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Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

Si sólo se tratara de lógica, diríamos (correctamente) que la ambición de un negocio, y su constante búsqueda de un significado en el mundo, corresponde a los accionistas, quienes arriesgan su patrimonio a cambio de ir tras sus ideales económicos y –¿por qué no?– existenciales; del mismo modo como señalaríamos que el plan y el modelo de negocios pertenecen a los líderes, capitanes de navío, gerentes generales y comités ejecutivos, es decir, a los responsables de –una vez definidos los sueños y propósitos– resolver el ‘qué’, el ‘dónde’ y el ‘cómo’ del asunto. Sin embargo, en esta jungla competitiva, no sólo de lógica vive el negocio; a veces hace falta una cuota de audacia para entender que la estrategia es un proceso versátil en constante maduración… y una pizca de rebeldía para plantear que una ciencia con tantas variables y conjugaciones no puede ser exclusiva de dueños y gerentes.

La concepción de la estrategia requiere puntos de vista concordantes y discrepantes, intereses alineados y en conflicto, arquitecturas de opciones con beneficios y perjuicios; con corrientes a favor y en contra. Un ejercicio de intercambio difícil de cimentar con pocas mentes, muchas de ellas sesgadas por el trascurrir habitual del negocio. Para elevar la estrategia a un nivel superior se necesita inclusión laboral a todo nivel jerárquico, diversidad de pensamientos, y, sobre todo, una atmósfera donde la gente tiene el coraje y la convicción para expresar sus ideas. El pastor Martin Luther King Jr., que conocía de cerca la realidad de su país, soñaba con que sus cuatro hijos vivieran en una nación donde “no fueran juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter”. Un gran aporte a los derechos humanos que no estuvo determinado por el sueño mismo, sino por el valor de expresarlo.

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En la elaboración de un plan de negocios, en una campaña política, en la conformación de un plantel de futbolistas o en la vida misma, las opiniones discordantes son necesarias para enriquecer el ambiente, pero sólo logran materializarse si existe la apertura para procesarlas e incorporarlas en nuestros cerebros, compararlas, superponerlas, recortarlas, y quedarse con la una, la otra, o la mejor combinación de ambas. A diario somos testigos de cómo diversas corrientes empresariales, económicas, políticas y deportivas expresan sus ideas; y al margen de si los argumentos y fundamentos de sus adeptos son válidos, la pregunta es cuántos de ellos se han tomado el trabajo de entender, analizar, tolerar, respetar, y luego —sólo luego— emitir opinión sobre cómo la posición ajena se contrapone (o tal vez se suma) a la propia. Martin Luther King Jr. proclamó su famoso discurso ‘Yo tengo un sueño’ en 1963, el cual se expandió y debatió a través de la opinión pública americana hasta lograr que algunos líderes políticos, históricamente tercos al asunto, cambien su parecer sobre los derechos civiles de los afroamericanos.

Mi reflexión (abierta a debate) es que las personas en contacto con la realidad de un negocio y su entorno tienen mucho que aportar en un proceso estratégico. La alta dirección debe fomentar su participación, abiertos a adherir conceptos disruptivos, divorciados de su propia manera de ver el mundo. Si surgen nociones innovadoras, ponderar la posibilidad de que alguna de ellas sea de mayor valor que la concepción original; y si fuese el caso, cambiar de opinión. A fin de cuentas, defender un punto de vista es un acto de coraje y convicción, pero cambiar de opinión (y admitirlo) es un acto de grandeza.

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