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Apuntes de estrategia Por Diego Dyer

Será difícil que los peruanos que empezamos a conocer el mundo en la década de los ochentas, allá por los tiempos en que la señal de apenas cinco canales de televisión se captaba con una antena de conejo, olvidemos el programa humorístico que ocupaba el horario estelar de la pantalla peruana. Familias enteras reunidas los sábados en la noche a disfrutar con los retratos y situaciones que encarnaban el sentir del pueblo peruano en su versión más cómica, y no por ello, menos alejada de la realidad.

Reíamos con las ocurrencias de un jefe con talento original para sumergirse en amoríos con su secretaria, en la complicidad del franelero de la oficina, quien con recursos cantinflescos intentaba ayudar al jefe a mantener el asunto a espaldas de su mujer. Nos ahogábamos a carcajadas con un comediante entrañable, a quien incluso al día de hoy, habiendo hecho todo tipo de roles en diversas pantallas, le resulta difícil sacudirse de la imagen de ese pícaro ciudadano de barrio que se las sabía todas; y cuyos fines, siempre estarían justificados por la astucia. Un criollo que vivía piropeando a cuanta mujer semidesnuda se le cruzara en frente, mientras repartía cachetadas para dejar en claro que, “el papá”, era él. Y nos ensalzábamos con el nombre de un sujeto sin rostro que jugaba un rol clave para facilitar y encubrir todas las patrañas en las que se enredaban estos personajes. Un hombre misterioso que respondía al nombre de “El Doctor Chantada”.

Los hombres al otro lado de la pantalla, habiendo comprado el estereotipo de la amante sensual y la esposa sargento, el machista criollo y el corrupto en su máxima expresión, sembrando lo que más adelante serían nuestros prejuicios, hacíamos fuerzas en silencio para que el “El Jefecito”, “Manolo” y “El Doctor Chantada” se salgan con la suya. Y en ese mundo, que solo parecía diseñado para alimentar nuestro ego masculino, recuerdo a mi madre reír hacia afuera, sin siquiera esforzarme por notar la procesión que podía llevar por dentro.

Si fue planeado, tengo que admitir que la estrategia funcionó. No creamos el machismo, la criollada ni la corrupción, pero sí que los alimentamos por décadas, marcando el perfil de una secuela inagotable de programas cómicos con distintos protagonistas. Todos bajo el mismo sentir. Los libretistas y productores más románticos pensarían que ridiculizar situaciones reñidas con la moral sería una fórmula subliminal para que la sociedad aprenda a vivir con ellas. Mientras que los más calculadores, buscarían captar una audiencia sedienta por ver representada su silenciosa manía de sacarle la vuelta al sistema. Y en medio, los consumidores, preguntándonos más de tres décadas después por qué somos como somos.

Confieso que, al igual que la mayoría de peruanos, disfruté y sigo disfrutando con estos bosquejos cómicos. Y aquí es donde pienso que todos los involucrados (creadores, productores y consumidores) podemos enmendar la plana. Ya no hay necesidad de captar la atención de la gente. Gozamos de un público cautivo deseoso por consumir humor criollo; tarea que ningún programa cultural o educativo parece poder lograr. Con la audiencia sentada a la mesa, existe una oportunidad única de, manteniendo la esencia de la tira cómica, en su versión más machista o criolla, cambiar los mensajes finales hacia la reflexión. Un minuto de meditación inducida que ridiculice la naturaleza misma de lo que acabamos de ver y nos invite a ridiculizar nuestros propios prejuicios. Si somos creativos para el humor, estoy seguro que lo seremos para la reflexión.

Ya no hacen falta buenas intenciones. Tampoco apelar al recurso del largo plazo. Hoy, a partir de la atención que nosotros mismos hemos creado, tenemos una caprichosa oportunidad de ser más picaros y astutos que esos mismos personajes que tanto admiramos. Y así, sumarle a las risas y salsas de la vida peruana, un poco de reflexiones.

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