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Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

En julio próximo se cumplen 25 años del atentado de la calle Tarata. Para muchos, este atentado fue un hito en el ingreso del terrorismo a Lima. Me tocó la experiencia de estar por varios días en Tarata, desde aproximadamente una hora después del bombazo. Esa experiencia fue brutal y maravillosa, por contradictorio que parezca. Brutal, porque me tocó presenciar un sufrimiento desgarrador; maravillosa, porque en los días siguientes al atentado fui testigo de la solidaridad de muchas personas.

Este año estamos viviendo situaciones en las que se evidencia nuevamente la contradicción entre el individualismo y la solidaridad. Odebrecht es un ejemplo claro del egoísmo desmedido. Pocas personas que buscan lucrar ilegalmente y que causan estragos de alta escala. Hasta hace pocas semanas, los chats y las redes sociales estaban llenos de comentarios sobre los impactos adversos que una nueva crisis de corrupción genera en nuestro país. Estábamos (¿estamos?) en una suerte de espiral de desánimo.

Hace unos 15 años, poco después del destape de los vladivideos, incluí en mis cursos una clase sobre ética. Ya perdí la cuenta de a cuántos alumnos les he hecho la siguiente pregunta: “¿sistema o individuo: es el sistema el que corrompe al individuo o el individuo el que corrompe al sistema?” Grosso modo las respuestas se reparten 50-50. Mucha gente considera que nuestro sistema está tan podrido que se lleva de encuentro a personas que en otros sistemas o entornos actuarían de manera proba. En su libro Psicoanálisis de la corrupción en el Perú, Saúl Peña analiza por qué la corrupción en nuestro país no se limita a las altas esferas gubernamentales y empresariales, sino que es masiva: miles de miles de microtransacciones corruptas (la coima al policía de tránsito sea tal vez el ejemplo más común).

Si nuestro sistema está realmente podrido, ¿cómo cambiarlo? Pienso que en las respuestas a esta pregunta puede radicar uno de los puntos de quiebre de nuestro proceso de desarrollo nacional. Hemos avanzado mucho en las últimas décadas, qué duda cabe. Crecimiento económico, disminución de los niveles de pobreza, desarrollo de ciudades. Pero nos falta. Si aceptamos que debemos cambiar, si cambiamos lo que realmente debemos cambiar, podremos ver en el futuro que habremos logrado quebrar un conjunto de dinámicas perversas, que habremos logrado romper y redefinir dinámicas políticas, empresariales y sociales.

Hemos avanzado mucho, pero sostengo que seguimos siendo esencialmente individualistas. La forma como manejamos es una señal clarísima. No respetamos al otro, no respetamos las reglas. Una sociedad no termina de desarrollarse si no respeta reglas básicas de convivencia, si no respeta el estado de derecho. En nuestro afán por llegar primeros, terminamos perjudicándonos todos. Esto ya lo explicó claramente John Nash con su “dilema del prisionero”, tan simpáticamente ilustrado en la película ‘Una Mente Brillante’.

Hace años que pienso que sólo alcanzaremos otros niveles de desarrollo, más maduros y sostenibles, si anteponemos el beneficio colectivo al individual. Esto no significa —me adelanto a poner el parche por si acaso— plantear fórmulas como las del comunismo o del socialismo, que tan bien sabemos que han sido devastadoras en tantos lugares. Me refiero, simplemente, a que debemos ser buenos ciudadanos, buenos empresarios, buenos políticos. Creo que la pobreza material que hemos vivido por tanto tiempo nos ha llevado a priorizar el lucro individual en el corto plazo, y creo que en esta búsqueda de lucro nos hemos acostumbrado a relegar otros objetivos que son mucho más importantes para la sociedad y para el largo plazo. Y escribo esto consciente de que es polémico y alegre por el hecho de que no todos se verán reflejados en estas afirmaciones.

Este año estamos viviendo situaciones en las que se evidencia nuevamente la contradicción entre el individualismo y la solidaridad. Tal vez la propia naturaleza sea la que se esté encargando de darnos la clave. Solidaridad en vez de individualismo. Las redes sociales y los chats están hoy repletos de mensajes de ayuda. ¡Qué maravilla! La tragedia que están viviendo tantas personas por las lluvias y los huaicos nos sensibiliza. La escasez de agua, que nos afecta hoy a muchos, nos sensibiliza. Qué alentador es ver cómo las fuerzas políticas, los empresarios, las organizaciones de la sociedad civil, dejan de lado sus habituales riñas y se remangan para trabajar juntos.

Ayer estuve haciendo mi cola, como seguramente la hicieron muchos, dos horas para llenar unos baldes de agua. Situaciones básicas, necesidades básicas, como las que plantea Maslow en su famosa escala. Lo demás pierde prioridad. Cuando la necesidad nos toca a muchos, nos sensibilizamos y nos solidarizamos. Abundan los mensajes positivos, los donativos, ¡hasta los choferes dejan que los peatones crucen la pista!

Entre muchas, el Nobel portugués José Saramago publicó dos novelas memorables: Ensayo sobre la ceguera y Ensayo sobre la lucidez. ¿Cómo pasar de la ceguera cotidiana a la lucidez permanente? ¿Cómo lograr sostener este estado de solidaridad aun cuando no haya tragedia, esta sensibilidad por el bienestar de los demás sin que haya crisis económica o moral?

A principios de la década antepasada, la crisis económica impulsó lineamientos macroeconómicos que se mantienen vigentes hasta la fecha. Aprendimos lo que nos cuesta vivir en hiperinflación, por ejemplo, y hoy a nadie en su sano juicio se le ocurre cuestionar la forma como se gestiona la política monetaria. A principios de la década pasada, la crisis de corrupción dio pie al Acuerdo Nacional. Las políticas de Estado señalan el norte con nitidez. Sin embargo, no hemos logrado gestionar adecuadamente muchas de las soluciones necesarias. ¿Por qué? Me atrevo a afirmar que, en parte, porque nos hemos olvidado de lo que sentimos en ese entonces, porque ya no nos afecta directamente. En el caso de hiperinflación, no nos hemos olvidado y nos afecta a todos. Pero un poquito de corrupción ¿qué más da? Un poquito de egoísmo desmedido, ¿qué importa?

Estoy absolutamente convencido de que tenemos frente a nosotros una nueva oportunidad para replantear nuestro futuro. Otro será nuestro futuro si las empresas privadas actúan plenamente desde la maximización del retorno para stakeholders en vez de shareholders, si los grupos políticos respetan acuerdos básicos para el desarrollo de largo plazo del país, si los habitantes nos convertimos en ciudadanos. Solidaridad en vez de individualismo.