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Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

La clasificación al Mundial Rusia 2018 trae reconciliación y esperanza. Por unos meses, los peruanos nos olvidamos de la vida social drástica y el entorno político involutivo en que vivimos para dejarnos engreír por una selección que se ganó el cariño a pulso. En el interín, perdimos un presidente, llegó el invierno, subieron los impuestos y nos mantuvimos incapaces de frenar la violencia de género. Pero el fútbol nos mantuvo en otros oficios. El del padre orgulloso que escucha al mundo hablar bien de este equipo y, de paso, de este país; el del abogado aplicado que plantea escenarios de ida y vuelta para amnistiar a Paolo Guerrero; el del entrenador que prueba uno y otro equipo y se enfrasca en charlas ‘futboleras’ como si de eso dependiera el destino del universo; y el del financiero que hace cálculos donde hay y no hay para subirse a un avión con múltiples escalas y anclar en algún lugar de Rusia.

Pasado el éxtasis, nos queda la satisfacción y la responsabilidad. Satisfacción por saber que en realidad no éramos tan malos. No lo eran nuestros jugadores, que durante años cayeron en el saco de la mediocridad y que hoy nos tapan la boca probando que hay muchos a quienes no les falta profesionalismo y ambición; tampoco nuestros entrenadores de menores, haciendo un trabajo silencioso de formación para darle complemento físico y técnico a la habilidad natural; ni algunos de nuestros gestores deportivos y dirigentes, que en un mundo de improvisación e intereses personales, demostraron que se puede trabajar por el bien común a largo plazo.

Pero también responsabilidad. Porque abusar del triunfalismo puede nublar la visión para identificar las oportunidades que nos obsequia la clasificación. Si hay un momento para ejecutar cambios es ahora, con el viento a favor, en posición expectante para remover las estructuras que han frenado el desarrollo de nuestra industria de fútbol durante años. Por ejemplo, ejercer una mejor gestión deportiva en los clubes de primera, segunda (y ojalá tercera) división. Todos con identidad deportiva en el equipo profesional, inversión en fútbol formativo, foco en el área comercial y estricta disciplina financiera. Con un campeonato y un producto fútbol que provoque consumir, que reemplace la oscuridad de la frustración y violencia social que se vive en las tribunas al igual que en las calles, por los colores de las familias y los hinchas de verdad. Una industria en la que los entrenadores de academias y divisiones menores no tengan que trabajar de profesores de educación física en sus horas libres para sobrevivir; sino donde se valore la profesión dado el gran beneficio que promete a futuro: a los clubes y al fútbol peruano. Un sector deportivo que saqué a los niños (y niñas) de la calle ofreciéndoles una carrera de formación futbolística en conjunto con un paquete de valores personales que les servirán dentro y fuera de la cancha.

El ambiente ‘futbolero’ está servido. Cada vez más chicos quieren jugar fútbol y más trabajadores del fútbol quieren ayudarlos a ejercer la profesión. Existen más cupos en carreras de gestión deportiva que en contabilidad. Emergen nuevas empresas dispuestas a invertir en el producto; e hinchas y aficionados dispuestos a consumirlo. Hoy más que nunca debemos trascender a la exaltación de la clasificación, comprándonos el pleito de consolidar una industria de fútbol que genere trabajo y progreso para muchos; y que luego, como consecuencia de ello, nos entregue muchas más satisfacciones y responsabilidades.

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