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Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

¿Qué va a pasar con el país, con el bienestar de las personas y la evolución de empresas e instituciones? Seguimos siendo espectadores, pasmados, de la realidad que hemos construido y dejado construir. Está claro que muchos de nosotros no podemos ser considerados responsables directos de esta situación, pero aun así no dejo de preguntarme en qué medida sí debemos ser considerados responsables.

En el relato bíblico de la Torre de Babel, Dios castiga a hombres arrogantes que hablaban una misma lengua y los hace dispersarse y hablar lenguas diferentes. Una de las interpretaciones de las motivaciones de esta decisión divina, que genera confusión entre los hombres castigados por no poder comunicarse como antes, es que debe dar pie a que los hombres aprendan a hablar el mismo idioma para ponerse de acuerdo. Cuánta arrogancia vemos hoy en día, cuánto diálogo de sordos.

Alguna vez escuché en una conferencia que, tras la Segunda Guerra Mundial, Konrad Adenauer buscó un acercamiento con los franceses a los que Hitler había hecho tanto daño. Hoy, Alemania y Francia son dos de las naciones más potentes de la Unión Europea y trabajan en paz. La premisa que guió la iniciativa de Adenauer fue que si las personas se reconocen cuando son jóvenes, cuando sean adultas no resolverán sus problemas con violencia. Es decir, si entendemos nuestras diferencias, las reconocemos y legitimamos tempranamente, nos respetaremos y estaremos abiertos al diálogo y a la concertación. Puede que no alcancemos el consenso, pero sí podremos lograr acuerdos satisfactorios para la mayoría, acuerdos a partir de los cuales podremos reconstruir nuestra realidad.

Nos preocupa qué va a pasar con el país, está claro. Especialmente, uno de los temas que más me preocupan es si una vez culminada esta crisis vamos a repetir el plato en algunos años, si la amoralidad reinante en parte de las élites que conducen el país va a continuar o si los ciudadanos vamos a ser capaces de tomar las riendas del desarrollo de una manera distinta.

Una de las áreas de la ontología o el estudio del ser es la conocida como “ontología del lenguaje”. Rafael Echeverría, profesor y autor de diversos libros sobre la materia, forma parte quienes proponen que el lenguaje no describe la realidad, sino que el lenguaje genera la realidad. Según esta perspectiva, que suscribo, nuestra capacidad para evolucionar está directamente ligada a nuestra capacidad para construir acuerdos a partir del reconocimiento y respeto de las diferencias. Muy sintéticamente, bajo este marco los cambios en las realidades se dan partir de acciones colectivas, que responden al contraste de formas distintas de observar la realidad. Ejemplo: nos juntamos, cada uno explica su manera de ver la realidad, respetamos las diferencias, acercamos posiciones, construimos acuerdos, actuamos en conjunto, cambiamos la realidad. La repetición sostenida de esta secuencia o ciclo produce transformaciones sistémicas.

Julio César y Napoleón, en la otra orilla, actuaban desde la lógica de la división. Divide et impera, divide y vencerás, es un pensamiento atribuido al emperador romano que hemos escuchado muchas veces y que no me sorprendería que fuese mandamiento político de obligatorio cumplimiento para muchos de nuestros líderes. Así como en el caso de lo atribuido a Nicolás Maquiavelo, sobre que el fin justifica los medios, habrá muchos que justifiquen que la división es receta indispensable para el éxito individual.

Lamentablemente, la historia nos da ejemplos que sugieren que la división sí conduce al triunfo, aunque en mi opinión tal triunfo será efímero e insustancial. Por ello, no encuentro que esa lógica “impere” cuando se trata de evolución. El surgimiento y declive de sociedades, de agrupaciones políticas, de organizaciones y de empresas privadas depende de nuestra capacidad de sostener una dinámica de construcción de acuerdos concertados, no de la imposición de posiciones ilegítimas. No dejo de ver, en los medios y en las salas de directorio de las empresas, cómo por instinto o estratagema algunas personas intentan salirse con la suya. Cuánta equivocación, pienso, ya lo planteé en un artículo anterior (ver ¿Concierto de solistas? A propósito de las intenciones de CADE 2017).

¿Se equivocaron Julio César y Napoleón? Respecto a este tema, creo que sí. Creo que no seremos capaces de evolucionar si no aprendemos a dialogar constructivamente y a respetar nuestros acuerdos.