BartoloméRíos
Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

Me acuerdo de los Mundiales de Fútbol de 1978 y 1982, de haber gritado goles del Perú y de haber ido al Parque Kennedy. Grandes recuerdos los de esos campeonatos, pero nada comparables con los que hemos construido este año. No fui a Rusia, me hubiera encantado ser parte de la barra peruana. La multitud de las calles en Saransk, las tribunas repletas de blanquirrojas, la alegría por los goles de Carrillo y Guerrero, el Himno Nacional y Contigo Perú, canción que nos identifica y que sentimos aún más por la reciente partida de Polo Campos. Maravillosa celebración de peruanidad a la que no estamos acostumbrados, que no podía llegar en mejor momento tomando en cuenta que últimamente hemos pasado de todo.

¿Cómo hacer para mantener viva esa unidad, ese entusiasmo? ¿Cómo sostener una agenda de desarrollo que nos guíe a través de las décadas y de gobiernos de distintas tiendas políticas, que nos permita salir del subdesarrollo en el que todavía nos encontramos? Hace poco más de un año planteé reflexiones similares a raíz de las dificultades que nos trajo el verano: “¿Cómo lograr sostener este estado de solidaridad aun cuando no haya tragedia, esta sensibilidad por el bienestar de los demás sin que haya crisis económica o moral?”, preguntaba a raíz de las reacciones de la gente a la tragedia de El Niño Costero (ver Solidaridad vs. individualismo: lecciones del Niño Costero y Odebrecht).

Es lamentable constatar nuestra incapacidad para encargarnos incluso de lo más básico. Anemia infantil, colegios y hospitales desatendidos, carreteras rotas, caos vehicular, inseguridad. La lista continúa y continúa con la corrupción, la politiquería, alguna que otra preocupante perforación al modelo económico. Una realidad que ya no nos sorprende y a la que, me temo, podemos estar resignándonos. Es inaceptable que en un país como el nuestro, que cuenta con recursos y que debería haber aprendido de su historia, no podamos lograr mejores condiciones de vida.

Cuán antagónica puede ser esta situación. Euforia y resignación. A partir de experiencias previas, supongo que el entusiasmo mundialista se irá esfumando poco a poco y que en breve estaremos concentrados, nuevamente, en esta realidad que nos desalienta. Veo los carteles de los candidatos a alcaldías y gobiernos regionales y no puedo dejar de pensar que se reabre el telón para las promesas vacuas y la salivación de muchos futuros gobernantes que se preocuparán por su bienestar individual en vez de trabajar por el progreso ciudadano. A veces me encuentro pensando que todo esto me empuja al filo de lo pesimista, sensación que seguramente muchos comparten…

¿Contigo Perú? Sin ingenuidad, espero no perder nunca la convicción de que cualquier reto que uno enfrenta puede ser superado. Pero no veo hoy una agenda de desarrollo bien articulada. Y eso preocupa.

La clase política no nos representa adecuadamente, eso está fuera de discusión. Año tras año venimos perdiendo tiempo y, en consecuencia, condenando a los pobres a seguir siendo pobres, a las empresas a seguir enfrentando dificultades para generar riqueza. Sin diálogo ni capacidad para concertar un plan de desarrollo, no tenemos rumbo claro. Las políticas de Estado elaboradas en el marco del Acuerdo Nacional no lideran la agenda pública, en muchas áreas sabemos lo que debe hacerse y constatamos que no se hace. Algunos añoran la firmeza de un gobierno que toma decisiones, otros se preocupan por vacíos creados por la partidocracia que dan pie a propuestas electorales radicales. Nos ilusionamos con algunos candidatos, nos asustamos con otros, nos sentimos aliviados porque no salió elegido el candidato antisistema y seguimos sin una agenda clara de desarrollo.

No creo en la anarquía, pero tampoco creo que el Estado ni la clase política cuenten hoy con la capacidad para liderar el cambio que necesitamos. No hay vocación reformista en nuestros gobernantes, por lo que probablemente no quede más opción que la movilización ciudadana y procesos de referéndum para transformar las reglas que se aplican a procesos electorales y a nuestras instituciones políticas en general. Reformas de esta naturaleza tardan mucho tiempo en fructificar y una gran capacidad de liderazgo y coordinación de organizaciones de la sociedad civil.

Esquemáticamente hablando, existen en los países tres grandes sectores: el Estado, la empresa privada y la sociedad civil. Esta última está conformada por una diversidad de organizaciones como universidades, gremios, sindicatos, medios de comunicación, iglesias, organizaciones sociales de base. De ahí que en principio resulte más desafiante que la sociedad civil lidere las reformas mencionadas, por la pluralidad de sus integrantes. Dicho esto, si quienes conducen los diversos poderes del Estado no tiene la capacidad y/o la voluntad de hacer los cambios necesarios, ¿le toca a la empresa privada liderarlos? No sé si los principales gremios del país se animarán a impulsarlos. Lo que sí sé es que no podemos dejar el tema a la deriva, lo que probablemente dé pie a la necesidad de una gran articulación entre empresa privada y sociedad civil. Precedentes existen.

Pero mientras esto ocurre —si acaso ocurre—, ¿qué hacemos con la pobreza, el crecimiento económico y el desarrollo? Los términos de intercambio, que miden la relación entre los precios de los productos que exportamos y los de los que importamos, están actualmente en niveles similares a los de mediados del 2010. Es cierto que han mejorado tras los bajos niveles de hace tres años, pero todavía no alcanzan los picos del 2011. Así las cosas, si bien las tasas de crecimiento del PBI serán mayores que las recientes, el impulso de los precios de los metales no es suficientemente fuerte como para crecer a 6% o 7% por año. Ni pensar en los años en que crecimos entre 8% y 9%.

Compleja realidad. El gobierno es el llamado a liderar lo necesario para generar la confianza del inversionista privado y no es posible identificar todavía una agenda efectiva en ese sentido. Es cierto que el mandato del presidente Martín Vizcarra tiene apenas unos meses y que ha heredado una coyuntura enrevesada, pero las brechas son grandes. Tras haber alcanzado casi 21% en el 2013, la inversión privada cayó casi cuatro puntos porcentuales y se ubicó en el 2017 en 17.1% (inversión bruta fija privada como porcentaje del PBI). De no crear la atmósfera que anime a inversionistas peruanos y extranjeros a apostar por el país, el efecto de la recuperación en la inversión privada como consecuencia de la reactivación del sector minero será insuficiente. Por su parte, la inversión pública no compensa todavía.

Pasa la fiebre mundialista, guardamos la camiseta hasta la Copa América 2019 y nos ponemos a pensar nuevamente en lo que necesitamos hacer para salir adelante. No en lo que le compete al Estado, no en lo que podemos beneficiarnos por mayor demanda por metales peruanos, sino en lo que nos toca como empresarios. Repito que no creo en la anarquía, pero sí considero que el peso de la recuperación de la economía recae en la actualidad en el grueso de los empresarios privados, no solamente en los vinculados al sector minero. El crecimiento de la clase media, el desarrollo de ciudades intermedias y la marcada reducción de la pobreza que experimentamos desde los 1990 se debió, además del aporte de los sectores extractivos, a una dinamización de múltiples sectores y mercados.

¡Contigo Perú! Sin idealismo ni irrealismo, planteo esta reflexión sobre la necesidad del liderazgo de la empresa privada porque no veo muchas opciones para retomar el desarrollo y no quiero esperar el tiempo necesario para que cambien las generaciones de políticos, se organice procesos de referéndum o los peruanos aprendamos a elegir. Nuestra maduración como sociedad implica que sembremos masivamente los valores correctos en niñas y niños, para que ellos sepan decidir cuando sean grandes. Que construyamos ciudadanía e invirtamos en la educación de manera prioritaria y sostenida. Todo esto toma mucho tiempo.

Pero mientras eso ocurre —si acaso ocurre—, nos queda a los empresarios apostar. Desarrollar más avenidas de crecimiento, invertir en formar a nuestros colaboradores, sofisticar nuestra oferta, generar valor agregado, mejorar nuestras interacciones con clientes y proveedores, no tolerar la corrupción. El empresario y filántropo suizo Stephan Schmidheiny, integrante de una familia empresaria que nació hace más de un siglo, plantea que “la responsabilidad social corporativa […] es, también, el esfuerzo de una empresa por contribuir a la creación de una sociedad más segura, estable y próspera, de tal modo que la compañía se beneficie a largo plazo […] En este sentido, resulta sustancial que comprendan que no es posible hacer buenos negocios en países donde la población es cada vez más pobre.

Los empresarios debemos hacernos cargo, cada uno con su grano de arena. Como en todo sistema, la activación de innumerables partículas es necesaria para lograr las grandes transformaciones. Toca tomar la iniciativa.