Exclusivo en la web
Exclusivo en la web
Por Rafael Lanfranco
26 de Noviembre de 2009

¿Debe usted pagar por sus noticias? Pregúnteselo a su hijo de quince años, nativo digital pegado desde los 10 a su iPod, y se reirá probablemente en sus narices, pues ¿para qué gastar su escaso dinero si las puede conseguir de forma gratuita con una búsqueda en Google? Difícil situación para los periódicos y revistas que en el mundo vienen poniéndose a dieta en contenidos, reduciendo su planilla, y buscando posicionarse en segmentos nicho; pareciera que deben lidiar con dos frentes de cambio, uno el de formato, de analógico (papel) a digital, y el otro con la actitud frente al contenido. ¿Qué es gratuito y por qué estamos dispuestos a pagar?
Sólo hace unas semanas, el semanario de economía y negocios estadounidense, BusinessWeek, fue adquirido por Bloomberg por un suma que, según reporta The Wall Street Journal, variaría entre los US$2 y 5 millones (irrisoria para el mercado norteamericano). Aparentemente, Bloomberg apostaría por mantener vivo el semanario impreso aunque quedan fuertes dudas sobre la viabilidad del negocio; los otros candidatos compradores tenían planeado, según señalan fuentes cercanas a la operación, cerrar la revista y hacer una apuesta fuerte por la web. Mientras, The New York Times puso en la calle a otros 25 miembros de su staff editorial la semana pasada, está claro hacia dónde va la industria. ¿Estaremos, entonces, viviendo la lenta desaparición del periodismo impreso?
La dirección de la industria parecer indicar que ello es así, salvo algunas excepciones de las que conversaremos más adelante. Hay todavía escépticos. Sin embargo, es probable que el lanzamiento de nuevos dispositivos convertirá a los dudosos. Un anticipo tímido es el Kindle de Amazon, (y demás e-readers) para la lectura de libros electrónicos y a los que algunos pronostican un rápido fracaso pues se trata de una aplicación “mono funcional”. Una apuesta más agresiva son las computadoras portátiles que hacen máximo uso de la tecnología touchscreen, o pantalla táctil, que ya en el mundo de los móviles se convierte rápidamente en el estándar marcado por el éxito iPhone y el iPod Touch. El 2010 traería el esperado lanzamiento del Apple “Tablet” o Apple iTouch, ambos nombres especulativos para un iPhone con esteroides, el Courier, la PC táctil de Microsoft y las correspondientes versiones de HP y demás fabricante de computadoras. Estas herramientas transformarán, una vez más, la forma en que nos relacionamos con la información. De hecho, Condé Nast, empresa editorial con diversos títulos como The New Yorker, Wired o GQ, ya está desarrollando aplicaciones de sus revistas para estos tableros, y el propio Steve Jobs, quien ha decidido convertirse en una suerte de disruptor en serie en la forma en que consumimos el entretenimiento, tendría la intención de hacer con lo impreso, lo mismo que hizo con la música y lo audiovisual.
Visualícese en tres a cinco años interactuando con sus noticias de forma similar a los primeros 15 minutos de “Minority Report” el thriller futurista de Steven Spieldberg, en la que Tom Cruise, un policía del futuro, juega con los datos en una interfase táctil (en su caso la pantalla está en el aire) y en donde las fotos se amplían, giran, y reducen, se jalan gráficas de cada esquina, se genera data vinculada a los personajes en tiempo real, se congela videos, información hiperlinkeada, y todo en una suerte de danza ritual muy parecida a lo lógica del Wii de Nintendo (de paso, una interface parecida a la de la película está en pleno desarrollo en MIT; vean el siguiente video de las imperdibles conferencias de TED). La imagen es quizá, hasta simbólica, pues vaticina una relación más intima y física entre el hombre y la información, y con esa figura en mente, no es necesaria demasiada imaginación para que el papel parezca una pantalla en blanco y negro frente a lo que tenemos hoy como una plasma de alta definición.
Probablemente ocurra con el papel algo parecido a lo que sucedió con los discos de vinilo y la música digital, o lo que está pasando hoy con la industria del cine. Los formatos denominados “analógicos” se convertirán en productos de culto un nicho de coleccionistas, nostálgicos, amantes de las revistas o puristas, que disfrutan de esa sensación “tan particular” del vinilo, el celuloide o el papel. Para el resto que quizá no vibre con una película de Tarkovsky, la masa de la información se dará en la red, y no solo por su versatilidad multimedia, sino por cada vez más difundida característica social de la web 2.0. Un periódico digital no sólo le permitirá “jugar” con la información, pulsar un video, podcast, o infografía interactiva, sino también interactuar en tiempo real con la red de amigos con los que comparte sus intereses más disímiles, sean estos el medio ambiente, la política internacional, la publicidad ochentera, recetas de tofu o la salud de los delfines.
Los periódicos y revistas virtuales podrán crear importante comunidades alrededor de sus contenidos, y quizá de allí extraer una fuente de ingreso adicional, al vender la data estadística, cualitativa y cuantitativa sobre los gustos e intereses de estas a potenciales anunciantes, gobiernos y organizaciones diversas.
Para ese escenario futurista faltan todavía algunos años, pero la transformación del formato impreso a la web, donde la información abunda, introduce temas más inmediatos. Es muy probable que hoy por ejemplo estemos menos dispuestos a pagar por la información. De ahí que los media moguls como Rupert Murdoch, de NewsCorp, o Sumner Redstone de Viacom, amenacen sacar los tanques legales y las murallas de precio contra Google y su sistema de agregación de noticias. Sobre esto, los invito a que con sus opiniones puedan ayudarnos a dilucidar el debate al final de esta reflexión.
La reconocida consultora internacional McKinsey & Co se hizo de la discusión y puso a debatir en su web dos visiones opuestas sobre la dirección del negocio de las noticias: Por un lado, Clay Shirky, profesor asociado del programa de medios Interactivos de la Universidad de Nueva York, gurú del tema y abanderado de la gratuidad, y por el otro, a Steven Brill, fundador de Journalism Online, una empresa cuyo objetivo es salvar a los periódicos con un nuevo modelo de negocio para el periodismo en línea.
Shirky señala que las personas sólo pagarían por sus noticias cuando consideren que el contenido es necesario, irremplazable e imposible o muy difícil de compartir (algo así como la buena información económica en el Perú de los setenta). Sin embargo, la confluencia de estas tres características difícilmente se daría hoy. Para empezar un lector puede desear con fervor la última edición de Rolling Stones, pero la pregunta es si la quiere tanto como para pagar por ella, frente a la alternativa de encontrar algo gratuito similar en Internet. Es decir, el contenido ya no es necesario para él, se vuelve opcional. Cita el ejemplo The New York Times con su fallida sección, Times Select, un espacio pagado en donde se podía leer a los columnistas más reconocidos del diario. El ejercicio fue un fracaso rotundo y la página del Times perdió considerable tráfico por la valla de precio.
Luego hay algo consustancial a la naturaleza gregaria de la psicología humana: somos seres sociales y nos gusta compartir conocimiento. La web 2.0 nos permite mandar links, posts, videos, tweets, e-mails, larguísimos power points, sobre lo que leemos, escuchamos, hacemos y vemos a diario. Es una parte importante de lo que hoy fortalece amistadas y vínculos familiares. Ponerle un precio nos presiona a no compartir, a ser antipáticos, algo así como el chancón de la clase que no quiere prestar su cuaderno. Las murallas de pago en el mundo digital indefectiblemente reducirían audiencias y con ellos a los auspiciadores, salvo casos de tipos específicos de información, como la financiera, en donde justamente su valor se aprecia cuando esta es más exclusiva, cerrada y secreta.
Brill por su parte, no aboga tanto por el no pago absoluto, como por un modelo mixto en donde cierto contenido sería gratuito, y otra parte por suscripción (¿nuevamente la historia de Time Select?). Ello crearía un modelo de negocio híbrido con dos fuentes de ingreso: el primero por publicidad, que persigue estratégicamente la búsqueda de una mayor cantidad de tráfico, y el segundo por suscripciones, enfocado en un público nicho que asigna mucho valor a los contenidos de la web. Pero nuevamente allí está el dilema de hacer que alguien pague por contenido en la web.
La preocupación por mantener un modelo exclusivamente gratuito (financiado por publicidad o las donaciones de la audiencia como sucede con la National Public Radio News de Estados Unidos) presenta una serie de aristas: la primera, está en el riesgo de tener a los medios sujetos a los vaivenes publicitarios, como reflejo del estado de la economía. Cuando esta va bien la publicidad abunda, pero cuando no, como en la actual crisis financiera, el impacto puede ser devastador. Una buena base de suscriptores, como la que tiene por ejemplo, el semanario británico de The Economist, constituye un colchón importante para amortiguar cualquier caída y garantizar la independencia periodística y la calidad del contenido.
De hecho The Economist parece ser la excepción a la regla (y quizá la respuesta a la búsqueda del modelo de negocios) ya que mientras otros semanarios como Newsweek o Time Magazine recortan su pauta en casi 50%, reduciendo el contenido de “pepas” o scoops, para enfocarse en análisis, y en un número más reducido de lectores “fanáticos de la revista”, The Economist experimentó un crecimiento de dos dígitos en ingresos publicitarios. Michael Hirschorn, de The Atlantic, precisamente escribió un artículo sobre este caso, atribuyendo el éxito de la revista a su capacidad para posicionarse como un poderoso y opinionado sintetizador de los eventos mundiales, en una época en donde la enormidad y la dispersión de la información crecen de forma exponencial. Como en la discusión Shirky-Brill, la revista ha sabido identificar muy bien un nicho, una élite intelectual que se entiende parte de una realidad global, que quiere estar enterada y tener opinión de lo que pasa en el mundo, y que ve los artículos y el empaquetado de la revista como indispensable e irremplazable, y sin alternativas gratuitas similares. Hay que agregar aquí un componente más. Sus suscriptores suelen ser un público poco sensible a los cambios de precio. The Economist se ha mantenido firme en esta visión por años, lo que hoy parecería estar generando los réditos: una audiencia fiel adicta a sus artículos. ¿En qué otra revista puede leer sino sesudos y sintéticos análisis sobre el despegue económico de Texas, la agitada política mexicana, o la crisis del agua en India? No obstante, está pendiente evaluar si ésta incluso aguantará las nuevas plataformas para la distribución de medios como mencionamos anteriormente.
Finalmente, otra arista mencionada por Brill es la que gratuidad juega en contra de los costos del periodismo. Un trabajo de investigación ambicioso, como tratar temas de contaminación ambiental en regiones extensas, corrupción dispersa dentro del sector público o privado, el destape de mafias globales, por citar algunos ejemplos, demanda de muchas horas hombre de profesionales que necesitarán recursos para la creación de la historia. No es sencillo integrar personajes, hechos, recopilar documentos y evidencia dispersa en el territorio y tiempo, levantar análisis y data, y sintetizarlo todo de una forma comprensible. ¿Cómo lograrlo cuando los lectores se resisten a pagar por contenido en la web? ¿Quizá habría que reservar estos espacios sólo para revistas que, como The Economist, han sabido posicionarse bien en su propuesta de contenido?
¿Puede acaso Internet estar malacostumbrándonos a la idea peligrosa que la información es gratis, cuando lo que sucede en realidad es que la abundancia de lo gratuito nos acostumbra a los superficial? Dejamos esta discusión abierta para sus comentarios, no sin antes incluir está cita tomada de Edward O. Wilson en su libro Consilience: The Unity of Knowledge, que creo resume muy bien la labor que nos espera a los periodistas en la época digital:
“Gracias a la ciencia y la tecnología, el acceso al conocimiento objetivo de todo tipo está creciendo exponencialmente al tiempo que su costo unitario se reduce. Está destinado a hacerse global y democrático (…) ¿Y, entonces, qué? La respuesta es clara: síntesis. Nos estamos ahogando en información, mientras que nos morimos por la falta de sabiduría. En lo venidero, el mundo estará gobernado por sintetizadores, personas capaces de reunir la información adecuada en el momento adecuado, pensar de forma crítica sobre ella y realizar de manera sabia importantes elecciones”.
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