BartoloméRíos
Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

A mi hija adolescente le preguntaron en el colegio cómo representaría gráficamente a la sociedad. Su respuesta me dio mucho qué pensar. Me pregunto cómo estaremos en el Perú y en el mundo para que una chica llegue a imaginarse a la sociedad como un grupo de gente que está apretada dentro una celda, la puerta de la celda está abierta y nadie sale.

Pienso en la sociedad peruana, en la política, en la calidad de las instituciones. Pienso en nuestro rol de formadores de personas en las casas, en los centros de trabajo y en los de enseñanza, y no puedo dejar de cuestionarme por qué seguimos siendo incapaces de construir un proyecto de país diferente.

Motivado por el desarrollo económico, estudié algunos cuantos cursos de ciencias políticas cuando tenía ‘veintitantos’ años. Lo hice intrigado por entender las dinámicas de poder que catalizan decisiones y acciones orientadas a mejorar las condiciones de vida. Lo hice también motivado por la perspectiva de trabajar en organizaciones de desarrollo, tras haber tenido la oportunidad de aprender con cierto detalle cuál era la realidad nacional más allá de unos cuantos distritos de Lima. Por fortuna, no me interesa el ejercicio político, porque en mi opinión buena parte de la clase política-partidaria peruana a la que habría tenido que integrarme está francamente podrida. Sé que ésta es una aseveración fuerte, pero no tengo otra porque cuando veo la manera como distintos grupos de poder definen sus prioridades, como reclutan a miembros para sus organizaciones, la manera como se dedican agredirse y malgastan su tiempo y el nuestro en victorias pírricas, me da náuseas.

Dicho esto, con tristeza y desilusión termino entendiendo cómo una persona de la edad de mi hija se formula tan patética representación de la sociedad. Cómo habría sido, me pregunto de cuando en cuando, si a ella o a nosotros nos hubiese tocado otra época en nuestro país o en otro lugar, si nos hubiese tocado una época caracterizada por mayor desprendimiento, por la comprensión de que necesitamos dejar de lado nuestra angurria personal y enfocarnos en la edificación de otro futuro.

Ésa no es la realidad que nos ha tocado. Por el contrario, la que nos envuelve es una sarta de ejemplos que nos enseñan lo que no deberíamos aprender. Cómo explicarle a un niño o adolescente cuyos valores están en pleno proceso de formación que no es normal que la gente robe y corrompa, que no es normal que los líderes terminen en la cárcel o prófugos, que no es aceptable que la gente anteponga sus ansias de figuración y de riqueza material, su sed de poder, a los buenos valores. Cómo enseñarles a niños y adolescentes que existe una buena forma de hacer política, que existe una buena manera de construir dinámicas saludables en una sociedad, que no debería ganarnos el impulso de querer mandar todo al diablo e irnos del país en busca de una realidad más respetuosa, más solidaria, de mejor convivencia.

Políticos peruanos, autoridades del sistema administración de justicia, figuras del mundo empresarial y de la sociedad civil actúan frente a la cámara con un libreto que busca simular preocupación por el bienestar de la población mientras que tras bambalinas orquestan un entramado cada vez más extendido cuyo principal objetivo es, a mi modo de ver, banal e individualista.

Qué esclavizantes son nuestras carencias. No hemos alcanzado ni remotamente el nivel de evolución necesario para transformarnos. No entraré en política en esta vida. No sé si habrá otras ni si entraré en política en alguna de ésas. Me hubiera gustado poder contribuir más directamente, pero el par de veces que he trabajado en el sector público he terminado saliendo convencido de que no regresaré, frustrado por encontrar niveles fragilidad institucional que terminan repeliéndolo a uno.

¿Cómo aportar, entonces? ¿Cómo evitar un mayor deterioro?