DiegoDyer
Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

Estoy convencido de que si quisiéramos que Papá Noel exista, podríamos organizarnos para lograrlo. Empezaría por buscar financiamiento. No propongo al gobierno, pues creo, con justo derecho, que en un evento de tal nobleza comercial, el estado preferirá regular y recaudar antes que aportar. Sí veo viable, en cambio, que emerja un esfuerzo promovido por un consorcio de padres de familia, de aquí en adelante llamado El Consorcio, quienes, cansados de batallar con el rigor de las compras navideñas, estarán dispuestos a pagar una cuota mensual para que alguien les haga la vuelta a fin de año; y de paso, devolverle la credibilidad a una fantasía que viene desprestigiada desde hace algún tiempo.

Aseguradas las finanzas, tocará poner en orden las reglas de juego. Por ejemplo, el límite de edad, el máximo de regalos por niño, el valor promedio por transacción y una explicación precisa al respecto. Pues, en aras de que la misión prospere, anticipo real dificultad en convencer a un niño de que la generosidad del buen Papá Noel tiene límites. También, con la intención de promover igualdad en la repartición masiva de regalos, introduciría un fondo de subsidio para las familias que no logren costear la cuota pactada; previa aplicación y sustento, por supuesto, de su delicada situación financiera.

La complejidad de la operación exigirá pasar de excepcional a perfecta, con un sistema de captación y procesamiento de órdenes masivo y un algoritmo capaz de decodificar todo tipo de letras y caracteres de niños. La logística de distribución requerirá de mucha velocidad y precisión en ventanas horarias apenas delimitadas por la velocidad de rotación de la tierra. Y los procesos y controles deberán incorporar cero-tolerancia al error, evitando así, tener que argumentar con un niño el porqué de la demora o confusión en la entrega de su pedido.

Con tamaña escala de compra, el poder de negociación estará del lado de El Consorcio. Las compañías de juguetes, temerosas de perder participación de mercado frente a sus competidores, y ante la creciente amenaza de marcas blancas, terminarán rindiéndose a los deseos de El Consorcio. Con la sola excepción de aquellas que logren suficiente diferenciación como para llegar a las cartas de los niños con un pedido específico de marca y modelo; situación ante la cual, El Consorcio no tendría otra opción que ceder ante las exigencias de precios y plazos de pago.

Todos los niños deben beneficiarse de El Consorcio, pero ninguno podrá conocer su real dimensión. Para ellos, el concepto es muy simple: un viejito bonachón, barbudo y panzón que vive en el Polo Norte y reparte juguetes bajo demanda. El departamento de mercadeo se asegurará que esa idea se mantenga inalterable en el tiempo; y el área de ventas aprovechará el valor de marca para hacer que se procesen tantas cartas como niños habitan en el mundo.

Los trabajadores tendrán la difícil tarea de ejercer su trabajo a espaldas de sus hijos. Bastará una pequeña fuga de información para que el negocio se derrumbe como un castillo de naipes. Los abogados encontrarán su rol en acuerdos de confidencialidad leoninos inundados de letras pequeñas; y los empleados se refugiarán en gremios para proteger sus derechos. Las áreas comerciales batallaran por el presupuesto; y finanzas, cansado de tanto desorden, tomará el control.  Y ahí, entre fricciones naturales del desarrollo corporativo, surgirá la estrategia en voz del Gerente General, elegido democráticamente por los portavoces de los padres de familia, para recordarles a todos que trabajan por un mismo propósito social, y que la ilusión de los niños solo depende de que se alineen y se pongan a trabajar en búsqueda de ese único sueño.

¡Feliz Navidad!

LinkedIn