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Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

A finales de los cincuenta, el profesor Joe S. Bain publicó la teoría ‘structure-conduct-performance’, en la que señala que las condiciones externas de un mercado –como intervenciones económicas, regulatorias, tecnológicas o climáticas– tienen un impacto directo e inmediato en la conducta y estructura económica de las empresas. Este concepto fue complementado a mediados de los setenta por el estratega Michael Porter y sus famosas ‘5 fuerzas’, en las que establece un marco para analizar la exigencia de competir y hacer negocios en una industria, y estimar cuán atractivo (o no) es invertir en ella. Haciendo referencia a estas herramientas, el escritor Richard Rumelt cree que el análisis a nivel industria es limitado, porque las tasas de retorno a largo plazo no están asociadas a una industria determinada, sino a los recursos, las posiciones y las estrategias de las empresas que operan en ella; dando crédito al economista Birger Wernerfelt, quien a principios de los ochenta introdujo el ‘resource-based view’ para demostrar cómo los recursos disponibles de una empresa se pueden combinar para crear ventajas competitivas superiores.

Un repaso por la evolución de distintas visiones: la mirada externa para obtener una perspectiva lógica y clara de cómo funciona el mercado y cómo posicionarse dentro de él; y la valoración de los recursos internos, con la que la empresa confecciona su estrategia para generar diferenciación. A partir de ello, entendiendo que los recursos permiten marcar distancias, convendría profundizar en ellos: descartar los de carácter homogéneo al estándar de la industria, y concentrarnos en los de origen y diseño heterogéneo, es decir, los que permiten aspirar a ganancias y retornos superiores. Ignorar los fácilmente imitables y replicables que ponen en riesgo nuestra ventaja, y enfocarnos en los que por su naturaleza son únicos e intransferibles.

En las últimas semanas, el Perú se ha visto afectado por condiciones climáticas severas, de las que el profesor Bain diría (con acierto) que generan un impacto en la conducta y estructura económica de todos los peruanos; y de las que Porter ponderaría para estimar su efecto en las cinco fuerzas que controlan el mercado. Pero en las que Rumelt y Wernerfelt evitarían profundizar, prefiriendo invertir su energía en identificar los recursos heterogéneos e intransferibles del país que, a partir de tamaña crisis, marcan una diferencia en la manera como los peruanos reaccionamos y alineamos expectativas de cara a un futuro optimista.

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La red de instituciones, empresas, organizaciones y grupos de amigos reunidos en torno a la emergencia para dar continuidad a la vida y sus necesidades básicas; o la infraestructura del país puesta al servicio de eso mismo… el país, son recursos tangibles que, a simple vista, no parecen establecer mayores diferencias, pero que puestos en combinación con sus parientes cercanos, los intangibles, escalan a nivel de heterogéneos, únicos e intransferibles. Por ejemplo, la capacidad recursiva para sostener puentes y abrir caminos con lo que hay a la mano, con la misma creatividad con la que batallamos a diario para extraer valor de la calle y rendir la canasta familiar más allá de lo que indica la lógica. La generosidad para abrir los brazos al mundo –al país necesitado y al turista– y hoy sentir que ‘no estamos solos’. Ese desprendimiento oculto, rara vez activable para las cosas superficiales por las que nos quejamos todos los días, que sí cuenta cuando la situación exige poner las necesidades del resto por encima de las nuestras. Y esa terquedad eterna, casi obsesiva, por la que seguimos de pie, con la cabeza en alto, despertándonos con la misma ilusión, como si el Perú jugara todos lo días, sabiendo inconscientemente que todos los partidos empiezan ‘cero a cero’, y que hoy ¡nos toca ganar!

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