MarcialOrtiz de Zevallos
Conversemos turismo Por Marcial Ortiz de Zevallos

Con este título no quiero que piensen que Machu Picchu se está hundiendo por el peso cada vez mayor de sus visitantes, así como tampoco quiero que algunos burócratas se sientan aludidos y crean que comparo sus políticas públicas con las de Maduro, sino más bien, con él expreso, coloquialmente, mi queja ante lo triste que es ver tremenda joya de la humanidad desperdiciada durante tanto tiempo.

Sí, suena raro, pero para mí este legado Incaico se desperdicia y no atrae y no atraerá a la cantidad de turistas que potencialmente podría si se siguen cometiendo los mismos errores. En primer lugar, se ponen restricciones arbitrarias al número de turistas que pueden entrar cada día y, en segundo lugar, hemos hecho que Machu Picchu sea uno de los monumentos más caros para visitar del mundo. Pareciera que, en vez de promocionar su visita y beneficiarnos del círculo virtuoso que es el turismo, los peruanos estamos empecinados en realizar con eficiencia la difícil labor de desincentivarla.

Paso a comentar. Respecto de la primera razón, ¿por qué los que escriben los reglamentos nacionales primero dicen que la máxima capacidad de carga del Santuario Histórico de Machu Picchu es de 2,500 personas al día, luego en la práctica aceptan casi 4,000 personas en el turno matutino y desde el próximo año harán tres turnos? ¿Qué cambió en tan poco tiempo? Obviamente nada. Así como tampoco la arbitrariedad en los números. Una actitud por cierto nefasta tratándose del gran motor del turismo nacional. ¿Acaso no se dan cuenta que Machu Picchu en Perú es algo así como las Pirámides en Egipto? Del total de personas que nos visitan por vacaciones cerca del 70% manifiesta que la principal razón para pisar suelo peruano es ver este recinto sagrado. Entonces, obviamente, y no se necesita ser Euclides para darse cuenta, fijarnos límites arbitrarios va en desmedro del sector en general.

La pregunta que todos nos debemos hacer debe caer sin tapujos: ¿cómo hacemos en cuanto a diseño de experiencia e ingeniería para que sea posible que ingresen a Machu Picchu 30,000 o 50,000 personas al día preservando el bien cultural, la ecología y la sostenibilidad del recurso en general? Para empezar, ¿se puede? Yo creo que la respuesta es un sí rotundo. Ejemplos de monumentos antiquísimos que son preservados con religiosidad y que a la vez son visitados por miles de personas al día hay muchos en el mundo. Al Coliseo Romano, para que se den una idea, entran en promedio 20,000 personas cada 24 horas. No me van a decir que la ciudad granítica de Machu Picchu que es 1,500 años más joven y muchísimo más extensa que el Coliseo resiste menos tráfico. ¿Por qué razón podría explicarse ese fenómeno? ¿Porque es made in Perú? No me trago esa idea. Si Machu Picchu corre peligro, como algunos dan la voz de alarma, es porque no se invierte en los trabajos de ingeniería, restauración y mantenimiento que esta mega construcción requiere. Nada más. Lo cual es un pecado.

No un pecado venial, ni mortal, sino una barbaridad digna de castigo divino. Actualmente existen innumerables métodos para salvaguardar edificaciones antiguas. Se construyen plataformas para que los visitantes no pisen las edificaciones, se prohíbe tocar con las manos cualquier vestigio, se hacen turnos para evitar conglomeraciones y maximizar el flujo, se utilizan diferentes rutas de acceso para vender distintas perspectivas, entre otras muchas cosas más. Eso sí, todo esto debe estar acompañado de un exhaustivo mantenimiento y puesta en valor del patrimonio. Sin eso, no hay monumento que dure. Tenemos el deber, a pesar de los tímidos esfuerzos, de mejorar mucho más en este sentido.

El segundo problema, y el más importante y complicado de resolver debido a los grandes intereses contrapuestos en esta melcocha de autoridades, empresarios y demás, es el precio. Pareciera que, en el reino de los monopolios, oligopolios, integraciones verticales y abusos de poder, el turismo no se escapa. Llegar a Machu Picchu es una Odisea, una Odisea muy costosa especialmente para el extranjero. Para la mayoría de los visitantes foráneos el costo de visitar la mágica ciudad perdida es cercano a los US$600 dólares (ver cuadro) sin contar el pasaje a Perú, el hospedaje, las comidas, las visitas adicionales y un largo etcétera que todo el que ha viajado sopesa antes de decidir a dónde ir. ¿Cómo va costar cerca de US$200 ir y venir en tren desde Ollantaytambo hasta Aguas Calientes, un tramo de apenas 30 kilómetros? O ¿cómo es que cobran 24 dólares por subir y bajar de Aguas Calientes a Machu Picchu cuando Cruz del Sur cobra casi lo mismo para ir de Lima a Tumbes? La verdad es que en estos puntos hay mucho que responder. El gobierno a mi parecer debería fomentar la libre competencia y frenar los abusos cometidos. Un destino al final es un producto y en el mundo globalizado el precio es una variable importantísima a la hora de elegir.

Si bien es cierto todo lo anterior, a veces estos atropellos son maquillados por la majestuosidad de lo que nos regalaron nuestros antepasados. Pero no nos engañemos al pensar que podemos abusar sin consecuencias. Si seguimos así nunca nos convertiremos en la gran potencia turística que deberíamos ser. No basta con haber heredado esta gema. No basta que todos los periodistas especializados aclamen a Machu Picchu como el mejor o uno de los mejores destinos sobre la faz de la tierra. No basta que los millones de personas que la han visitado inunden las redes sociales publicitando lo esencial que es ver el Intihuatana o visitar lo que Neruda llamó “libro de piedra”. Todo esto no basta mientras nos empecinemos, como dicen algunos, en dispararnos en el pie.

Si tan sólo pensáramos diferente y el sector quisiera cambiar de rumbo, otra sería la historia. Lo bueno es que estamos a tiempo para enmendar los errores cometidos durante décadas. La oportunidad está latente y late más fuerte que nunca. El mundo entero ha posicionado a esta obra maestra de la ingeniería, paisajismo, arquitectura y buen gusto, como una de las 7 Mecas a las que todo ser debe peregrinar al menos una vez en su vida. Machu Picchu, dentro de todos sus galardones, ostenta el título de Nueva Maravilla del Mundo. Fue nada menos que Heródoto, considerado el padre de la historia occidental, el que comenzó haciendo listas de lo que se debe ver y así sembró la admiración por lo extraordinario hace 2,500 años. Y esta práctica no ha cesado. No dejemos que algunos malogren lo que tiene milenios gestándose en el imaginario mundial, este deseo de conocer lo inigualable, este afán de sentirse parte de algo fascinante. No deberíamos dejar que sólo unos pocos se beneficien de lo que hicieron nuestros antepasados, no deberíamos dejar que restricciones absurdas frenen el “momentum” que tiene esta bella llaqta Inca, no deberíamos dejar que Machu Picchu se caiga de maduro.

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