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19 Mar 2017
 - SE1560

El gobierno enfrenta dos tipos de huaicos

La Voz de SE. Ante desastres naturales como los que enfrenta el país, la única actitud aceptable es dejar de lado la ola de críticas y colaborar. No todos lo están haciendo.

Las lluvias e inundaciones que sufren vastas zonas del país han expuesto (una vez más) las limitaciones del Estado peruano para enfrentar desastres naturales, como se ha comentado en los últimos días hasta la saciedad. Pero también han traído consigo una avalancha adicional, no de tierra y barro, sino de críticas al gobierno. No todas ellas son justas y, sobre todo, prácticamente todas resultan inoportunas en esta coyuntura, que exige un alto sentido de la responsabilidad política a ser manifestado mediante la colaboración incondicional.

No todos los actores políticos relevantes están actuando con la responsabilidad que les toca, aunque hay algunos que han empezado a hacerlo, acaso algo tardíamente. Es el caso, por ejemplo, de la representación parlamentaria nacional que, con inusual tino, decidió aplazar la interpelación —por cierto justificada (SE 1559)— a Martín Vizcarra.

Esa actitud contrasta, sin embargo, con diversas expresiones individuales o colectivas previas (incluso de congresistas), que intentaron sacar provecho político de la desgracia nacional: “Queremos que el presidente nos responda si está en capacidad de resolver y solucionar la emergencia en el norte y llevar a cabo los Juegos Panamericanos […], queremos que en dos semanas se vean los hechos”, emplazó a nombre de la bancada de Fuerza Popular el congresista Luis Galarreta. Previamente su lideresa, Keiko Fujimori, sostuvo: “Nos preocupa (sic) sus ministros de escritorio… que no vayan a la zona de emergencia”. Al final de la semana salió a la luz un chat entre periodistas y tuiteros que tienen en común su exacerbada oposición al actual gobierno, donde concertaban mensajes en redes sociales para desacreditarlo (ver Pierrot en la p. 7). El propio presidente Pedro Pablo Kuczynski cometió al inicio de estas emergencias el desatino de sugerir que se revoque a los alcaldes ausentes en los rescates.

Todo gobierno, desde luego, está sujeto a escrutinio y a críticas (tanto fundadas como infundadas). Ésas son las reglas del juego democrático. Pero lanzar críticas fundadas en situación de desastre nacional es inoportuno. O peor, constituye un oportunismo. Ahora bien, lanzar críticas infundadas en esa circunstancia es una mezquindad rayana con la miseria moral.

Basta prender el televisor para constatar que todo el gabinete se desplegó a diferentes puntos del territorio nacional; a saber: los ministros no se quedaron en sus escritorios. Si algún problema grave se evidencia es la dificultad de los gobiernos locales y regionales para ejecutar sus presupuestos de prevención y gestión de desastres. Por ello el foco y la prioridad de todos deberían ser contribuir a desatar ese nudo y facilitar las reconstrucciones respectivas. Es ingenuo y hasta malicioso decir que si otro hubiera sido el resultado electoral en las presidenciales, las cosas andarían mejor. La naturaleza es la misma, y los problemas de gestión a nivel local y regional no habrían cambiado.

Una vez más, la clase política peruana enfrenta un ‘dilema del prisionero’ (SE 1536, Voces y Opiniones); es decir, una situación en la que a todos les conviene en el largo plazo colaborar, pero la expectativa del beneficio cortoplacista disuade a algunos de hacerlo. Sin embargo, hay tiempo para enmendar ese oportunismo.

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