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Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

Allá por inicios de los noventas, el carismático alcalde de Lima visualizó un proyecto para resolver el tráfico en un punto neurálgico de la ciudad. Para tal fin, pidió a los mejores ingenieros de la época diseñar un intercambio a desnivel entre tres vías importantes de la capital: a un lado, la autopista que atraviesa Lima para unir el continente de norte a sur; en diagonal, una especie de medio anillo que rodea el noroeste de la metrópoli; y cerrando el circuito, una avenida que sirve de paso obligado para varios limeños en su transitar diario de este a oeste (y viceversa). En teoría, una obra de dimensión suficiente para solucionar un atascamiento histórico apenas toreado por un semáforo y un guardia de tránsito.

Cuentan los testigos que el alcalde no pudo esconder su sonrisa al ver los planos por primera vez, cautivado por su parecido con un trébol de cuatro hojas; de aquellos que, cuando niño, tantas veces buscó y rebuscó en el jardín de sus padres. «Por fin encontré mi trébol», pareció decirse, y desde ahí, no hubo quien le quitara la imagen de la mente.

Entre brindis y celebraciones, apareció quien por su inteligencia y honestidad, aunque poco cálculo político, fuera capaz de borrar la sonrisa del ‘mandamás’.

– Disculpe señor alcalde –dijo el joven asesor–, pero me parece que el diseño de la obra tiene un error estructural.

– ¿A qué te refieres? –inquirió el funcionario, volteando a mirar a sus regidores con gesto de “¿y este quién es?”

– Las entradas están antes que las salidas –respondió en voz tímida.

El joven encontró oportunidad de exponer su caso, explicando que los vehículos que se encontrasen en las avenidas con intención de tomar las salidas a mano derecha, tendrían que burlar el tránsito de aquellos ingresando. Y que, en la otra perspectiva, los autos que cogiesen las avenidas desde los anillos de la obra, se encontrarían con el tráfico de vehículos pegándose a la mano derecha para tomar la próxima salida.

– Un error involuntario de diseño que podría ser resuelto invirtiendo el orden de entradas y salidas –dijo al cierre de la exposición.

– Es decir, cambiando el diseño.

– Sin ser un experto en ingeniería, podría decirle que sí, habría que cambiar el diseño.

El funcionario no quiso escuchar más; y el asesor, sorprendido por tan poca capacidad de razonamiento, continuó argumentando en su camino de salida, logrando despertar la necedad del alcalde en una sola frase (luego de varias inútiles).

– No está teniendo en cuenta el efecto látigo.

– ¿Látigo? –inquirió el alcalde, imaginando azotes y gritos.

– Un pequeño movimiento de brazo con un látigo puede generar un gran efecto en el extremo opuesto.

– Explícate.

– Es una teoría común en cadenas de distribución, donde un error de planificación al inicio de la cadena termina causando un exceso (o defecto) de inventarios en los eslabones más lejanos.

– ¿Y eso qué tiene que ver con mi tréb… con mi obra?

efecto látigoEl joven comparó los vehículos con inventario en tránsito, describiendo cómo los autos bloqueados por un error de planificación crearían un efecto multiplicador sobre el resto de vehículos en los tres carriles de las vías, causando un efecto látigo en todas las intersecciones y auxiliares. Un caos de tráfico con alto impacto en la productividad de la ciudad y en los niveles de estrés y mal humor de sus ciudadanos, que al principio podría no ser tan notorio, pero en el tiempo terminaría paralizando varios sectores de la capital.

El alcalde proyectó el problema a tan largo plazo que terminó refugiándose en los encantos de su obra –a fin de cuentas, ¿cada cuánto se encuentra un trébol de cuatro hojas?–, ignorando las entradas y salidas, los látigos, y todos los potenciales efectos futuros. Priorizó la belleza y perfección de la edificación por encima de su funcionalidad a largo plazo. Y hoy, luego de veinticinco años, los limeños sufrimos las consecuencias.

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