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Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

“Ya estoy en la mitad de esta carretera”. Hace poco escuché una canción de Jorge Drexler que empieza con este verso. La escuché por primera vez cuando me acercaba a los 40, época en la que uno suele pensar en la mitad del camino. “Tantas encrucijadas quedan detrás”, sigue la letra. Y es cierto, el camino nos enseña mucho, nos clarifica y a la vez nos plantea nuevas interrogantes.

Si no el mayor, la muerte es sin duda uno de los misterios más enigmáticos de la vida. Y cuando estamos a la mitad de la vida, nos pueden rondar deseos y miedos que a veces nos llevan a la acción, a veces a la parálisis. El elixir de la eternidad, tan tratado en la literatura, es una inquietud que puede llegar a formar parte de nuestras más profundas fantasías. Y los líderes de organizaciones, los gerentes generales, los propietarios de grupos familiares, secreta o abiertamente, pueden también aspirar a la inmortalidad.

Pero esa forma de inmortalidad no existe. Lo sabemos bien, nos lo cuenta la historia: faraones, césares, dictadores, a todos les llega su fin. Imperios cuyos líderes seguramente estaban convencidos del infinito, y hoy ya no están: Roma, Cusco, cuál seguirá. Cuando hablo con propietarios de empresas familiares y con gerentes generales o presidentes de directorios de corporaciones, encuentro que hay intenciones legítimas, pero también falsos mitos que debemos tener siempre presentes para ceder bien la posta y no caer en el autoengaño.

Entre las primeras, queda claro que tenemos la intención de dar mayor importancia a la armonía familiar que al patrimonio material (tema sobre el cual escribiré mi siguiente artículo, también en alusión a la letra de esta canción de Drexler). Los padres auténticamente queremos para nuestros hijos una vida mejor, condiciones más favorables. Pero no me sorprendería que alguno que otro líder empresarial prefiera brillar más en los libros de historia de su empresa que su sucesor, aunque le cueste admitirlo pública o íntimamente. Los que nos suceden tendrán por su parte el desafío de demostrar su valor, de aportar desde su concepción del entorno, su visión estratégica. Me pregunto cómo serán las conexiones neuronales que desarrollan los bebés que aprenden a usar un smartphone o tablet antes de aprender a hablar, cuán diferente será ese cerebro del de quienes nacimos cuando ni siquiera había televisores a colores.

Mitos también hay muchos como pensar que si nuestra empresa creció diez veces en los últimos veinte años, va a crecer cinco veces en los próximos veinte. O que no vamos a pelearnos por plata ni por poder, que podemos gestionar bien “el bajo nivel de conflicto que tenemos”. Por definición, toda generalización es imprecisa, así que tal vez alguno que otro lector no se vea reflejado en estas líneas. O tal vez sí, tal vez sí resuene la idea de que hay temor de abrir el capital a terceros o el directorio a independientes por el riesgo de perder privacidad.

En su libro Modelos de empresa familiar, Gimeno, Baulenas y Coma-Cros explican la importancia de comprender los niveles de complejidad de familias y empresas para, en función de ellas, desarrollar la estructura de la empresa familiar. Explicado con un ejemplo local, una cosa fue el nivel de complejidad familiar y empresarial cuando los señores Wong sólo eran propietarios de la bodega de la Av. Dos de Mayo en San Isidro, y otra es el nivel de complejidad de una familia de varias generaciones y de múltiples empresas en el Perú y el extranjero. De ahí que a uno le convenga entender qué estructuras necesita desarrollar para pasar bien la posta, para lograr una sucesión intergeneracional saludable. En cierta forma, esto también aplica para líderes de empresas no familiares.

La canción termina con la siguiente estrofa: “Ya está en el aire girando mi moneda y que sea lo que sea”. Este buen cierre de Drexler me dejó pensando en una cita que le gustaba mucho a mi padre. La frase de un exsecretario general de la ONU, Dag Hammarskjöld, reza: “Por todo lo que ha sido – Gracias. Por todo lo que sea – Sí”. Con la licencia del caso, pienso que vale la pena proponer un contrapunto a estos pensamientos y no dejar las riendas al destino, sino más bien liderar los cambios necesarios para que nuestras intenciones legítimas se cristalicen.