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Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

No sé si estamos viviendo la calma que llega después de la tormenta o la que antecede a una nueva. Tenemos luna de miel por un tiempo, durante el cual esperamos que la clase política logre encaminar lo necesario para retomar la bonanza perdida. Más allá de ello, lo cierto es que nuestro sistema político se ha visto duramente a prueba con todo lo que ha pasado en los últimos meses. Coincido con quienes plantean que es necesario revisar las reglas de las instituciones democráticas. Vivimos un presidencialismo débil o un parlamentarismo que está fortaleciéndose. Sea cual fuere el esquema predominante, lo preocupante es que estamos como estamos por la aleatoriedad del balance de fuerzas de grupos políticos débiles y personalidades individuales, no por la convicción de la sociedad respecto al rumbo que debemos tomar.

Esta semana, nos han llegado del extranjero dos noticias trascendentes: la sucesión de Raúl Castro a Miguel Díaz-Canel en Cuba y el pedido de la Reina Isabel II de designar su hijo Carlos como cabeza del Commonwealth británico cuando muera, cargo que no se hereda. Los Castro tomaron el poder hace 59 años, Isabel lo tiene desde hace 65. El absolutismo en Cuba, por supuesto, contrasta con el sistema parlamentario británico, a pesar de lo cual ambas noticias resultan muy interesantes.

¿Qué provoca que un líder decida ceder el poder, o por lo menos comenzar a organizar su partida? ¿Cuánta sensatez necesita alcanzar un patriarca para reconocer que ya no tiene las mismas capacidades que alguna vez tuvo? Estuve conversando con un psicólogo hace un tiempo, que me contó cómo desde cierta perspectiva el envejecimiento consiste en pasar de un luto a otro. Aceptar que uno ya no tiene la energía, la fortaleza muscular o la lucidez para realizar determinadas tareas cotidianas se asemeja a una seguidilla de pequeñas muertes, en el sentido amplio de que ya no tendremos alguna capacidad que antes dimos por sentada. Es doloroso aceptarlo, pero es inevitable.

Aferrarse al poder, en este sentido, puede ser interpretado en parte como un deseo consciente o inconsciente de negar la muerte.

El destacado politólogo argentino Guillermo O’Donnell, en su libro Transiciones de regímenes autoritarios: conclusiones tentativas de democracias inciertas, brinda un análisis muy interesante de lo que ocurre con quienes suceden a líderes políticos autoritarios que han permanecido en el poder por periodos largos. Los patriarcas de las empresas familiares suelen ostentar el poder durante mucho tiempo, décadas normalmente, y la sucesión puede ser tan accidentada como las que analiza O’Donnell en este interesante libro.

Hace poco estuve en una charla en la que el expositor, un italiano llamado Franco D’Amico que está a cargo de gerenciar la family office de los exaccionistas de Quilmes en Argentina, explicó cómo van cambiando los tiempos en una dinastía de varias generaciones. D’Amico plantea cómo los regímenes en la primera generación pueden compararse con monarquías, que las generaciones segunda y tercera vienen a ser oligarquías y las generaciones posteriores podrán vivir en democracia o en anarquía, dependiendo de cómo se organicen.

Por su parte, los españoles Gimeno, Baulenas y Coma-Cross, en su libro Modelos de Empresa Familiar, plantean una tipología de patriarcas según la cual existen monarcas, generales, embajadores y gobernadores. Las diferencias entre estos tipos de líderes tienen que ver con personalidades, apegos al poder y la relación con la siguiente generación, entre otros factores.

Tomando en cuenta lo anterior, les pregunto a quienes están por ceder la posta: ¿cuál es su perfil de liderazgo? ¿cuánto van a contribuir a que la transición sea fluida, a que la instalación en el poder por parte de los integrantes de la siguiente generación sea exitosa? ¿en qué medida les está costando reconocer que su período está acercándose al final y que quienes vienen detrás de ustedes cometerán sus propios errores y apostarán por nuevas rutas?

Formamos parte de una cultura con vocación presidencialista y caudillista, que nos lleva a preferir sistemas en los que prima el individuo y no la institución. Lo vemos en distintas manifestaciones de la vida política, en la forma como se presenta el candidato y elige el votante. Trasladado esto al entorno de la familia empresaria, podemos caer en el riesgo de perpetuar la monarquía en vez de construir democracias, puede haber una inclinación exprofesa o inconsciente que impida que las familias empresarias y las empresas familiares evolucionen hacia esquemas de gobierno más maduros y sostenibles.

Entonces, planteo a los que están en sus últimas etapas que consideren que el legado, que todavía pueden terminar de moldear, ocupe un lugar prioritario en sus agendas. Me he topado con líderes que están de salida que, temerosos o frustrados, me comentan que han decidido que tendrá que ser la siguiente generación la que se ponga de acuerdo. Que el cansancio o el desencanto no los lleve a la inacción, que la falsa premisa de que necesariamente los miembros de la siguiente generación sabrán llegar a esquemas funcionales no guíe sus decisiones en la última recta de su participación en la familia empresaria. No. Por el contrario, lo que recomiendo es que hagan un último esfuerzo por dejar bien delineadas las bases de los acuerdos.

La continuidad de las buenas relaciones en el seno familiar y de los buenos resultados de los negocios dependerá en parte de cuánto se dediquen a esta tarea. Será probablemente la última y, además, una de las más importantes que les toque liderar.