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Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

En Dakar participan 28 pilotos de moto inscritos en la modalidad ‘sin asistencia’, es decir, competidores que deben recorrer los 9,000 kilómetros de carrera sin más ayuda que el préstamo y transporte de una caja donde guardar sus herramientas, repuestos y pertenencias tales como una pequeña carpa, artículos básicos de aseo y ropa. Y mientras los otros 114 pilotos profesionales terminan cada etapa de competición descansando en camiones móviles y carpas equipados con toda las comodidades, observando a sus cuadrillas de mecánicos preparar las motos para el día siguiente, estos 28 héroes deben llegar a buscar sus cajas, limpiar y reparar sus motos y estudiar la ruta del día siguiente, antes de siquiera pensar en ducharse, cambiarse, comer, armar su carpa y ojala dormir algo.

Se trata de pilotos principiantes con un nivel competitivo suficiente para ingresar a la carrera de resistencia más dura del mundo, pero aún sin credenciales ni historial para pertenecer a equipos oficiales y gozar de su infraestructura. Aunque conscientes del sacrificio que implica valerse por sus propios medios, se ilusionan con codearse y competir con los mejores… y se entregan al grupo de los que tienen “mucho por ganar… y poco que perder”.

Algunos podrían pensar que es una disputa desigual, y que la empresa francesa ASO, organizadora del Dakar, debería promover algún principio de justicia. Pero lo cierto es que el Dakar es un rally justo en la competición y en el reglamento; sin embargo, al igual que en la mayoría de disciplinas de la vida, no lo es en la preparación. ¿O es que en un partido de fútbol sólo se miden aquellos equipos que han  entrenado bajo las mismas condiciones y dormido en hoteles del mismo lujo? ¿O en el Congreso sólo debaten los políticos con el mismo grado académico obtenido en universidades del mismo prestigio?

Y es que así todos quisiéramos partir con las mismas ventajas (o desventajas), la competencia en cualquiera de sus modalidades –recreativa, deportiva, intelectual, profesional o empresarial– no nos da tal posibilidad. Por suerte, en contrapartida, sí nos obsequia la grata y satisfactoria posibilidad de recortar ventajas. Como por ejemplo, los hermanos Wright, quienes con mucha pasión, sentido de propósito e ingenio, pusieron a volar un avión tripulado antes que el millonario y poderoso Samuel Langley. O nuestro querido Cienciano, que con buen fútbol, corazón y una dosis de mística, niveló la cancha para proclamarse campeón de la Copa Sudamericana frente a los grandes River Plate y Santos.

En la ruta de negocios destacan, en un extremo, los jóvenes emprendedores, capaces de poner nervioso a más de un grande con una cuota de innovación y oferta hecha a la medida; y en el otro, las grandes corporaciones centenarias, que sin importar su posición competitiva, siempre encuentran una brecha (o distancia) que recortar. Y en el medio de esos dos, todos aquellos profesionales y empresas que entienden que tal vez no seamos capaces de alterar el punto de partida, pero sí de acelerar el camino a la meta.

Suerte a esos 28 héroes del Dakar, que cualquiera sea su suerte en la carrera, ya han empezado a recortar distancias obsequiándonos una lección de vida.

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