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Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

Lawrence Freedman, un reconocido historiador inglés experto en estudios de guerra, plantea la teoría de que existen comportamientos elementales heredados a lo largo de la evolución que explican cómo los seres humanos hacemos política. Para probar su argumento, se remite a un estudio de observación de una colonia de chimpancés realizado en los años 70s por Frans de Waal, un investigador holandés especializado en primatología. El estudio descubrió que los primates buscaban fortalecer su posición frente a potenciales conflictos a través de la construcción de alianzas, ofreciendo aseo, sexo y comida a sus simpatizantes; y al mismo tiempo, apreciaban la importancia de limitar sus conflictos para colaborar en sociedad. En conclusión, los chimpancés parecían ejercer un comportamiento político.

La observación evidenció que los simios podían estimar las consecuencias de sus actos, por ello, ser capaces, hasta cierto punto, de colaborar para lograr sus metas. Por ejemplo, saber evitar la violencia entre bandos en caso tuviesen que unir fuerzas frente a rivales externos; mostrar señales de mediación y reconciliación; y tener la capacidad empática de al menos entender el punto de vista del otro. Atributos, afirma de Waal, que demuestran que las raíces de la política (y la estrategia) son más antiguas que la humanidad misma.

En contraste, enuncia Freedman, y sin ningún vínculo con la evolución humana, están las hormigas, cuya descripción sociológica (si aplica el término) las sitúa como seres agresores sin límite, conquistadores de territorios por excelencia y genocidas y aniquiladores de toda colonia vecina. Si las hormigas tuvieran armas nucleares – comenta Freedman – acabarían con el mundo en menos de una semana. Las guerras de las hormigas no son estratégicas en absoluto: se basan en la acumulación de masa y fuerza bruta para doblegar la defensa enemiga. Un conflicto sin lugar para el intercambio y la negociación. Los chimpancés, en cambio, demuestran el constante uso de su pensamiento estratégico. Incluso cuando la necesidad de luchar es evidente, evalúan los costos y beneficios del uso de la violencia y atacan cuando el beneficio conjunto es mayor que la pérdida. Por ejemplo, el cuidado y protección de un recurso natural vital para su subsistencia.

Freedman reflexiona sobre los elementos fundamentales del comportamiento estratégico y piensa que nada ha cambiado: «lo único que ha cambiado es la complejidad de las situaciones a las que se aplica». Leyendo a este extraordinario historiador inglés, y siendo testigo de la crisis política que atraviesa el Perú, me pregunto qué tanto podemos haber sido absorbidos por la complejidad de las situaciones que atravesamos… como para habernos alejado de nuestra capacidad primitiva de hacer política constructiva, inteligente, desprendida, cuyo único fin es el bien común. ¿No es acaso momento de limitar nuestros conflictos para colaborar en sociedad? ¿O de derrumbar las barreras que frenan toda posibilidad de mediación y reconciliación? Hemos llegado al punto de boicotear nuestros propios recursos de subsistencia política…

¿O es que los líderes políticos peruanos (y algunos otros gremios), tercos y orgullosos a nuestro estilo, hemos desafiado las reglas de la evolución para empezar a parecernos más a nuestras amigas las hormigas?

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