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Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

Había una época en que los engominados miembros de la generación X del Perú actuábamos bajo lineamientos generales. Todos luciendo el mismo traje acartonado, frecuentando los mismos locales, traspirando las mismas rutinas y persiguiendo los mismos sueños profesionales. Por ejemplo, estudiar un MBA en el exterior. Yo, sin razones e ideas claras, no fui la excepción. Más allá del forzado entusiasmo académico, me ilusionaba vivir solo y hacer magia con un presupuesto austero, ser capaz de hilar un par de oraciones en inglés y abrir mi mundo a las bondades de una cultura ajena.

Dentro de todos los retos y satisfacciones que acarreó la aventura, hay un episodio que recuerdo con especial atención. Me había enrolado en el club de operaciones sin saber que todos los años nos invitaban a una competencia que reunía a las veinte mejores escuelas de negocios de EEUU. El reto consistía en resolver un caso durante toda una noche y presentarlo ante un jurado la mañana siguiente. Por las suertes del destino, y algunas bajas inesperadas de última hora, terminé completando el equipo. El primer año nos fue mal, pero el segundo, ya entrenados en la materia, y con un par de nuevos jales, clasificamos entre los cuatro mejores y alcanzamos el tercer lugar en la ronda final. De todos los desafíos que nos supuso resolver el caso, que describía una empresa ferroviaria que no conseguía que sus empleados llegaran a tiempo a los puntos de inicio para operar los trenes, recuerdo la pregunta de un jurado regordete que se antojaba conocedor de todas las mañas de la industria: “En la red de suministro que están planteando, con operadores responsables de llevar a los empleados en camionetas pequeñas, con un sistema de pago variable indexado al número de personas trasladadas, y con penalidades por llegar a destiempo, ¿cómo van a controlar que los conductores no pongan en riesgo la seguridad de sus empleados excediendo el límite de velocidad para hacer más viajes, evitar penalidades y ganar más dinero?”.

Nos agarró en frío. No la vimos venir. En el vértigo de resolver el caso, planteamos múltiples palancas para operar con celeridad y eficiencia, pero nunca contemplamos la variable seguridad. Entre silencios, balbuceos y miradas cruzadas, improvisamos una respuesta, suficiente para arañar el tercer lugar de la competencia, pero nunca tan contundente como para enmendar el papelón al que habíamos sido expuestos.

Últimamente pienso en el episodio con frecuencia. Si Lima ya era una ciudad con vértigo y ansiedad por llegar a tiempo, la incursión de aplicaciones de entregas a domicilio nos ha puesto al límite. A este punto, a nadie le resultará extraño ver una moto irrumpir en la vereda, meterse en contra para robar “una cuadrita” o arremeter a toda velocidad entre autos conglomerados en la vía. La inmediatez de la entrega se ha convertido en un bien tan preciado que ha superado los estándares de seguridad de los pilotos y de cuanto civil se cruce por delante. En línea con mi experiencia, me animo a pensar que las empresas se han concentrado en desarrollar aplicativos amigables que esconden algoritmos sumamente complejos, matrices electrónicas de calles con rutas optimas y arquitecturas de opciones que responden a situaciones imprevistas, pero dejaron de lado los protocolos de seguridad; y si los contemplaron, habría que dar una mirada a las calles para verificar si efectivamente se están ejerciendo.

Y en otras industrias, guardando distancias con los motorizados, cabría preguntarse cuál es ese bien preciado cuya búsqueda incesante podría comprometer un principio tan básico e indispensable como la seguridad de la gente.

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