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Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

Algunas mañanas no bastaba con empujar el viejo Toyota Corona calle abajo para que mi papá abriera el contacto, enganchara la caja en segunda y en un juego de pies digno de un tango intercalara embrague y acelerador para encender el auto sobre la marcha. Algunas mañanas frías no bastaba con aquel trajín; antes había que retirar las bujías del motor una por una, calentarlas con un encendedor y dejarlas listas para la jornada de trabajo. Una rutina repetida con mis dos hermanos no pocas madrugadas de invierno.

Bujía sobre la mano2

Hurgábamos en el cajón de la cocina en busca de un encendedor, manipulábamos las bujías haciendo intentos inútiles por no quemarnos los dedos, y luego, solo luego, pegábamos el lomo a la polvorienta maletera para empujar la nave con todo nuestro ser, rogando que encienda antes de la caprichosa pendiente cuesta abajo que se asomaba a escasos metros; y, si no, rezando para que tome vuelo con el impulso de la bajada. Caso contrario no habría quien empuje el viejo artefacto pista arriba, que, por suerte, siempre arrancó.

Por aquellos días, nuestra jornada escolar se iniciaba como en teoría debía acabar: las manos llenas de mugre, el uniforme salpicado de manchas de sudor y polvo, y un par de chapas rojas que nos decoraban los cachetes. Traíamos el esfuerzo matutino a cuestas, que, contrariamente a restarnos energía, nos elevaba la actitud para empujar la jornada colegial y todo lo que se arrastrara en ella: monólogos existenciales de los profesores, largas horas de dictado y escritura en letra corrida, exámenes sorpresa, ejercicios en la pizarra a vista y ansiedad de toda la clase, y, no menos importante, recreos con partidos de fútbol ‘todos contra todos’.

Años después, envuelto en diversos diálogos de estrategia, recordé la experiencia. Iniciaba una conversación buscando alinear acciones sin aparente relación entre sí en una dirección común, intuyendo (a través de la razón) que la dirección era la correcta, y confiando (a través de la inspiración) que cada quien y todos juntos estaríamos en una mejor posición una vez alcanzado el destino. Una vez alineados los planes en el sentido elegido, y justo antes de echar la rueda a andar, aparecieron algunas frases de motivación colectiva. “Uno para todos, todos para uno”, gritó alguien, citando a ‘Los Tres Mosqueteros’ y su alusión a la solidaridad. “El talento gana juegos, pero el trabajo en equipo gana campeonatos”, aseguró otro, y recordó al legendario Michael Jordan y su mención a la destreza común por encima de la sola habilidad individual. Y mi favorita: “Empujemos el carro en la misma dirección”, sellando la importancia de un solo y único norte hacia donde enfocar esfuerzos.

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Dadas tales frases de escritorio (a mi gusto, excesivamente empleadas), valdría la pena entender las circunstancias en que se originaron. Me resulta difícil interiorizar los sentimientos de ‘Los Mosqueteros’ en puño y letra de su creador –Alejandro Dumas–, aunque logro intuir la fuerza de la camaradería y el honor por sobre la vida misma. Me cuesta ponerme en las zapatillas del mejor jugador de básquet de todos los tiempos y ser capaz de reconocer que aquel talento sobrehumano, por sí solo, no alcanza para lograr el objetivo, hasta que comprendo que es justamente eso lo que convierte a Jordan en el mejor de la historia. Pero cuando de empujar carros se trata, me resulta sencillo establecer la relación: esa enojosa sensación de vencer la flojera matutina, despejar el letargo con una bujía caliente sobre las manos, pararse al frente (sin alternativa) de un artefacto que multiplica mi peso hasta en veinte veces, empujar con riesgo y esperanza, esperar a que arranque, y, si no, seguir empujando… confiando en que el auto (el proyecto, la marca, o la empresa) agarre vuelo propio hacia la dirección elegida.

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