BartoloméRíos
Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

¿Cómo nos irá el año entrante en nuestras vidas y en nuestras organizaciones? ¿De qué dependerá? ¿Cuánto dependerá de nosotros mismos?

En el plano del desarrollo nacional, uno de los principales problemas de este año que termina es que hemos perdido tiempo y hemos perdido foco. Si bien hemos avanzado en algunos asuntos, como planteé en mi artículo anterior, no hemos logrado los niveles de crecimiento económico necesarios. En consecuencia, el bienestar de la población no ha aumentado como podría haberlo hecho. Muchos factores explican lo anterior, tales como los niveles de los precios de los metales, la inversión pública, el ruido político. Estos factores, que no dependen directamente de nuestras decisiones y acciones, han afectado nuestra calidad de vida en el 2018.

Más allá de esas y otras variables exógenas, encuentro en mi interacción cotidiana con empresarios que existen diversos elementos que afectan nuestro bienestar y dependen directamente de nosotros mismos. Uno podría decir que esta afirmación es una obviedad, una tautología, pero si hacemos un breve ejercicio de introspección seguramente encontraremos que no siempre asumimos que nuestro bienestar depende principalmente de nosotros mismos. Por idiosincrasia, cultura o subdesarrollo mental, tendemos a responsabilizar a terceros de nuestro propia evolución o involución.

 

Para el año que viene, propongo que desarrollemos 3 competencias que considero serán clave para nuestro futuro: inteligencia emocional colectiva, discrepancia productiva y razón de ser.

 

Inteligencia emocional colectiva

No hay discusión sobre la correlación que existe entre la inteligencia individual y el éxito individual, como quiera que se defina éxito. Desde hace un siglo se mide el coeficiente intelectual (IQ) y hay estudios que sugieren que el nivel de inteligencia de una persona explica aproximadamente un 20% de su bienestar en la vida. Daniel Goleman, autor del fascinante libro “Inteligencia Emocional”, explora otros elementos que van más allá del IQ que son considerados fundamentales. Básicamente, nuestra capacidad para entender y actuar desde la perspectiva de la inteligencia emocional tiene que ver con el hecho de, a lo largo de los milenios, nuestro cerebro ha ido desarrollándose desde la dimensión emocional hacia la racional, desde la zona límbica hacia la frontal. Así, Goleman plantea que nuestra racionalidad está condicionada por nuestra emocionalidad, que si bien hay circuitos cerebrales que funcionan de manera independiente, en determinadas circunstancias nuestra dimensión emocional “secuestra” a nuestra dimensión racional.

La comprensión y el nivel de conciencia acerca del rol de nuestro nivel de inteligencia emocional en la evolución de nuestras relaciones es fundamental. Este “secuestro emocional” al que se refiere Goleman puede perfectamente entorpecer la manera como tomamos y ejecutamos decisiones en la empresa. Más allá de la racionalidad de los argumentos que sustenten tales decisiones, nuestra dimensión emocional será crítica.

En paralelo, Thomas W. Malone ensaya el concepto de “inteligencia colectiva” en su libro “Superminds”. Malone sugiere que, así como las personas tenemos inteligencia, los grupos de personas también tienen inteligencia, y define inteligencia colectiva como “el resultado de grupos de individuos que actúan en conjunto de maneras que parecen inteligentes”. Muy interesante lo planteado por Malone, pues aporta una perspectiva adicional para evaluar por qué algunos equipos de personas funcionan mejor que otros.

¿Qué explica la inteligencia colectiva de un determinado grupo? Más allá del nivel de inteligencia individual de sus integrantes, serían 3 los factores principales: la inteligencia social del grupo, la capacidad de sus integrantes para sostener conversaciones con un nivel equitativo de participación y, un hallazgo tremendamente interesante, la proporción de mujeres en el grupo. Mientras mayor dicha proporción, mayor el nivel de inteligencia colectiva.

No soy neurólogo ni psicólogo, así que con total desfachatez me animo a plantear una idea: el éxito de una organización depende, entre otros factores, de su nivel de lo que podríamos llamar inteligencia emocional colectiva. Leer estos libros me ha hecho pensar cómo muchas veces nuestra capacidad para construir visiones comunes, para tomar decisiones adecuada y oportunamente, para ejecutar acciones de manera coordinada depende tal vez más de nuestra inteligencia emocional colectiva que de nuestra inteligencia individual, sea racional o emocional.

 

Discrepancia productiva

En su charla de TED “Cómo discrepar productivamente y encontrar terreno común”, Julia Dhar explora diversos elementos que caracterizan nuestra capacidad y efectividad para debatir. Dhar, tricampeona mundial de debate en su época escolar y estratega empresarial, explica que lo más importante cuando uno se engancha en un debate es identificar aquellos elementos en los que las personas concuerdan. No se alcanza los mejores resultados cuando uno busca imponer su posición, sino más bien cuando uno se empeña en abrirse a los argumentos de los demás a partir de elementos comunes.

La ontología del lenguaje y el conocido coaching ontológico desarrollan ampliamente la capacidad para construir conversaciones productivas. En Perú, por razones culturales y quién sabe también si por inseguridades y envidias personales, por lo general rechazamos a quienes piensan distinto, nos gusta tener la razón. Qué vanidad, qué vacuidad.

 

Razón de ser

Acabo de terminar de leer un interesante libro de Simon Sinek. En “Start with Why”, Sinek analiza múltiples experiencias de líderes empresariales, políticos y sociales que han inspirado a millones de personas en el mundo. En su charla de TED titulada “Cómo los grandes líderes inspiran la acción” explica en qué consiste lo que denomina “Golden Circle”, un diagrama de 3 aros concéntricos que en su núcleo tienen el porqué de las cosas, en el espacio intermedio el cómo y en el exterior el qué. Lo interesante del planteamiento largamente documentado por Sinek consiste en que la mayoría de gente comienza por el qué, pasa al cómo y termina, a veces, pensando en el porqué. En sentido contrario, los líderes inspiradores definen primero por qué hacen lo que hacen. El cómo y el qué vienen después.

En línea con Sinek, propongo que hagamos una pausa y reflexionemos. El día a día nos obliga a actuar, y muchas veces no nos detenemos a pensar por qué hacemos lo que hacemos. Estas pausas son indispensables, nos permiten en muchas ocasiones recuperar el sentido.

 

¿Retomaremos el rumbo en el 2019? Ojalá que sí. Ojalá que nuestras autoridades, las que sentimos que nos representan y las que repudiamos, logren hacer una pausa, construir consensos a través de debates alturados y relevantes y priorizar políticas públicas alineadas con razones fundamentales de desarrollo.

Pero más allá de los políticos que tanto han enmarañado la coyuntura en estos años, que tanto daño han hecho, ojalá que nosotros mismos seamos capaces de alinear nuestras dos dimensiones, la racional y la emocional, para construir un mejor futuro en nuestras organizaciones.