ÁlvaroZapatel
Con P de Princeton Por Álvaro Zapatel

Son 20 los precandidatos del Partido Demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Número de estándares peruanos si consideramos la cantidad de aspirantes a la presidencia de la República solemos tener en primera vuelta. En el sistema estadounidense, se podría decir que el proceso de elecciones primarias emula a la primera vuelta que vivimos en el Perú, y una vez llegada la elección general, se escoge a uno de los dos candidatos de los partidos más representativos de EEUU. Y, tras la elección de Donald Trump, se ha podido comprobar que ni el paraguas partidario termina siendo un predictor eficaz del pensamiento político de los pretendientes presidenciales.

En esa línea, entre el miércoles y jueves se llevaron a cabo los primeros debates con miras a las elecciones primarias de EEEUU y se realizaron en dos tandas debido al alto número de postulantes. El día miércoles se caracterizó por tener momentos políticamente recordables como el intento de Robert “Beto” O’Rourke en hablar español en la primera noche y los golpes lanzados contra Biden por ser percibido como el precandidato puntero en las encuestas.

No obstante, más allá de lo políticamente anecdótico, resulta relevante destacar la proclividad con la que los precandidatos están dispuestos a lanzar propuestas sin tener, necesariamente, el sustento para reivindicarlas. Esto, podría decirse, es cotidiano en realidades como la peruana o latinoamericana. Sin embargo, el “putsch” de Donald Trump al Partido Republicano en las primarias del año 2015 han servido como ejemplo para los aspirantes demócratas, quienes ahora debaten asuntos como la eliminación del 100% de deuda estudiantil que hasta el momento no ha sido explicado con el debido sustento ni claridad.

En esa línea, el populismo adquiere su mayor atractivo entre personas que pudieran ser más susceptibles a discursos que buscan dar soluciones “simples” a problemas de alta complejidad y siempre con un chivo expiatorio de por medio. La tara, que no es ajena a la realidad latinoamericana, resulta extraña en una latitud como la estadounidense, o incluso la británica o la francesa, tradicionalmente caracterizadas por estar alejadas de estas tendencias, al menos en los últimos 60 años.

En el escenario local, y guardando las distancias programáticas, Antauro Humala, de discurso radical y disparatado, cuenta con 4% de preferencias políticas según un sondeo reciente de IPSOS Perú, publicado en el diario El Comercio. En el Perú se ha vuelto costumbre respirar hondo cada cinco años a la espera de tener una transición que garantice moderación y estabilidad democrática, aunque siempre con la amenaza latente de un candidato que pretenda cambiar las reglas de juego de manera violenta. De esta manera, las brechas sociales que han generado conflictividad social en los últimos 15 años podrían sumarse al hartazgo de la población frente a un sistema político que ha sido condescendiente con la corrupción en el mismo periodo. En esa línea, sostuve en el 2016 que una figura como Gregorio Santos podría tentar la presidencia de la República, aupado en un discurso que simpatizara con ese ánimo popular. Ahora, bien, podría ser Antauro Humala, finalmente.

En algunas oportunidades, como sucedió con Ollanta Humala, las cualidades –o falta de ellas— personales y políticas, sumadas a la estructura económica y política del país, pueden terminar siendo más grandes que el candidato. No obstante, la voluntad del caudillo, dirigida con eficacia, podría ser lo suficientemente contundente como para quebrar el orden democrático y el equilibrio de poderes en un contexto de débil institucionalidad como la peruana.

En esa línea, el ejemplo estadounidense o el británico evidencian que no existe receta para acabar con las pasiones populistas. Si bien es plausible suponer que el “ánimo radical” de algunas propuestas es particular del contexto de elecciones primarias en el que se busca llegar a una base que tenga incentivos de movilización en un país con voto voluntario. Empero, el antecedente de Donald Trump podría ser augurio de una campaña polarizada, propia de una segunda vuelta peruana, y que pudiera sumir a EEUU en un escenario de alta inestabilidad, que, a la larga, afectaría a todo el vecindario.