BartoloméRíos
Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

Es brutal cómo nos ha afectado El Niño Costero: pérdida de vidas, destrucción de propiedades y de infraestructura, impacto patrimonial. No tenemos idea todavía de cuál es la verdadera dimensión de lo ocurrido, y pienso que no la tendremos hasta dentro de un buen tiempo. ¿Cómo así? Soy de la opinión de que tras la reconstrucción material, incluso tras la reconstrucción patrimonial, no necesariamente habrá terminado este proceso. Y es que, como varios, pienso que esta situación pone nuevamente en evidencia la gran carencia que tenemos como sociedad. En mi anterior artículo, sostuve que varios limeños recién nos dimos verdadera cuenta de la dimensión del terrorismo cuando los senderistas comenzaron a cercar la capital. En 1992, esa situación de alguna forma nos desnudó, nos puso enfrente un espejo enorme que no era posible ignorar y que nos mostró esa cruda realidad.

Es increíble que, 25 años más tarde, sigamos siendo complacientes con nuestra propia ignorancia y con nuestra inacción en relación con las grandes brechas que existen en nuestro país. Es un avance notable que la pobreza haya caído, pero todavía existen millones de peruanos que viven en un estado de precariedad cuya aceptación por parte de la mayoría de la población puede ser entendida como inmoral. Esa ceguera, voluntaria o no, es cómplice.

Como sabemos, en muchas ocasiones el cambio en la historia se ha caracterizado por un rechazo de parte importante de la población. El rechazo al status quo, que proviene de un estado de indignación incontenible. La Revolución Francesa es un ejemplo clásico del levantamiento social que dio paso a una nueva dinámica política y social.

Como también sabemos, en muchos casos, tales rechazos, tales levantamientos, no han estado exentos de violencia. Lamentablemente. Un aprendizaje que todavía no perfeccionamos, que en ocasiones está muy crudo, es el aprendizaje de la solución de problemas sin violencia de ningún tipo. Hago énfasis en esto último porque a veces da la impresión de que se ha logrado ausencia de violencia, aunque en realidad haya formas sutiles de violencia que no sean perceptibles fácilmente o de inmediato. La agresión verbal, la agresión pasiva, entre otras manifestaciones.

¿Por qué todo esto? Porque, nuevamente, los hechos nos dan la oportunidad de cambiar el rumbo, de reconstruir nuestras dinámicas. En las numerosas conversaciones que he tenido desde que comenzaron los desastres naturales de este verano, una constante ha sido el reconocimiento de que tenemos que hacer las cosas de otra forma. Por ejemplo, no podemos seguir permitiendo que se construya casas en zonas vulnerables o no debemos elegir a autoridades que no van a cumplir con sus obligaciones. Esto es obvio, absolutamente elemental. Sin embargo, no logramos organizarnos para lograr los cambios.

Diversos cientistas políticos han teorizado acerca de lo que se conoce como El Contrato Social. El concepto, cuya elaboración formal se remonta algunos siglos, básicamente consiste en cómo se organiza la población con sus autoridades, qué les delega y a qué está dispuesta a renunciar para que tales autoridades hagan su trabajo. Este es un concepto bien macro, que sirve como telón de fondo para la elaboración o renovación de cartas magnas y que es medular en la construcción y regulación dinámicas sociales.

La persona que acuñó el término “Una Sola Fuerza” debería ser reconocida públicamente. Este término, que convoca a la unidad y a la acción, puede ser interpretado bajo la perspectiva de las fuerzas sociales que históricamente han sido clave para la refundación de los países y la renegociación de contratos sociales. Me animo a afirmar que deben ser muy pocos los que no se identifiquen, sensibilizados todos por la tragedia que hemos vivido, con un mensaje de trabajo en conjunto como el de “Una Sola Fuerza“.

Entonces, ante la contundencia de esta precariedad que ahora es evidente para todos y de la necesidad de unirnos para transformar nuestra realidad, me pregunto: ¿será necesario renegociar nuestro contrato social? Yo estoy convencido de que es indispensable.

Dicho esto, se me vienen a la mente algunas preguntas: ¿Qué cláusulas de nuestro contrato social debemos cambiar? ¿Qué recursos tenemos a nuestra disposición? ¿Requerimos afinar algunas de las líneas matrices del Acuerdo Nacional y del Plan Bicentenario? ¿Debemos ser más activos en nuestro rol de ciudadanos?

Y otras preguntas más: ¿Seremos capaces de renegociar nuestro contrato sin violencia, explícita o sutil? ¿A qué privilegios individuales estamos dispuestos a renunciar con el objeto de lograr el bienestar de la población? ¿”Una Sola Fuerza” es un slogan pasajero, simpaticón, o realmente se instalará como la fuente de una energía transformadora?

Parafraseando el nombre de este blog —Crecer con Eficiencia— considero que en la medida en que sepamos redefinir nuestro contrato social estaremos más cerca de lograr evolucionar con legitimidad.

Nota: en la segunda parte de este artículo, aplicaré el concepto de la renegociación del contrato social a la transformación de relaciones y dinámicas al interior de las empresas, especialmente de las familiares.