BartoloméRíos
Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

Comencé a escribir otro artículo el 27 de julio y no me salió, así que decidí escribir el 29 de julio, después de haber escuchado el discurso presidencial y las reacciones de oficialistas, oposición, analistas y tuiteros.

Cuando era adolescente, me impresionaba pensar que era solo uno entre miles de millones de personas y que, al mismo tiempo, pudieran pasarme tantas cosas, pudieran aparecerme tantos pensamientos. Supongo que estaba comenzando a enterarme de la indescifrable complejidad del universo, compuesto de tantas capas que conocemos y entendemos solo parcialmente, así como de tantísimas otras más que nunca llegaremos a conocer, al menos yo no.

Cuando uno estudia economía, aprende cómo la macroeconomía tiene que ver con la agregación de innumerables decisiones de los agentes económicos a nivel microeconómico. El rumbo del PBI de un país, desde esta perspectiva, tendría que ver más con el acierto o desacierto de muchísimos consumidores y empresarios que con la capacidad de un conjunto limitado de líderes políticos y funcionarios políticos.

Al margen de lo anterior, suelo pensar que desde la perspectiva sociológico-política, ansiamos ser gobernados por caudillos. A la mayoría de los peruanos les gusta el líder fuerte, con rasgos autoritarios. Desde que tenemos uso de razón, hemos estado sometidos a modelos de gobierno que ensalzan la figura de una especie de semi-dios, de una persona con capacidades paranormales. Nos gusta eso desde antes de la llegada de los españoles, y todavía no hemos logrado del todo migrar a un esquema de gobierno caracterizado por la confrontación constructiva y respetuosa de puntos de vista distintos.

Observo lo mismo con mis clientes y con varias de las organizaciones en las que he trabajado, que en su mayoría, consciente o inconscientemente, prefieren la preeminencia del líder a la dinámica de construcción colectiva. Es como si todavía muchos empresarios peruanos prefiriesen o creyesen en la figura del señor feudal.

Sea líder político o empresarial, tendemos a creer que existe una persona que será capaz de tomar decisiones acertadas que promoverán el bienestar de todos o que, en caso falle, se convertirá en el blanco fácil de nuestra crítica y en fácil pieza de cambio. No en vano nos entusiasmamos como fans de culto con nuestros líderes recién elegidos, para después empujarlos por el barranco a sangre fría.

Sé que estas reflexiones pueden parecer un poco duras. Las escribo igual porque pienso que, en mayor o menor medida, son válidas. A algunos les resultarán inaplicables, a otros exageradas, pero son reflexiones que vengo haciendo desde hace años. De hecho, esto de “incas, virreyes, caudillos y dictadores” es algo que se me vino a la mente hará unos diez años y que recién uso como título de un artículo (creo que hace unos meses lo mencioné en algún párrafo de otro artículo).

Mi experiencia de vida me ha enseñado algo distinto. Este mes, se cumplieron 20 años de la muerte de mi padre. Es increíble que no pase casi ni un solo día en el que no piense en él, a pesar de todo el tiempo que ha pasado. Mi viejo se fue cuando yo tenía 27 años, cuando estaba comenzando mi vida adulta. Me reservo con la complicidad de mi familia y amigos los maravillosos recuerdos que todos cobijamos, no son materia de este artículo. Para la mayoría de nosotros, nuestros padres son personas excepcionales. El mío también lo fue para todos nosotros.

Es más bien lo que me ocurrió ante su ausencia física lo que quisiera tratar en estas líneas. Por fortuna, ya no era un niño cuando se fue mi padre, pero lo cierto es que sí estaba bien chico (así lo veo en retrospectiva). Gracias a Dios que mi madre está con nosotros, pero como es natural hay cosas que un hijo hombre trata con su padre. Así las cosas, aun cuando cuento con la compañía de buenos amigos con quienes intercambio ideas sobre mi desarrollo profesional, por fuerza me he acostumbrado a abrirme mi propio camino. Y en este andar, no ha habido un semi-dios que me ha llevado de la mano, con lo que mi bienestar profesional ha dependido fundamentalmente de mis aciertos y desaciertos, no de los de terceros.

Me ha llamado la atención, o tal vez no, que las reacciones al discurso presidencial tengan que ver con esa búsqueda de un paquete general de soluciones que lo resuelvan todo. Un anhelo que, en mi opinión, revela que todavía hay quienes esperan que el bienestar propio provenga del esfuerzo y del acierto ajenos. En mi experiencia personal, mis padres fueron los encargados de darme las oportunidades. A partir de ahí, fue mi responsabilidad aprovecharlas o no.

Lo mismo pienso del rol del Estado o del patriarca de una familia empresaria. Somos los agentes económicos, los ciudadanos, los colaboradores de una empresa los responsables, no lo son los caudillos. Por esto, prefiero un discurso ‘sin pan ni circo’, prefiero mucho más un discurso “aburrido”. Para divertirme, siempre puedo ver una buena película o un buen partido.

Un discurso sin grandes novedades, sin grandilocuencia ni anuncios triunfales ni promesas taquilleras. Prefiero más bien un buen recuento de lo ocurrido, una reflexión sobre lo que hemos aprendido en el camino y un refinamiento de la agenda, no un cambio radical. Conducir un país, una empresa o una familia no requiere que cada 12 meses reformulemos la visión o alteremos drásticamente la agenda. La volatilidad provocada por cambios frecuentes no resulta en un crecimiento saludable.

Alguna vez alguien me comentó que en Suiza parte de la población no conoce el nombre del presidente de turno. Prefiero esa situación a la del protagonismo del demagogo latinoamericano, una situación sintomática de la fortaleza de las instituciones y de las políticas de Estado. Prefiero un Estado que se encargue de generar las oportunidades y una población que se responsabilice por aprovecharlas. Ojalá que algún día lleguemos a esa situación, ojalá sí me toque ser testigo de esa realidad.