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Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

La mayoría de personas (y empresas) que crecen y acumulan riqueza desarrollan y cultivan la virtud de ser precavidos con el riesgo. Porque a diferencia del refrán, ellos si saben lo que tienen, y no necesitan perderlo para valorarlo. Mientras, en el otro lado de la vereda, están los que tienen poco y se ilusionan con el solo hecho de que una idea atrevida en un contexto de incertidumbre los pueda sacar de la escasez. Ya sea porque están empezando y quieren acelerar el camino al éxito económico, o porque ya tuvieron mucho, les tocó perderlo… y no ven la hora de recuperarlo.

En la época universitaria aprendí – más en casinos que en clases de finanzas – sobre los distintos niveles de aversión al riesgo. Los viernes por la tarde me gustaba visitar el casino en compañía de tres amigos. Todos con distintas realidades y estrategias, pero con una meta en común. El objetivo era lograr ir a la discoteca El Grill el fin de semana, con el presupuesto necesario para hacer previos, poner para la gasolina, pagar la entrada, comprar cervezas y comer un “sanguchón” de bajada. Una suma generosa de gastos que no todos podíamos costear.

Grill

Yo hacía sudar la propina durante la semana. Llegaba al viernes con lo justo, tal vez para contribuir con la gasolina y tomarme una chela, pero no para pagar la entrada y disfrutar del resto de placeres de la noche. Ir al casino y apostar lo poco que tenía se convertía en un riesgo necesario. Si ganaba, tendría un fin de semana fuera de serie, si no, estaría igual. Un escenario que me hace pensar en los jóvenes emprendedores que arriesgan detrás de sus sueños, sabiendo que si sus proyectos despegan, cambiaran el giro de sus vidas, y si no, estarán como iniciaron y podrán volver a empezar. A fin de cuentas, siempre habrá un nuevo “fin de semana” para intentar “ir al Grill”.

Daniel tenía una cuenta bancaria un poco más amplia. Le alcanzaba para la entrada y las cervezas, y a veces para el “sanguchón”, pero vivía atormentado con poder invitarle unos tragos a una chica que le prestara atención. Para tan generosa misión, necesitaba una billetera más holgada. La estrategia de Daniel era consecuente con su objetivo: apostaba algunos pocos billetes, lo mínimo para mejorar su presupuesto si ganaba y lo máximo para no sacrificar su fin de semana si perdía. Parecido a aquellas empresas que protegen sigilosamente su resultado económico, permitiéndose ser rentables y sostenibles y solo invertir en iniciativas arriesgadas en búsqueda de beneficios superiores con aquello que no compromete su operación.

Jorge nunca apostaba. Se limitaba a acompañarnos con una cerveza en mano. Tenía el presupuesto adecuado para gastarlo en un fin de semana, y algunos más, pero no lo arriesgaba, ni por necesidad, ni por diversión. Disfrutaba viéndonos jugar en las ruletas y mesas de Black Jack y dándonos consejos estratégicos para mantenernos firmes en dirección al objetivo. Como esos asesores de negocios que saben qué hacer con el dinero ajeno, pero no se animan a hacerlo con el propio.

Y por último, Francisco, con tan buenas finanzas como ganas de apostarlas. Apilaba fichas sin necesaria intención de duplicar sus ganancias, como si de regocijarse de placer por demostrar su destreza en las matemáticas del azar. Lo malo, casi siempre perdía. Y bastaba con ver esfumarse la última ficha para nublarse, sacar fajos de billetes arrugados de sus bolsillos, apilar más fichas y subir la agresividad de la apuesta. Tal cual esos empresarios y ejecutivos que se ponen nerviosas en los momentos de crisis y reaccionan queriendo recuperarlo todo de inmediato, sin una estrategia ni un plan para construir con esfuerzo y paciencia lo que se perdió en “una sola jugada”.

¿Y tú, qué tipo de apostador eres?

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