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Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

En medio de la oscuridad del túnel, rodeado de una multitud de gente apurada, sólo quedaba apretar la mano de mi padre y encajar las zapatillas en los vértices de las escaleras, que, al vértigo de la carrera, parecían moverse hacia abajo. Una vez más, aguardaba el momento exacto en que el horizonte deja de ser oscuro para dar paso a los colores, los cánticos y el césped del estadio nacional.

Seguí yendo al estadio, aunque dejé de subir las escaleras con el mismo afán. Los partidos dejaron de ser ilusiones para convertirse en juegos de estrategia, sin pensar en otra cosa que la formación, la disposición, los movimientos, y el resto de cuestiones que tenían que pasar para que el equipo que representa mi identidad sacase ventaja deportiva sobre el rival de turno. Ya ni siquiera pensaba en la elección de esa identidad; si lo hacía, tendría que volver a ser niño y entregarme a la emoción. Y yo, por aquellos días, prefería usar la razón.

Me había convertido en un hincha coherente, lógico, consecuente, de los que analizan la expresión y trascendencia del encuentro más allá del resultado; valorando la concepción de una idea de juego en los entrenamientos y, a partir de ello, obsesionándome con predecir su ejecución en el campo; eligiendo, al igual que Marcelo Bielsa, “el orden antes que la espontaneidad”, y creyendo que “un fútbol ágil, cambiante, sorpresivo y dinámico, tendría que tener un plan para cada situación”.

En el análisis del fútbol, dejé de ilusionarme con el fútbol mismo, porque en la élite mundial, o en nuestro querido campeonato local, resulta difícil cruzarse con ‘el partido perfecto’. Curiosamente, inmerso en esa búsqueda, me topé con la reflexión de un personaje que no profundiza, pero siente el fútbol como pocos. Un uruguayo de mil batallas que ancló por aquí en los setentas para probarse en un club de segunda división, y que luego de varios intentos, encontrase consuelo tras el almacén de utilería del mismo club. Entre sus mil recuerdos y anécdotas, rescaté una frase que se robó de Jorge Valdano para elogiar a un jugador que cambió el rumbo de la historia del deporte rey: “Alfredo Di Stéfano fue un jugador cinematográfico en un fútbol fotográfico”, dijo al aire; y yo, luego de segundos de sopesar sus palabras, me entusiasmé con la rebeldía de Di Stéfano al desafiar las posiciones rígidas del fútbol de aquella época para invadir distintos lugares de la cancha. Y recordé en esa expresión inventiva y desafiante la razón principal por la que me gusta el fútbol.

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Hoy, sin dejar de admirar a Bielsa, tiendo a coincidir con la lectura de Valdano, quien en su manera de ver el fútbol, es capaz de devolverle la magia: “En los primeros minutos se juega el partido que quieren los entrenadores… cuanto más miedo, más estructura… y cuanto más estructura, más aburrimiento… solo un gol es capaz de romper ese tapón táctico y dar protagonismo a la rebeldía de los futbolistas…. el perdedor rompe el equilibrio de pizarra… la necesidad de empatar se impone al miedo a perder y ocurren cosas que sacan a los equipos del letargo defensivo”. Comprendí que la doctrina del hincha del fútbol no debería limitarse a predecir comportamientos a ser aplicados en situaciones específicas, sino a disfrutar con la interpretación de las situaciones insospechadas. Gracias a ello, he vuelto a subir las escaleras corriendo.

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