BartoloméRíos
Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

Tenemos acceso a conocimiento, a tecnología, a financiamiento, a mercados, a talento. Y, sin embargo, no logramos los resultados que esperamos, ni a nivel empresa ni a nivel país. ¿Por qué?

Me impresiona, negativamente, que en pleno siglo XXI sigamos discutiendo que no tenemos suficiente cobertura de agua potable, de salud básica, de carreteras. Estos son problemas que, contextualizados en su época y dimensión, civilizaciones como la incaica y la romana manejaron con mucho mayor efectividad. Y nosotros, sin embargo, estamos como estamos. Qué pobres somos, aun cuando tengamos acceso a todo eso.

Recientes procesos electorales ponen en evidencia una fractura sociopolítica difícil de sobrellevar. Austria, Francia, Estados Unidos, el Perú, por mencionar algunos, son casos en los que los contrastes en campaña han sido preocupantes. Es claramente penoso que no estén en discusión cuáles son las prioridades nacionales en el Perú, que estemos de acuerdo en que debemos elevar los niveles de calidad educativa, cerrar las brechas de infraestructura económica y social, combatir la corrupción, y que a pesar de ello nos enfrasquemos en luchas de poder que nos anulan, que nos estupidizan y nos impiden progresar. Hay una necesidad de marcar territorio, de demostrar superioridad que, con las disculpas del caso, me parece infantil y característica de sociedades que involucionan, de líderes que restan.

A lo largo de la historia, hemos pasado de regímenes autocráticos a democráticos. La democracia del voto o democracia representativa, vigente en muchos países, ha reemplazado a monarquías y dictaduras. Eso está muy bien. Sin embargo, casos como los mencionados dan qué pensar acerca de si el modelo está funcionando o no. Presidencialismo o parlamentarismo, ‘uni’ o bicameralismo, voto popular o colegio electoral, pareciera que hemos llegado a un momento en el que conviene reflexionar acerca de la idoneidad de la forma como las sociedades se organizan, eligen y relacionan con sus líderes. Donald Trump y Nicolás Maduro, cada uno con su orientación, son ejemplos que ilustran esta necesidad de sentarse a pensar.

En mi opinión, hay indicios que nos pueden llevar a la conclusión de que el sistema de intermediación y representación política corre el riesgo de irse a la quiebra, por lo menos en el Perú.

Me explico a partir del concepto principal-agente. Nosotros, los ciudadanos, somos el principal. Los gobernantes son el agente. El principal encarga al agente que realice una serie de tareas, que alcance un conjunto de objetivos. El agente, por su parte, no satisface las expectativas del principal, lo que deteriora la relación principal-agente y alimenta altos niveles de frustración. Llega un nuevo proceso electoral, los candidatos hacen promesas difíciles de cumplir para ganar votos, el electorado se engaña como adolescente y se enamora de una figura irreal y, poco tiempo más tarde, sobreviene una nueva insatisfacción y más frustración. Surgen nuevos movimientos políticos, vientres de alquiler, aparecen ‘de la nada’ otros outsiders, se vuelve sangrienta la contienda entre candidatos, y una vez más el ciclo se repite.

Desde que tengo uso de razón política, he visto esta película varias veces, no sólo en el Perú sino en varios países. Por eso, me inclino a pensar que el sistema de intermediación y representación política debe cambiar. ¿Cómo debe ser? ¿Qué cambios necesita? Simplemente, no lo sé. Escucho tantas posiciones de personas entendidas que abogan por regímenes de mano firme, o por el parlamentarismo, o por la refundación de la clase político-partidaria, que no tengo idea de qué funcionaría mejor, de cuál es la fórmula necesaria.

Lo que sí sé es que estamos generando divisiones en vez de visiones comunes. La nuestra es una sociedad fragmentada que no ha logrado resolver diferencias elementales. Hace unos 10 años, me tocó viajar mucho a distintas ciudades del país. Cada vez que conocía una nueva ciudad, una nueva realidad, me ponía a pensar en lo poco que conozco al Perú. Hoy, con preocupación, casi con alarma, volvemos a escuchar discursos que nos remontan a una época de violencia y dolor. Estuve conversando con unos adolescentes hace un par de semanas que me preguntaban si el terrorismo iba a regresar. No supe qué responder.

Esta pregunta, que no esperaba, me ha dejado cuestionándome qué hemos hecho mal o dejado de hacer como sociedad en estas décadas de bonanza económica. Prácticamente, se ha vuelto un lugar común decir que el Acuerdo Nacional no sirve. La politización del mismo lo deslegitimó y, por lo tanto, hoy no nos sirve de verdad como norte de desarrollo nacional. Cuando uno lee las políticas de Estado que lo conforman, en términos generales no puede estar en desacuerdo con lo que plantean. Sin embargo, hay una distancia entre la visión y la ejecución que no ayuda.

A lo largo de las décadas recientes, nuestro modelo de intermediación y representación política ha generado más división que visión común, visión común que se debe traducir en políticas que señalen un norte claro de largo plazo y que no se modifiquen al gusto y estilo de los gobernantes de turno. Las grandes brechas sociales que debemos resolver en el Perú requieren continuidad en el norte y capacidad de ejecución. La solución de las necesidades de buena parte de la población no son física cuántica, además. Son soluciones sencillas.

Si bien este artículo es esencialmente político, aludo a la dimensión empresarial en el título porque veo en el sector privado numerosos casos en los que ocurre lo mismo. Corporaciones en las que la disputa política desplaza a la construcción e implementación de una visión común de crecimiento, de evolución; familias empresarias cuyos miembros se lían en una disputa quijotesca sobre quién tiene más poder, qué título tiene más caché. Varios casos en los que, obnubilados por victorias pírricas, los líderes de empresas privadas pierden el foco y pierden valor.

Con mucho gusto y un poco de esperanza veo también casos en los que empresarios, y algunos líderes políticos y sociales, guían con humildad a sus organizaciones y articulan visiones comunes que llevan a la práctica con efectividad. Esos son los líderes y las organizaciones que progresan, que debemos emular.