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Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

Con un televisor ubicado estratégicamente, las conversaciones en la oficina fluyen de medio lado, entre rostros ansiosos de fútbol, miradas pegadas en la pantalla y laptops abiertas en la tabla de Excel que mejor ayude a disimular el ocio. De pronto, todo se interrumpe con un “ufffffff”, seguido de la voz del nuevo practicante, que ante la horizontalidad del deporte que reúne a todos en la misma esquina futbolera, aprovecha para impresionar al jefe con un análisis exhaustivo de la jugada. Post partido, los comentaristas deportivos se refugian en las máquinas de café. Primero lo primero: cotejar los resultados con las pollas: la de la oficina, la del barrio y la del club de fans de Doña Peta. “El que va primero en la polla no sabe nada de fútbol”, comenta un canoso conocedor del deporte, desconcertado y hasta un poco indignado con los resultados parciales del mundial. Él defiende la tradición del fútbol, los campeones de siempre, y hace fuerza para no hayan más sorpresas en el cuadro final. Las chicas, en cambio, se entusiasman con los rusos y “los chinitos” (que en realidad son japoneses) coreando vivas y oles sobre apellidos que les suenan tan ajenos como los clubes donde juegan.

A un lado, un par de argentinos juegan su mundial aparte. No hablan de fútbol, sino de las maniobras políticas y financieras dentro de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino) para rescindir el contrato de Sampaoli. Tensión que solo se ve interrumpida por las ocurrencias de un personaje infaltable. Ese que ya le encontró parecido a varios protagonistas del mundial con compañeros de la oficina. “Didier Deschamps es igualito al Gerente de Operaciones” suelta al paso, y la gente estalla en risa. De manera espontánea, surgen las curiosidades. Los goles que fueron y los que no fueron. Los árbitros y los personajes detrás del VAR. Los memes de Maradona. El descubrimiento del Checho Ibarra como comentarista. Las estadísticas inusuales de Mr. Chip. Y mi favorita: el homenaje a una hinchada peruana que conquistó las calles de Rusia y los corazones del mundo.

Lo cierto es que ningún evento reúne a tanta gente como la Copa del Mundo, pero sobretodo que pocos líderes han encontrado un lugar de respeto y reconciliación entre nuestras diversas culturas e ideologías como si lo ha logrado el fútbol. No recuerdo un gremio, por ejemplo, que haya conseguido que políticos, empresarios  o deportistas firmen una petición de amnistía para el líder de un país rival. Tampoco conozco una disciplina que deje tantas lecciones de liderazgo, trabajo en equipo o gestión del cambio como el fútbol. ¿O no es verdad que las bibliotecas y las redes están llenas de generosos textos haciendo paralelos entre el fútbol, los negocios y la vida?

Ante un movimiento tan potente, algunas empresas hicieron valer su legítimo derecho de que sus empleados, en horario de oficina, se concentren en sus labores. Otras, más osadas, eligieron sumarse al movimiento e incorporarlo dentro de sus rutinas de trabajo por un mes. Un mes en el que un simple televisor puede sentar las bases del involucramiento y compromiso de varios meses futuros. Escuché a un líder comentar con orgullo que lanzaron promociones atractivas para acercar a sus consumidores a la fiesta del mundial bajo el racional que estarían absolutamente enganchados con el evento; entonces, me decía, ¿cómo no ser consecuentes hacia el sentimiento de nuestros propios empleados en modo mundial?

A fin de cuentas, si creemos que el fútbol une el mundo, imagínense lo que es capaz de hacer en una oficina.

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