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Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

Mientras toda la energía de las redes sociales está concentrada en detestar al ciudadano Manuel Liendo Rázuri, protagonista de un papelón bochornoso en las calles de San Isidro y, de ser posible, desterrarlo de la faz del Perú, algunos tomamos el mensaje como una señal oportuna, pues quieran o no, existe una versión de Manuel Liendo Rázuri habitando en cada uno de nosotros.

Invadir una vía en dirección contraria se ha convertido en un sano deporte, a fin de cuentas, «es solo media cuadrita para evitar el tráfico». El problema no solo radica en violar una norma tan primitiva y básica para la sociedad, que se podría resumir en “organicémonos para no interrumpir el paso del otro”, infracción de por sí ya bastante grave, sino en que a partir de la impunidad, sentimos que tenemos licencia para todo. De ahí, nos es fácil arremeter por el carril auxiliar, treparnos a la vereda o inventar un nuevo camino por el parque del barrio.

Y ahí no termina el asunto. Conscientes del delito, aflora el temor a ser capturados en flagrancia; y ante la primera mirada fiscalizadora del vecino, quien ya bajó la luna para señalar nuestra viveza, toca decidir si rectificarla o morir en nuestra “ley”. Recurrir al siempre eficaz y conciliador «sorry, hermanito», que nos permite librar el mal momento, pero no deja ninguna lección más allá de franelear nuestro ego criollo; o aplicar el cinismo de Liendo Rázuri y su filosofía de “la mejor defensa es el ataque”, con frases del estilo «¿quién eres tú para juzgarme?». Luego, ya puede pasar cualquier cosa. Arremetidas de carro, bocinazos, insultos, escupitajos, peleas a puño limpio, amenazas con arma de fuego, disparos, heridos, muertos. Fatalidad.

Además, en el calor de la discusión, nos volvemos invencibles. «Bájate pues, si eres hombre», como si el género tuviese algo que ver con la negación a aceptar un reto callejero tan absurdo. «Fílmame pues, ¿qué va a pasar?», ignorando los efectos del bullicio social del que luego nos haremos víctimas. Y el reciente y tristemente celebre «vas a ver lo que es un “cuete”», sentenciando que estamos por encima de las leyes y la vida misma.

Y yo me pregunto si este incidente vergonzoso, con amplitud, difusión y explosión digna de la envidia de cualquier campaña de marketing, se podría convertir en el punto de inflexión para el surgimiento de una ciudadanía más paciente. Le pasó a Colombia hace un par de décadas, cuando la población, prudente de no enfrentarse con los capos de la mafia, se terminó auto convenciendo que ser tolerantes era la primera regla para evolucionar como sociedad. Le está pasando a Venezuela, con una nueva comunidad que se adapta a culturas ajenas con absoluta humildad y agradecimiento.  Y le podría pasar al Perú, si nos damos cuenta de que así no se puede vivir más.

No tengo el desagrado de conocer al ciudadano Manuel Liendo Rázuri, y aunque estoy convencido que su humillación social es absolutamente merecida, también creo que podría abrirse una oportunidad para la redención social. Una especie de sacrificio o conejillo de indias para que todo tenga sentido y valga la pena. El personaje que pase a la historia como el héroe que, a partir de hacer el ridículo en las calles de Lima, le enseñó a conductores y transeúntes lo que debemos dejar de hacer ¡ya! Porque muchas veces, la diferencia entre el mencionado sujeto y nosotros mismos no pasa por la reacción impulsiva, sino por la simple ausencia de una cámara que capture la evidencia.

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