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Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

«¿Quieres vivir en Limaflores?», señala un cartel junto a un sonriente candidato a la alcaldía de Lima, quien, en el sentido estricto de la palabra, asume que la gran mayoría de limeños consideramos Miraflores un distrito ejemplar; y que tan solo replicar parte del trabajo, Lima absorberá las bondades del encantador distrito miraflorino. Siguiendo con el análisis literal de la frase, uno podría imaginar la escasa o nula viabilidad de convertir algunos distritos caóticos de Lima en réplicas del tal vez mejor circuito turístico de la ciudad. Me imagino la conglomeración de edificaciones improvisadas en las dunas de Pamplona, los talleres de autos clandestinos invadiendo las veredas y avenidas de La Victoria o la peligrosidad de las esquinas y callejuelas del Callao, y no se me ocurre una idea más utópica; donde las necesidades primarias están muy lejos de la aspiración de “Miraflores”. Pero el señor candidato no ha hecho el análisis, y si lo hizo, lo descartó rápidamente. Él sabe que en un golpe rápido de vista no importa la racionalidad de la frase, sino la visión del soleado malecón de Miraflores extendiéndose a lo largo de toda la ciudad. Y aún más importante, que el elector sea capaz de retener la fantasía hasta el día de la votación.

«Quiero que ames a tus mayores», señala otro panel, ya no en modo de pregunta, sino materializando la voluntad irrefutable del candidato. Él quiere que amemos a nuestros mayores y nosotros debemos amarlos. Leo la frase y se me ocurren dos hipótesis: que el señor en cuestión sea una especie de psicólogo con gran poder de influencia como para lograr que todos desarrollemos esa linda y necesaria virtud; o que sea más bien un dictador militar que nos empuje la frase “por la razón, o por la fuerza”. Y aun cuando creo que la voluntad de amar a nuestros mayores es digna de todo aplauso, pienso que tal vez sea mejor que el honorable candidato se postule para algún rol en el Ministerio de Educación, donde podría trabajar en inculcar valores en nuestros niños. Pero, por favor, no en la alcaldía, donde es más urgente, por ejemplo, recomponer el caos urbano y vial.

Luego hay uno que lanza la reflexión «soy más humano que político», insinuando, no muy lejos de la verdad, que la clase política ha perdido el lado humano. Otro que se disfraza de karateca y da a entender que su descendencia japonesa es suficiente para resolverlo todo. Los que solo ponen un nombre y una cara asumiendo que todos los conocen, y que tan solo saber que están postulando se aventurarán a votar por ellos. Los que usan el legado del padre, esposo, o familiar cercano, creyendo, bajo el síndrome de la señora K, que el apellido los pondrá en el sillón edil. Los que apelan a sus obras en tiempos pasados, deseosos de que los vecinos los recuerden y rueguen al señor, y de paso a los votantes, que los traigan de vuelta. Y mis favoritos, los clásicos, esos que exprimen tres palabritas manoseadas hasta el hartazgo: honestidad, seguridad y trabajo.

En fin, ellos saben lo que hacen. Acumulan horas “productivas” de experiencia en campañas políticas. Saben llegar a la gente. Están asesorados por “expertos”. Cuentan con una estrategia de campaña. Conocen el poder del marketing y creen en él. Sucumben ante una buena y bien pensada estrategia de comunicación. Entonces, lanzan sus mensajes subliminales y se sientan a esperar los votos.

Yo les deseo lo mejor, pero sobre todo se lo deseo al país. Por eso, en esta campaña controlaré mis emociones para no dejarme secuestrar por el marketing y la comunicación. En cambio, sacaré a relucir mi lado racional y analizaré cada promesa en su estado literal, con la urgencia de identificar una idea que contribuya, al menos un poquito, a mejorar la calidad de vida de los distritos.

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