BartoloméRíos
Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

Cuando tenía unos 6 años, una de mis hijas me hizo una de esas preguntas realmente complicadas que hacen los chicos. “Papá” —me dijo— “¿la verdad es mentira?”. La pregunta me dejó mudo y me puso en aprietos. Después de pensarlo un poco, especialmente preocupado por el riesgo de darle una respuesta confusa, le dije: “La verdad es la verdad. A veces parece mentira, pero es la verdad”.

Años más tarde, se me dio por no ver noticieros ni leer periódicos. Habiéndome dedicado un tiempo a escribir bastante sobre realidad económica y un poco sobre realidad política, me dediqué a porfiarles a quienes me criticaban por no mantenerme al tanto de la coyuntura. Les decía que no tenía sentido estar al día, porque uno podía dejar de seguir las noticias por meses y no cambiaba nada de fondo. Podían cambiar los nombres de los actores, pero las historias eran idénticas. El delincuente de turno cometiendo el mismo crimen, la crisis financiera, el acto de corrupción, una nueva sacada de vuelta de otro farandulero, otro partido de fútbol perdido. ¿Será que la realidad me había cansado? No sé, tal vez sí, tal vez me sentía aburrido o frustrado porque no veía que pasara gran cosa y resolví ponerme a mí mismo en ‘modo avión’.

Después cambié de etapa y ahora no paro de ver noticias. Tempranito y tarde en la noche, veo todo lo que puedo: noticieros, programas de entrevistas, dominicales, etc. Otra vez, las mismas historias, las mismas caras, las mismas rencillas. ¿Será que no me convenzo del status quo y necesito creer que la realidad va a mejorar? No sé, tal vez sí, tal vez sienta que esta verdad es una mentira que deberíamos desechar para comenzar a construir una nueva verdad.

Verdad o mentira, lejos de convencer, esta coyuntura nos “bajonea”. Hace tan sólo un año, el ánimo de la ciudadanía y de los empresarios era otro. Esperábamos que la economía retomara una pendiente de crecimiento, que la inversión pública y privada comenzaran a reaccionar tras el proceso electoral. Estaba claro que la fragmentación política tras la segunda vuelta iba a constituir uno de los principales retos del quinquenio en curso, por cierto, pero la atmósfera era otra. Para referencia, acuérdense de las conversaciones de chats grupales de hace un año y compárenlas con las de ahora. Hoy, el bombardeo de uno y otro flanco es tan intenso que nos tapa la vista de lo realmente importante. Es como la nube que ahora tenemos encima los que vivimos en Lima, que nos bloquea y hace que los domingos como hoy no provoque ni salir.

No me cabe duda de que necesitamos reconstruir la agenda de crecimiento. Esto aplica tanto para empresarios como para dirigentes nacionales. En el caso de los empresarios, no hay señales que nos lleven a pronosticar tasas de crecimiento como las que vivimos hasta hace unos tres o cuatro años, por lo que necesitamos sincerar expectativas y hacer la tarea. Ante detractores de crecimiento como Odebrecht y el Niño Costero, necesitamos motores de crecimiento. Y estos tendrán que ser motores internos, porque los externos, los que empujaron la economía por años cuando los precios de los metales estaban en otros niveles, no regresarán en el futuro cercano. Competitividad y productividad, recetas conocidas que no fallan. Saber competir, entender comportamientos de clientes, conocer sus preferencias y necesidades, y adaptar nuestra oferta. Productividad al gestionar nuestros costos y gastos con eficiencia para limitar la grasa a los niveles mínimos necesarios, como ya he comentado en artículos anteriores, especialmente uno referido a motores internos de crecimiento.

En el caso de los dirigentes nacionales, es indispensable reconocer que aun cuando hay y habrá diferencias, es posible identificar iniciativas aglutinantes. No vivimos en crisis pero es posible que nos dirijamos a una si no cambian los énfasis, me atrevo a plantear. Si persiste el énfasis en la confrontación y no se articula una agenda de acuerdos básicos, el Perú del bicentenario no tendrá el brillo que ansiamos. Hemos sabido construir agenda nacional en otros momentos, hemos logrado poner a un lado diferencias cotidianas como fórmula para salir de encrucijadas, y precisamente esa capacidad ha contribuido a que avancemos. Creo no equivocarme al afirmar que la mayoría de la población lo aprobaría, que sería muy valioso para el país.

En un plano más amplio, somos los ciudadanos los que debemos apropiarnos de la agenda de desarrollo, está claro que respetando la institucionalidad democrática. Como les digo a mis alumnos de política pública, el cambio de la efectividad de la gestión de instituciones del Estado depende mucho más de funcionarios de carrera que de autoridades gubernamentales. Si cada funcionario del Estado se enfocara en mejorar su entorno próximo, mejorarían la calidad y la efectividad de la política y la gestión pública. Haciendo el paralelo, si cada ciudadano se enfocara en realizar mejoras en su entorno próximo, no solo sería otra la realidad sino que sería más profundo y más sostenible el cambio. Ojo, propongo esto sin ingenuidad ni romanticismo, sino inspirado en episodios que han marcado cambios en la historia de determinadas sociedades.

Empresario, dirigente, ciudadano: Que la verdad que nos ata, que nos lía, sea la verdad que nos enorgullece y que queremos atesorar.