ÁlvaroZapatel
Con P de Princeton Por Álvaro Zapatel

La semana pasada, Uber inició el servicio de transporte aéreo en helicóptero entre la zona sur de Manhattan y el aeropuerto John F. Kennedy. El servicio, que podrá ser solicitado mediante la app, debe reservarse con aproximadamente cinco días de anticipación y su precio oscilará entre los US$200 y US$225.

De esta manera, Uber, empresa líder en el segmento de carsharing—y que ya incursionó en el servicio de comidas a domicilio, transporte de carga o scooters— vuelve a cambiar las reglas de juego del mercado de transporte de pasajeros. Si bien la tarifa es propia de un servicio que se vende con exclusividad, todo apunta a que la empresa buscará expandirlo especialmente en ciudades que hoy cuentan con serios problemas de tránsito y con suficiente demanda dispuesta a pagar por él, como, por ejemplo, en Sao Paulo o la Ciudad de México, por citar dos metrópolis latinoamericanas.

Sin duda la innovación conducida por empresas como Uber, y actualmente varias otras en distintas ciudades del mundo, ha traído consecuencias debido al descalce que existe entre la velocidad con que estas iniciativas entran en vigor y a la que se mueven las distintas burocracias encargadas de regularlas. De hecho, en enero de este año Uber y la española Cabify se enfrentaron una crisis en España cuando el gremio de taxistas inició una huelga en contra de la competencia –desleal, desde su punto de vista— a la que están expuestos debido a la falta de regulación que, dicen, experimentan los conductores de carsharingen comparación con ellos.

La polémica en Barcelona y Madrid también hizo evidente el motivo subyacente de esta protesta, que sacó a relucir un mercado secundario de licencias de taxi que había crecido como burbuja y, por ende, había llevado a muchos taxistas a incurrir en millonarias deudas con la promesa del monopolio del taxi en la ciudad. El descalce entre la otrora estabilidad ofrecida por el derecho de compra de la licencia de taxi ahora se enfrentaba a la voluntad emprendedora de una empresa que ingresó a mayor velocidad de la que podía sostener la burocracia municipal.

Curiosamente, la huelga de taxis convencionales solo sirvió para incrementar la popularidad y porcentaje de mercado de estas empresas, que, finalmente, siguieron ofreciendo sus servicios. Si bien la huelga trajo consigo problemas de tipo político para el gobierno local, la presión que antaño podía ejercer el gremio de taxis al cortar el suministro de transporte a miles de pasajeros, ha sido reducida.

El Perú no ha sido la excepción en el descalce entre la regulación y la innovación en transporte, que recientemente puso en jaque a la empresa de scooter-sharing Movo, al producirse el accidente de una persona tras ser atropellada por un conductor de estos vehículos en abril.

Las autoridades ediles no tardaron en querer prohibir dicho servicio, aunque tal medida hubiera sido paradójica si se considera el sinnúmero de coasters y buses que recorren Lima con millonarias papeletas encima. De igual manera, los taxistas limeños intentaron protestar contra las empresas de carsharinghace no mucho. No obstante, las condiciones de informalidad en las que ejercen el servicio, al margen de la ley, reduce sustancialmente la legitimidad de sus demandas frente a un transporte que resulta más cómodo y seguro en el escenario de laxa regulación del transporte público peruano.

El austriaco Joseph Schumpeter definió la característica de “Creación Destructiva” del modelo capitalista como la fuerza innovadora que a su vez genera la desaparición de lo obsoleto para dar espacio a lo nuevo. En esa línea, la creación destructiva elimina aquellos bienes y servicios que terminan siendo reemplazado por alternativas costo-eficientes y que sirven mejor al consumidor.

La velocidad de la innovación tecnológica y aplicada a la resolución de problemas cotidianos como el transporte nos expone a una vorágine de creación destructiva a la que tendremos que adaptarnos con velocidad. De la misma manera, burócratas y legisladores deberán estar preparados sino quieren terminar desplazados por las tendencias en el uso y aplicación de las nuevas tendencias que ya cambiaron la manera en que nos transportamos y vivimos.