que este evento internacional se realiza en Latinoamérica y que reúne a miembros de la comunidad mundial.

Queda claro que la agroindustria es un sector altamente expuesto a las condiciones climáticas para generar flujo de caja. Hay cultivos como los espárragos y la uva, cuya generación de caja es de corto plazo y puede ser más apetecible por algunos bancos, pero también existen otros cultivos como la palta que requiere de mínimo 03 años para generar caja, o los arándanos que necesitan una superinversión por hectárea, lo cual puede desanimar a otros bancos, pero que a diferencia de los primeros, tienen mejores precios y mayor demanda mundial.

Sin embargo, existen mecanismos financieros que permiten una relación de beneficio mutuo entre la banca y la agroindustria dentro de un contexto de menor riesgo, como por ejemplo: modelos de repago ajustados a cada cultivo, el uso de préstamos sindicados para compartir el riesgo, la utilización de fideicomisos sobre flujos y activos, o el establecimiento de covenants que permitan un seguimiento financiero y agrícola sobre el negocio. Todo ello sin desconocer otras variables igual de importantes como el buen gobierno corporativo, la responsabilidad social-ambiental y la equidad de género.

Nos encontramos en un buen momento para recuperar y/o afianzar la relación entre la banca y la agroindustria. Por lo pronto, los mercados internacionales ofrecen al Perú demanda en crecimiento y buenos precios a sus principales cultivos. El reto para la banca está en evaluar y encontrar la estructura financiera correcta. Y el reto para las agroexportadoras en demostrar que sus modelos de negocios son rentables y sostenibles, incluso en escenarios adversos.