BartoloméRíos
Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

Mi tío Pepe fue, durante décadas, psiquiatra forense en Estados Unidos. Cuando me contó sobre su trabajo, no había visto todavía todos los capítulos que he visto de La ley y el orden, Criminal minds, CSI, etc; y me pareció interesantísimo y complicadísimo lo que hacía. Cómo determinar si una persona que está siendo enjuiciada es realmente “loca” o si se está haciendo. Hace unos veinte años, me contó que había evaluado a muchas personas que pasaban con facilidad del ateísmo al fanatismo religioso, para regresar al ateísmo a los pocos años. Me contaba que había algo en sus estructuras de personalidad que provocaba estos cambios drásticos.

Existen estudios que concluyen que toma más tiempo reducir un punto en los niveles de pobreza que ésta avance un punto. Es decir, es más fácil perder riqueza que generarla. Otros estudios tratan la volatilidad del crecimiento: qué tan frecuentemente pasamos de períodos de bonanza a etapas de desaceleración o crisis para regresar al crecimiento, como un electrocardiograma. Estos estudios concluyen que un objetivo clave en las estrategias de crecimiento es reducir la volatilidad. Puesto en términos de lo que me comentaba mi tío Pepe, cómo evitar comportamientos altamente erráticos, cómo ayudar a las personas a que se comporten con coherencia y consecuencia.

Por fortuna, nuestro comportamiento empresarial y social es en buena medida coherente, pero tal vez no nos demos cuenta de que se nos cuelan algunos rasgos irracionales que nos impiden crecer más saludablemente. Al respecto, lo que en el plano individual conocemos como “estructuras de personalidad” puede ser comparado con la cultura de las organizaciones, con la manera como diseñamos estrategias y gestionamos el crecimiento, lo que en buena medida tiene que ver con la forma como los líderes de empresas y organizaciones tomamos y ejecutamos decisiones.

Hace unas semanas vi un programa en el que mostraron un experimento sencillo y bien interesante. El conductor del experimento da billetes de US$20 a varias personas de un primer grupo y les pregunta si quieren jugarlos en la ruleta. Casi todos dicen que no. A personas de un segundo grupo les da un billete de US$50 e inmediatamente les quita US$30, con lo que deja a cada persona con los mismos US$20. Cuando les pregunta si quieren jugarlos en la ruleta, casi todos dicen que sí. La ‘inversión’ de US$20 es la misma, pero el sentimiento de las personas es muy diferente.

Ya perdí la cuenta. En los últimos tres meses me he reunido con más de cien empresarios y ejecutivos, incluidos muchos propietarios, directores y gerentes generales. En casi todos los casos observo un cauto optimismo acerca de las perspectivas de recuperación del crecimiento. También constato que la mayoría de estas personas no logró prepararse para la desaceleración que hemos vivido en años recientes.

Entonces me pregunto: ¿será que estamos preparados para reducir la volatilidad del crecimiento, para crecer sin cambios erráticos? ¿será que nuestra personalidad como tomadores de decisiones estratégicas y responsables del crecimiento de nuestras organizaciones es favorable, o se nos colarán “rasgos de locura temporal o estructural” que nos impiden ver las cosas con la claridad necesaria, que nos llevan al autoengaño?

El brexit y el referendo colombiano me han dejado absolutamente impresionado acerca de la miopía de David Cameron y Juan Manuel Santos. ¿Qué falló en sus análisis? ¿Qué los llevó a confiarse en que ganarían? Me sorprende muchísimo que dos líderes de la trayectoria de estos señores no hayan logrado entender cabalmente que el éxito de semejantes objetivos dependía de su capacidad para leer el entorno y actuar adecuadamente. “En la puerta del horno se quema el pan”.

A todos nos pasa, en mayor o menor medida. Por eso propongo que nos evaluemos, que como responsables de nuestra propia bonanza y de la de las familias de nuestros colaboradores seamos críticos con nosotros mismos y determinemos en qué medida estamos liderando con coherencia y qué tanto estamos dejando que la irracionalidad y emocionalidad se nos cuelen. De nuestra capacidad para identificar nuestro propio autoengaño dependerá la recuperación de un crecimiento saludable.