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Compliance a la carta Por Susana Sierra

El compliance es una materia de la que viene hablándose con cada vez mayor frecuencia en el mundo corporativo a nivel mundial, y el Perú no es la excepción. Por ejemplo, la ley de responsabilidad administrativa, que entró en vigencia a inicios de este año, genera un incentivo para el establecimiento de sistemas de compliance en empresas: las que puedan acreditar que cuentan con uno y que lo ejecutan diligentemente quedarán libres de responsabilidad penal en el caso de que algún funcionario suyo incurra en delitos de cohecho (soborno), lavado de activos o financiamiento al terrorismo.

La Ley 30737, que reemplazó al DU 003 y que tenía como fin garantizar el cobro de la reparación civil a favor del Estado peruano por parte de empresas involucradas en actos de corrupción (caso Lava Jato), y, al mismo tiempo, la continuación de los proyectos que las mismas estaban desarrollando, exigió a las firmas investigadas que para poder acogerse a la norma –y así poder seguir concursando con el Estado– cuenten con sistemas de compliance.

Además, el Plan Nacional de Integridad y Lucha contra la Corrupción, aprobado por el gobierno en abril de este año, promueve la utilización de sistemas de compliance en las empresas que contratan con el Estado.

El compliance (o, en español, cumplimiento) ha ganado, entonces, bastante notoriedad en el último tiempo y se le ha relacionado principalmente con la prevención del delito, pero su campo de acción es más amplio. Roy Snell, uno de los expertos internacionales más reconocidos en esta materia, describió esta así: “usar las herramientas que tenemos, inteligente y eficientemente para prevenir, encontrar y reparar problemas”.

La principal función del compliance es garantizar la integridad de la compañía y para ello identifica riesgos y establece mecanismos que permitan que los mismos no se conviertan en un problema. En suma, no sólo se concentra en el logro de objetivos, sino en cómo estos se alcanzan. Desde la lógica de compliance el fin no justifica los medios.

La sociedad de hoy espera de las compañías un comportamiento íntegro, que va más allá de lo que exige la ley. Las empresas como parte de su gestión legal, financiera y reputacional deben asegurar que cuentan con políticas contra el cohecho, el lavado de activos y el financiamiento al terrorismo, pero también contra el abuso de posición dominante, la colusión o el uso de información privilegiada. En general, deben identificar y gestionar todos los riesgos de acuerdo a las particularidades de cada industria, tanto en la relación con entidades estatales como con las privadas. Y esto es aplicable a empresas de todo tamaño, no solo las grandes.

Por ello, el compliance no es una receta mágica. No hay una forma única de desarrollarlo. Cada sector presenta sus propios procesos y, por ende, sus propios riesgos.

Un error que comúnmente se tiene es considerar el compliance como un documento realizado solo para cumplir un requisito legal, y cuya ejecución solo le compete a una persona o a un área de la organización.

Un sistema de cumplimiento involucra a toda la organización, pues tiene implicancia en todas las áreas donde se ponga en riesgo la integridad de la compañía. Si bien existe la figura del oficial de cumplimiento, es el directorio el que debe no solo asumir la responsabilidad de velar por su correcta ejecución, sino también de establecer dentro de los objetivos de negocio aspectos relacionados con la integridad. Nuevamente, “el cómo” tan importante como “el qué”.

Dicho esto ¿para qué sirve el compliance? Dentro de las empresas se le considera aún en no pocas ocasiones un gasto de cuya utilidad no se tiene certeza y cuya aplicación suele generar dolores de cabeza entre quienes lo tienen que ejecutar. Sin embargo, poder acreditar un comportamiento íntegro le brinda una compañía mayores oportunidades de acceder a mercados internacionales, fortalece la confianza entre grupos de interés, establece estándares para el sector al que pertenece y, sobre todo, protege a la empresa y al directorio.

Existen no pocos casos en los que delitos o malas prácticas generadas por la falta de diligencia o incluso la complicidad de funcionarios terminaron por dañar seriamente no solo la reputación, sino también la operación de la compañía, poniendo en riesgo su continuidad o incluso propiciando su cierre.

Más allá de crear mejores condiciones para el crecimiento de la compañía en el largo plazo y de blindarla, el compliance prepara a una empresa para la mirada que tendrán de ella las nuevas generaciones en el futuro, cuando los sistemas de cumplimiento sean tan imprescindibles como lo son ya la buena relación con las comunidades o el respeto al medio ambiente.

Finalmente, el compliance ofrece a las empresas la oportunidad de tener un liderazgo en la construcción de un sociedad más íntegra y libre de corrupción. En este espacio, precisamente, buscaremos compartir algunas conceptos y experiencias con el propósito de ayudarlas a alcanzar un rol protagónico en ese sentido.