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Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

De chico, en casa de mis abuelos, escuché la historia de Don Pedro Hernandez De Agüero Luna-Victoria, un prestigioso empresario y gamonal que allá por inicios del siglo XX promoviera un incremento significativo en los estándares de productividad de las haciendas del norte del país. Decían que, alcanzada su madurez, no había tarde en que no se sentará en la terraza de su casa a ejercer su legítimo derecho de tomar lonche y disfrutar de sus dominios, mientras el pueblo se complacía sabiendo que nada de lo que él tenía le había llegado gratis: ni las vastas hectáreas de tierra, ni las interminables matrices de caña de azúcar, ni la colección de caballos peruanos de paso, ni el Ford T que lucía en el garaje, ni mucho menos… ese delicioso lonche vespertino con café con leche, chancay con mantequilla, mermelada de tamarindo, queso fresco cajamarquino y una buena cucharada de miel de chancaca.

A pesar de su estilo autoritario y debilidad por los placeres de la vida, la gente quería y respetaba a Don Pedro; y le reconocía una máxima premisa en el decir y el actuar: «el placer de un buen lonche no está en el lonche mismo, sino en todos aquellos lonches que uno tuvo que sacrificar en la vida para hoy poder disfrutar sin más preocupaciones que la comodidad del asiento, el sabor del chancay y la generosidad del paisaje».

Pasaron los años y las tierras prosperaron, las haciendas abrazaron la llegada de nuevas tecnologías y los lonches ampliaron su oferta de sabores, pero la máxima de Don Pedro perduró en cabeza de muchos. Esos mismos que aprendieron a no caer en la tentación de derrochar el primer dinero ganado (ni el segundo ni el tercero…), sino en la sabiduría de devolvérselo a las bases del negocio. Aquellos que ansiosos por disfrutar de un buen “lonche”, reprimieron las ganas… soñaron con la abundancia de los “lonches futuros”… e invirtieron toda su energía en construir ese sueño.

Bajo esta filosofía, los patrones levantaron la cabeza para ver más allá de su soberanía, entendiendo que el futuro no estaba solo ahí, sino en toda la cadena productiva… en la operación propia y en el conjunto de operaciones que giraban alrededor. Para que el modelo de negocio de la hacienda marchase, había que poner a funcionar los modelos de todo el sistema: los proveedores de insumos, la comarca de campesinos, los molineros, los transportistas, los comerciantes, entre varios otros.

Pasaron más años y pareciera que el Perú, últimamente mal acostumbrado a los “lonches gratuitos”, necesitase refrescar la premisa de Don Pedro. La empresa privada, con compromisos recientemente renovados en CADE, podrá encontrar mecanismos para sumar a las versiones personalizadas de sus cadenas productivas, entendiendo que la búsqueda por maximizar el valor individual pasa por ayudar a crecer el valor colectivo, por ejemplo, con inversión y reinversión en los activos que componen la cadena económica, integrándose a la agenda del gobierno a través de obras con impuestos, dando visibilidad a sus proveedores sobre sus pronósticos de negocios, uniéndose a sus clientes en la creación de demanda o elevando el nivel de servicio por medio de la integración de procesos y mejores prácticas. La desprestigiada clase política tendrá que invertir y reinvertir en reforzar sus filosofías partidarias para atraer militantes que den institucionalidad y sostenibilidad a las ideas que genuinamente pretenden promover. Y la Federación Peruana de Fútbol, con el éxito llegado más temprano que tarde y un generoso “lonche” caído del cielo, deberá seguir reforzando las bases de su negocio que se gestan y materializan en los clubes profesionales de fútbol, invirtiendo y reinvirtiendo en asegurar modelos de negocio sostenibles en todos las divisiones, categorías y regiones. Buscando que cada niño talentoso en el país pueda desarrollar una carrera profesional integral en la universidad del fútbol (es decir, el club de fútbol profesional) más cercana a su localidad.

Y al final, todos podamos disfrutar de un lonche bien ganado.

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