BartoloméRíos
Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

Cuando comencé a escribir este blog hace un año, lo hice porque venía viendo con inquietud cómo muchos empresarios no estaban pudiendo enfrentar con éxito la desaceleración de la economía. De ahí el título Crecer con Eficiencia, porque tras el buen viento de varios años seguidos, lo que estaban padeciendo los empresarios peruanos era menor ritmo de ventas, reducción de márgenes, altos costos fijos, diversas dificultades que obligaban a repensar tácticas y estrategias de negocios de cara a aguas tibias, que obligaban a crecer con eficiencia.

Un año más tarde la incertidumbre continúa, aunque en parte por causas diferentes. Pasaron las elecciones en Perú y EE.UU., nos acostumbramos a niveles más bajos de precios de commodities y a niveles más altos del tipo de cambio, pero no sabemos qué tanto va a cambiar el escenario comercial internacional y, además, vino el efecto Odebrecht. Este efecto, que sumado a lo anterior afecta el ritmo de crecimiento de la inversión pública y nos impulsa a poner las barbas en remojo en cuanto a nuestros planes de inversión desde el sector privado. Intento ser realista en vez de pesimista al afirmar que estamos recién comenzando a descubrir el impacto que tendrá el “megadestape” de la corrupción en nuestro país y en la región. Ojalá me equivoque, pero lo que respiro es un ambiente pesimista o, por decir lo menos, escéptico acerca de las perspectivas de los próximos años.

Con la intención de abrir debate sobre el tema, pienso que la capacidad de recuperación de la economía va a depender fundamentalmente de la capacidad de los empresarios de volver a sus bases. En la historia económica peruana, principalmente hemos crecido a altas tasas porque mejora una o más de las siguientes tres variables: los precios de nuestros bienes primarios de exportación, el gasto público y la inversión privada. Está claro que los precios de los commodities no se van a recuperar considerablemente y que el ritmo de crecimiento del gasto público, particularmente el de la inversión pública, se va a ver afectado por la mayor aversión al riesgo de funcionarios públicos que los escándalos de corrupción provocan.

Entonces, nos quedamos con un sector privado que está medio bajetón de ánimo. ¿Cómo hacemos? Le doy vueltas y vueltas al tema, y me sigo quedando con una idea principal: debemos regresar a nuestras bases, a nuestra capacidad y a nuestro empuje para emprender. Nos hemos demostrado en diversas coyunturas de crisis que sabemos retomar acción con determinación. Sea que lancemos nuevas líneas de productos o servicios, que incursionemos en nuevos mercados, que intensifiquemos nuestras estrategias comerciales, que diversifiquemos nuestros negocios, sabemos emprender.

Hoy no estamos en crisis, y probablemente por eso enfrentamos el riesgo de quedarnos en una suerte de letargo. Tengo la impresión de que, inconscientemente, los empresarios pueden estar “transando consigo mismos” niveles de crecimiento medianos, insuficientes. Ojo con eso, que es peligroso. Las crisis, por el contrario, disparan nuestra adrenalina, lo sabemos bien. Así, me tomo la licencia de proponer que actuemos como si estuviésemos en crisis aunque no estemos en una crisis económica, de forma que se libere la energía necesaria para impulsar el cambio.

Probablemente, ese sea uno de los principales desafíos de gestión del cambio que los directores y C-Suites de las empresas enfrenten hoy en día.