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Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

Allá por el siglo XVIII, surgió la moda de que las mujeres conduzcan unas pequeñas carrozas tiradas por caballos por las calles de París. Una novedad bien recibida y auspiciada por el rey de turno, quien se sentía a gusto con el creciente rol de la mujer en sociedad… hasta comprobar que las entusiastas damas, con aún poca experiencia en la materia, terminaban atropellando a cuanto transeúnte se les cruzara en frente. Preocupado por la situación, el monarca mandó llamar al teniente general de la policía para pedirle que, de manera discreta, y sin afectar la autoestima de las mujeres que ejercían su legítimo derecho de conducir, resolviera el problema de inmediato. Pasadas unas semanas, el rey notó una mejora sustancial en el número de accidentes de tránsito de la ciudad. Sorprendido por la ágil y eficaz gestión de su teniente, lo mandó llamar. El teniente explicó que había lanzado un simple decreto prohibiendo que las mujeres menores de treinta años conduzcan los carruajes. «Tengo que interpretar entonces que eran las mujeres más jóvenes quienes peor conducían», comentó el monarca. «No su majestad, tiene que interpretar usted que ninguna mujer mayor de treinta años quiere evidenciar su edad», respondió el teniente.

Carruaje

La lectura de la solución por parte del rey era lógica… pero incorrecta. La del teniente, inesperada… pero efectiva. La diferencia, el uso de la información. El teniente se enfrentaba a un reto complicado: garantizar la seguridad de los peatones sin ofender, de manera radical, el derecho de las mujeres, y sin tiempo, además, para enredarse en decretos de tránsito. Tal vez, en paralelo, podría montar una escuela de conducción para damas, pero, mientras la gente se siguiera accidentando en las calles y el rey esperara una solución inmediata, había que actuar.

Se me viene a la mente el caso de un niño que jugaba de arquero en las divisiones menores de un conocido club de fútbol. El pequeño destacaba en su labor, a excepción de los días de lluvia en que bajaba su rendimiento drásticamente. El técnico, asumiendo que el chico tendría miedo de dejar escapar el balón mojado entre sus manos, decidió redoblarle las horas de entrenamiento… sin éxito. La situación siguió igual hasta que una asistente social descubrió la real causa del problema: el hogar del niño estaba apenas cubierto por un techo improvisado que dejaba entrar el agua de lluvia. El pobre arquero perdía la concentración los días lluviosos cuando, inconscientemente, se preocupaba por el bienestar de su mamá y hermanos menores. La solución no estuvo en la cancha, ni en las horas de entrenamiento, sino en la reparación de un techo ubicado a varios kilómetros de distancia.

También recuerdo el caso de un bar medianamente moderno en un barrio discreto de la ciudad, que tenía todo para ser exitoso a excepción de un pequeño detalle: no iba nadie. Los dueños, pensando que las atracciones del lugar no serían suficientes, invirtieron en mejor mobiliario, luces, equipo de sonido y barra… sin éxito. El bar continuó vacío hasta que la señora de limpieza dio con el problema: había un solo baño para hombres y mujeres. Las mujeres, prefiriendo no tomar antes de verse obligadas a usar el baño, terminaban yendo a bares más austeros. Los hombres, prefiriendo bares con presencia femenina, terminaban yendo detrás de ellas. La solución no estuvo en la nave principal del bar, sino en algo tan simple como un baño.

Por mucha creatividad que se le metiera a los asuntos, hubiese sido difícil solucionar los problemas sin piezas claves de información: las mujeres mayores del siglo XVIII protegiendo el secreto de su edad; la lluvia activando una preocupación inconsciente en el cerebro de un niño; y las mujeres prefiriendo un bar discreto con baño exclusivo antes que un bar moderno con baño compartido. Y solo estuvieron capacitados para resolver los dilemas quienes estuvieron cerca de la información, la supieron interpretar correctamente y, sobretodo, le supieron sacar provecho.

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