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Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

Establecidos los cambios en la estructura social del país, y bienvenidas las novedades tecnológicas a las que los peruanos hemos sido expuestos, es triste pensar en la poca (o nula) evolución moral que hemos sufrido en las últimas décadas. Yo crecí en un Perú donde los arreglos políticos por debajo de la mesa solían ser el rumor de cada sobremesa. Chismes protagonizados por autoridades escasas de transparencia y capitalizados por civiles al acecho, auditando a distancia y señalando a quienes intuían que participaban de tales negociados clandestinos. En una época sin redes digitales, las habladurías viajaban por un canal tan (o más) exitoso: los círculos sociales del chisme.

Pero el problema de tanta masificación, bifurcación y tergiversación, en mi opinión, no radicaba en la delicadeza para soltar la información, sino en la habilidad excepcional de “esos” peruanos para criticar hacia afuera sin que ello afecte su capacidad de actuar hacia adentro. Como si tuviesen un chip en el cerebro que los activa como parte de la sociedad cuando se trata de los actos del resto, pero se apaga cuando toca ponderar los propios. ¿O no es verdad que los empresarios (de todos los gremios y colores) manejaban dobles contabilidades para cubrir sus tan justificadas “cajas chicas”? ¿O que la coima a la autoridad era tan socialmente aceptada como la discriminación y el racismo? ¿O que los inmigrantes del interior del país, convencidos en su necesidad de sobrevivencia, tomaron posesión de tierras que no les pertenecían y exigieron derechos como si hubiesen aportado impuestos para merecerlos?

Pasaron los años y las cosas cambiaron en forma… y no en fondo. Los peruanos, más y mejor informados en una sociedad más y mejor conectada (que nos audita a todos desde un teléfono celular), seguimos justificando nuestros actos. Maldecimos y metemos carro cuando un “vivo” utiliza un carril auxiliar para adelantar nuestra fila, pero nos auto-convencemos que está bien que nosotros lo hagamos cuando andamos apurados, casi casi “en emergencia”. Alzamos la voz y exigimos cumplir las leyes al policía que nos detiene sin motivo alguno, pero somos campeones mundiales palabreando y compadreando al “jefe” de turno cuando somos nosotros quienes caemos en falta. Criticamos la nula capacidad de las autoridades para ser honestos y dirigir derecho el país, pero hacemos poco (o nada) para ser formales y dirigir derechas nuestras vidas. Y como autoridades, hacemos ver los conflictos como meros descuidos sin “mala fe”, pero censuramos enérgicamente los descuidos de nuestros rivales para bañarnos en popularidad.

Esta tara histórica de la que no hemos sido capaces de escapar se podría resumir en un par de preguntas: ¿cuál es el punto exacto en que trazamos la línea entre lo correcto y lo que no? Y… ¿dónde y cuándo decidimos mover la línea a nuestra propia conveniencia? Un par de cuestionamientos válidos que conviene plantear previo a cada que decisión importante (o no tan importante) que tengamos en frente. A fin de cuentas, en la estrategia, en los negocios (y en la vida), todo se trata de elecciones. Saber qué sacrificamos en el corto plazo (llegar tarde a una reunión, llevarnos una multa de tránsito bien ganada, o quedarnos cortos en la cuota de ventas) para ganar algo mucho más grande en el tiempo. En este caso, defender nuestros principios y valores, que tal vez no sean celebrados por muchos, pero bastará con que nosotros sepamos que dimos un paso importante por promover un cambio. Creo que vale la pena hacer el esfuerzo. Ya me pongo en la tarea…

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