BartoloméRíos
Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

Es de locos lo que pasa en el país. Francamente, da la impresión de que en estos últimos años se hubieran puesto de acuerdo múltiples actores de nuestra sociedad para sacar a relucir sus “mejores” atributos. Estamos en una situación de sálvese quien pueda, en la que cada uno hace lo que le da la gana, para mucha gente predomina la búsqueda del provecho personal y no importa a qué consecuencias, es irrelevante si mi accionar perjudica al de al lado siempre y cuando yo termine beneficiándome.

La naturaleza nos brinda maravillosos ejemplos de organización. Las abejas, los cardúmenes, la simetría del cuerpo humano. Para aquellos a quienes nos gustan las matemáticas, hace poco se celebró el día del número Pi (3.14159…). Este número está presente en mucho de lo que vemos y usamos diariamente, mucho más que lo que seguramente nos imaginamos, y constituye un elemento central del orden.

En 1975, un matemático llamado Benoît Mandelbrot desarrolló el concepto conocido como fractal, referido al hecho de que distintos elementos, a diferentes escalas, coinciden en su estructura esencial. Diversas formas en la naturaleza son consideradas fractales, especialmente del reino vegetal (una búsqueda rápida de imágenes de fractales en Internet permite entender el concepto con facilidad).

En contraste con esta asombrosa cualidad, los peruanos estamos desplegando insospechadas habilidades de desorganización. Es como si nos hubiéramos puesto de acuerdo para “desgobernarnos”. Lo de Las Bambas es de locos, bloqueo de carreteras para chantajear a la empresa que invierte en mi bienestar, las autoridades pasmadas. Los choferes de combis se zurran en cuanta infracción cometen. Tantos políticos, funcionarios públicos y empresarios se han convertido en mercachifles que sacan todo el provecho que puedan en el corto plazo y que terminan fugándose o asumiendo el costo de unos cuantos años de carcelería. Total, el beneficio es mayor.

Es como si tuviéramos rasgos sociales fractales, pero con resultados perversos. Es decir, casi como que no importase la escala, sea que se trate de asuntos locales o nacionales, de transacciones menores o de grandes arreglos, pareciera que nuestra sociedad ha ido avanzando hacia el desgobierno con estructuras esenciales coincidentes.

Lo que más nos preocupa, me imagino, es cómo vamos a salir de esta. ¿Habrá renacimiento después de esta peste?

Más un obstáculo que un catalizador, lamentablemente el sector político peruano ha perdido la agenda. En décadas anteriores, sea en respuesta a graves crisis o a oportunidades adecuadamente capitalizadas, hemos logrado avances innegables. En este contexto, un repaso a las capacidades de los tres sectores de la sociedad —Estado, empresa privada y sociedad civil— nos debería llevar a la conclusión de que es el sector empresarial el mejor preparado para promover transformaciones. Las grandes innovaciones de la historia han surgido en este sector, los progresos en tecnología, en capacidades de gestión y en obtención de altos niveles de eficiencia suelen ser liderados por el empresariado.

Me pregunto, entonces, si el sector empresarial peruano tendrá la capacidad de dar la talla para liderar la transformación del país. Al ser el empresariado un concepto amplio, una colección de actores variada en tamaño, motivaciones y habilidades, paso de lo macro a lo micro y me pregunto si en vez de esperar a que el sector empresarial lidere la transformación, tengo un rol como empresario, puedo aportar algo.

Mientras no se concrete una agenda de desarrollo económico y social con lineamientos claros y coherentes para el corto y largo plazo, mientras no se recupere el principio de autoridad, mientras no se renueve la clase política y se reforme las instituciones públicas, los empresarios debemos tomar la batuta. Al que no le quede claro que, así las cosas, en los próximos años el entorno no va a mejorar radicalmente, al que no le quede claro que su bienestar real no va a depender de papá gobierno o de la mejora en los precios de los metales, le recomiendo un baño de realidad y una redefinición de prioridades. Lo que va a marcar la pauta en el futuro próximo va a depender casi exclusivamente del esfuerzo propio.

Sin soberbia ni ingenuidad, me planteo cómo cambiaría el país si los distintos actores empresariales nos propusiéramos mejorar nuestras prácticas decidida y sostenidamente. Me pregunto si acaso podríamos alterar la estructura esencial de nuestro comportamiento, de forma tal que nos encaminemos a resultados de naturaleza fractal evolutiva.