BartoloméRíos
Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

Me encanta la música. Antes de la aparición de sitios como Spotify, acumulé una colección de discos a lo largo de varios años. Me gustan distintos géneros, como la música clásica y el jazz. Es increíble que tantas orquestas en el mundo interpreten al pie de la letra lo que compositores clásicos destacados crearon hace 200 0 300 años. Una nota fuera de sitio y “la canción”. En el jazz, en cambio, prescindir de partitura puede ser mágico. Improvisar en sesiones de jamming en las que ningún músico sabe lo que va a tocar el de al lado, en qué momento entra y sale, puede llevar a resultados alucinantes. Hace años, fui en Manhattan a un sitio famoso por sus sesiones de improvisación de jazz, que por tradición son de madrugada. Pocos “conciertos” mejores que ese que escuché en Smalls.

Con o sin partitura, es evidente cómo las melodías interpretadas por las fuerzas políticas de nuestro país no son precisamente bel canto. Puestos a prueba, estos “músicos” harían temblar en sus tumbas a varios compositores. Tampoco entonan bien los coros compuestos por los sectores público, privado y social. A lo largo de las décadas, vemos ejemplo tras ejemplo de fallas en la calidad de diálogo entre funcionarios del Estado, gremios empresariales y organizaciones de la sociedad civil. Entre otras razones, lo que me parece que ocurre es que no nos gusta escuchar a quien tenemos al lado, partimos de la premisa de que somos poseedores de la verdad, o de que “nuestra verdad” es más verdad que las de otros. Una soberbia que nos priva.

¿Por qué nos pasa esto? ¿Por qué no somos capaces de construir una visión común y de llevarla a buen puerto? Sin duda, hay una ensalada de razones como factores culturales, egos, miopía, corrupción, ansias de poder. Mucho explica esta frustrante realidad, que ponemos a un lado cuando los vientos nos traen buenos precios de commodities que impulsan la economía. Cuando crecen la minería, la construcción, la demanda interna, muchos nos contentamos. Pero cuando las vacas se adelgazan, se visibilizan arrugas y cicatrices que no se borran. Y, sea en tiempos de bonanza o desaceleración, no queremos o no logramos resolver problemas estructurales.

En mi opinión, la causa raíz de esta problemática estructural en nuestro país es nuestra falta de voluntad y de capacidad para entender que el bienestar colectivo es una fuente indispensable de bienestar individual. Somos más solistas que sinfónicos. Lo planteé en otro artículo y lo retomo ahora por la invocación de los organizadores de CADE de dejar las “cuerdas separadas”. Para evitar malas interpretaciones, reitero lo enfatizado entonces acerca de que no presento esta afirmación impulsado por convicciones ideológico-políticas anacrónicas que lo que han hecho es arrastrar a sociedades a la pobreza. En cambio, lo hago desde la convicción de que, así como la búsqueda de lucro individual es una fuente de progreso personal y de innovación en las líneas de lo formulado por Adam Smith, el reconocimiento de que el bienestar colectivo produce grandes beneficios personales es igualmente importante.

No me cabe duda de que hemos perdido años muy valiosos para construir instituciones, para proponernos como sociedad no volver a caer en espirales como las que nos llevaron a la necesidad de una comisión de la verdad y de un acuerdo nacional. El terrorismo, la corrupción, la permisividad con la pobreza son muestras innegables de que no vemos mucho más allá de nuestras narices, de que poco nos interesan los demás. Otras sociedades han aprendido la lección, no es nuestro caso y por eso seguiremos siendo vulnerables a la primacía de los intereses de unos cuantos. Corruptores y corrompidos que se apropian de la agenda de desarrollo, que subordinan la puesta en marcha de reformas institucionales impostergables a sus intereses privados.

Esta semana, el telón de CADE se ha vuelto a levantar y reúne a representantes de los 3 sectores que ensayarán algunos acordes: Estado, empresa y sociedad civil. Ojalá salgan buenas melodías y que, concluido el show, no se apague la música.