BartoloméRíos
Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

Mociones de censura, cuestiones de confianza, presidentes que renuncian, están prófugos o entran y salen de la cárcel, jueces y fiscales en audios, congresistas en audios, alcaldes y gobernadores regionales presos, empresarios que corrompen, ministros que cambian y cambian, y la lista puede seguir. Todo esto, en un año.

Cuando era estudiante universitario, llevé un curso llamado ‘Moral Profesional’. En una clase, el profesor comentó que en determinados períodos de la historia, se podía observar que las sociedades fluctuaban de etapas de sacralización a etapas de secularización, que podían durar aproximadamente 50 años. Ahora que vemos con espanto todo lo que está ocurriendo en nuestra sociedad, es indispensable preguntarnos por qué estamos como estamos.

Me tocó estudiar economía en un período convulsionado en el Perú: desde 1987 hasta 1991. En esos cinco años, pasamos del impulso económico del programa heterodoxo del primer gobierno de Alan García a la estatización de la banca, el aislamiento financiero internacional, la caída en la inversión, la hiperinflación, la crisis política, la escalada terrorista, el shock de Alberto Fujimori, el inicio de las reformas de primera generación. Sobre varios temas, aprendíamos más por lo que veíamos en el país que por lo que leíamos en los libros de texto. Claro está que aprendíamos de lo que estaba mal, no de lo que debía hacerse bien.

El llamado Consenso de Washington, en cuyo marco se impulsó diversas reformas, fue clave para la recuperación de la economía. Nos beneficiamos, nos ayudó el crecimiento de China, hicimos bien varias tareas. Pero la que nunca completamos, tal vez nunca quisimos siquiera comenzar de verdad, fue la reforma institucional. Artículos van, libros vienen, conferencias en las que diversos entendidos enfatizaban la necesidad de emprender tal reforma so riesgo de que todo lo anterior que se había logrado se quedara incompleto, fuese vulnerable.

Desde cuando era chico escucho quejas sobre la corrupción en la política, en la empresa, en la administración de justicia. No ha cambiado el fondo del asunto, en mi opinión. No es que no hayamos padecido de este cáncer. Por supuesto que se ha agudizado porque lo que antes podía estar limitado a un grupo relativamente pequeño de actores parece haberse propagado como una metástasis que nos consume, que corroe las bases sobre las cuales debemos construir nuestro futuro. Además de este contagio, tal vez se han sofisticado los mecanismos empleados por estos emprendedores o empresarios de la corrupción. Y tenemos evidencia que antes no había: audios, fotografías, videos.

Dudo que lo que nos saque adelante de manera definitiva sea una nueva reforma económica o la tan necesaria reforma política. No estoy sugiriendo que no se requiera cambios en ambas dimensiones. Por supuesto, hay todavía mucho por avanzar en materia de atracción a la inversión privada, de productividad, de competitividad, de cierre de brechas de infraestructura económica y social. Hay mucho más todavía en lo político e institucional: reformas de partidos políticos, de administración de justicia, de representación ciudadana, de transparencia, de carrera de servicio civil, entre otras. Mucho por hacer. No hay duda de lo que se requiere, lo que no logramos encaminar todavía es la voluntad manifiesta de la sociedad que se traduzca en señales que apoyen iniciativas gubernamentales, de forma que quienes se opongan a transformar los sistemas que nos gobiernen no tengan respaldo popular. Difícil lograr lo anterior en una realidad caracterizada por una población políticamente poco educada, pero especialmente en una sociedad en la que, lamentablemente, existe una peligrosísima tergiversación de valores.

Soy de la opinión de que, más allá de la reforma del Estado, de la económica o de la institucional, lo que nos va a sacar adelante de una manera definitiva es una verdadera reforma de valores.

¿Cómo lograrla? Tremendo desafío. No solamente porque cambiar los valores de una sociedad implica reconocer que deben cambiar, instruir a los formadores en valores para que transmitan los que se consideran correctos, inculcarlos masiva y persistentemente y esperar a que las nuevas generaciones crezcan sanamente. ¿Cómo hacer para que un país entero se decida a emprender semejante cambio?

Dudo que haya presidente, parlamento, gremio empresarial, iglesia u ONG que pueda liderar una transformación de esta magnitud de manera independiente. No. Esta tarea requiere de un alineamiento de múltiples estamentos, exige trascender a intereses políticos o búsqueda de lucro, a afanes de protagonismo o de poder. Una reforma de esta naturaleza implica aprender a trabajar en conjunto y de manera permanente, lo que a decir muchos de los líderes que nos han gobernado en décadas recientes no resultaría muy realista.

¿Necesitamos un dictador, un caudillo fuerte que se cargue en el hombro esta responsabilidad? Dios nos libre. Firmeza en las decisiones, sí. Norte y determinación, sí. Caudillos como los que hemos tenido en nuestra historia, dictadores, no.

Pienso que la única forma de salir de esta encrucijada es hacernos cargo todos, absolutamente todos. Cada quien, formando bien a sus hijos, denunciando, siendo intolerante con la corrupción, siendo correcto en sus actos, sean estos en el sector privado, público o social. ¿Es posible? Espero que sí. Es difícil, muy difícil. Pero hay casos de transformaciones significativas que deberían alentarnos. Para los niños y adolescentes de hoy, es absolutamente normal pensar y actuar desde la lógica del cuidado al medio ambiente. No lo fue para los de mi generación cuando, hace apenas tres o cuatro décadas, ni siquiera conocíamos el problema.

I have a dream? Me gustaría no dejar de pensar en que estos cambios son posibles. En 1963, Martin Luther King Jr. dio su famoso discurso frente a masas de indignados estadounidenses. Naturalmente, logró encumbrarse como la figura representativa de un movimiento antidiscriminación que venía gestándose desde hacía buenos años. Menos de medio siglo más tarde, antes de que hubieran transcurrido los 50 años a los que aludía el profesor de moral que mencioné, Barack Obama juramentaba como el primer presidente de raza negra de ese país.

Quiero creer que hay transformaciones que pueden llevarse a cabo. La reforma de valores, en mi opinión la más importante que enfrentamos, depende de todos nosotros.