BartoloméRíos
Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

Dicen que un signo de maduración es la capacidad de burlarse de uno mismo. Me someteré públicamente a esta prueba con el objeto de explicar una idea que voy a desarrollar a lo largo de este artículo. A punto de cumplir 5 décadas, mi balance con la balanza no es el mejor: los primeros 20 años, sin problemas. Los siguientes 20, con problemas. Esta última década ha sido de altibajos, no tanto como una montaña rusa pero sí con sus buenos vaivenes. Casi como si se tratara de un reloj suizo, me empeño en bajar 8 kg en el invierno, disciplinado y sacrificado, para sucumbir a las parrillas y los helados en el verano. El efecto: subo 8 kg, pierdo lo ganado y hago mi acto de contrición. Está demás decir que soy consciente de las repercusiones que estos altibajos tienen en mi estado de salud, lo que me lleva a buscar nuevas rutas para bajar más kilos en invierno o comer menos parrillas en verano. Ahora estoy haciendo un poco de ejercicio, espero romper la racha y poder vivir las décadas que me quedan habiendo resuelto este asunto.

Entre otros factores, la calidad del desarrollo económico depende de lo acentuados que pueden llegar a ser los ciclos de crecimiento y desaceleración. Si el comportamiento es como el de un electrocardiograma, con muchas alzas y caídas, el resultado es de un tipo. Si, por el contrario, el patrón se asemeja a una curva de pocas oscilaciones a lo largo de prolongados periodos de tiempo, el resultado es otro. La pobreza sube rápidamente en épocas de contracción económica y retrocede lentamente en períodos de bonanza. La política macroeconómica, por consiguiente, busca “suavizar” los ciclos económicos, de tal forma que la volatilidad del crecimiento se minimice.

El desarrollo de algunas de las naciones más avanzadas del mundo, tras siglos de monarquía y campesinado pobre, se ha sustentado en buena medida en la preponderancia de la clase media. Por el contrario, la estructura económica primario-exportadora, los cambios pendulares en política pública, el cortoplacismo y el centralismo de nuestro país, entre otros factores, han impedido el surgimiento de la clase media. Desde que fuimos colonizados por los españoles, nuestra economía ha dependido de la exportación de productos básicos como los metales, productos que sin mayor transformación doméstica son comprados por empresas que agregan valor en otros lugares. Con ello, el grueso de la riqueza no se ha generado y conservado en el Perú, sino que nos hemos mantenido como observadores pasivos del progreso de otros a partir de nuestra riqueza natural. Así las cosas, a lo largo de los últimos 5 siglos, nuestros ciclos económicos han estado marcados por la variabilidad de los precios de los metales, del guano, del caucho, de la harina de pescado. La volatilidad económica resultante nos ha expuesto a periodos de incremento en el ingreso per capita que han sido sucedidos por otros de caída, lo que ha resultado en que a la fecha padezcamos de altos niveles de pobreza, tristemente Raimondi dixit.

Está claro que la respuesta consiste en facilitar las condiciones para la agregación de valor en el Perú. En esta línea, si es la clase media uno de los elementos fundamentales del desarrollo económico, si son las ciudades intermedias las que permiten un tejido económico local y regional, se desprende una prioridad para el desarrollo nacional: la profesionalización de las empresas medianas.

El crecimiento económico acumulado desde los 1990s ha contribuido, qué duda cabe, pero falta mucho. Por su parte, la desaceleración económica peruana de años recientes, la incapacidad de distintos niveles de gobierno para ejecutar oportuna y eficientemente programas y políticas públicas, para implementar proyectos de inversión en infraestructura económica y social, arriesga perder el terreno ganado en años anteriores. Peor aún, ad portas del proceso electoral del 2021, esta situación expone al país a la vulnerabilidad de propuestas antagónicas en lo económico y social. No nos sorprenderá ser testigos de promesas electorales anacrónicas que despierten los fantasmas de nefastas experiencias del pasado. En este contexto, como he mencionado en artículos recientes anteriores, la empresa privada tiene un rol clave.

En los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), las empresas medianas y pequeñas explican aproximadamente el 70% del empleo y contribuyen a la generación de valor agregado con entre 50% y 60%. Esta organización agrupa a 36 países con economías de ingresos medios y altos (solo 2 son latinoamericanos, Chile y México). Según la Corporación Financiera Internacional del Grupo del Banco Mundial, más de la mitad del empleo y del PBI en países emergentes se debe a las empresas medianas y pequeñas. Hace más de 10 años me crucé con una estadística según la cual, si no me falla la memoria, 96% de las exportaciones italianas se debían a la mediana y pequeña empresa. En el Perú, 2%. Espero no equivocarme y no tengo idea de la fuente, ha pasado mucho tiempo y no me acuerdo, pero de lo que sí me acuerdo es de que la diferencia era brutal.

En nuestro país, tras años de bonanza y crecimiento, las empresas medianas se han visto expuestas a un mercado desacelerado, a alta carga regulatoria, a un deterioro de la cadena de pagos que ha estresado los flujos de caja, a los efectos de la inestabilidad política y de la corrupción sobre inversionistas privados extranjeros y nacionales, entre otros desafíos. En este contexto, lejos de priorizar el desarrollo empresarial, se observa solo algunas iniciativas aisladas en la agenda gubernamental. Dicho esto, regreso a lo que vengo sosteniendo últimamente: es indispensable que el sector privado tome las riendas. Sin incentivos provenientes del marco regulatorio y tributario, sin simplificación de trámites y digitalización del gobierno, sin la promoción de investigación y desarrollo, es decir, sin la facilitación decidida del gobierno de promover un entorno de desarrollo para las empresas medianas, la responsabilidad de la profesionalización de las empresas privadas recae en los empresarios privados.

Al respecto, en interacción con múltiples empresarios medianos, la mayoría de grupos familiares, observo un comportamiento reiterativo. A saber, la falta de conocimiento, la falta de aceptación y la falta de priorización de la necesidad de profesionalizar las empresas. Tras años de bonanza y buen viento, los empresarios se han visto obligados a fortalecer sus estrategias comerciales, a gestionar sus costos y gastos eficientemente, a aceptar que los buenos años quedaron atrás. Sin embargo, no se observa todavía su determinación por profesionalizar sus compañías. En alguno que otro caso, existe una suerte de comprensión de tal necesidad, a veces hasta claridad acerca de esa necesidad, pero en muy pocos es posible apreciar una agenda prioritaria de profesionalización empresarial.

Como diría Jim Collins en su famoso libro Good to Great, resulta imprescindible encarar los hechos brutales de la realidad. En la mayoría de los casos, el crecimiento de las empresas familiares de los últimos 20 años se ha debido a una combinación entre impulso emprendedor, capacidad comercial, capacidad productiva y buen entorno económico. Sin embargo, en los próximos 20 años, la sostenibilidad del crecimiento requerirá mucho más que eso. En vista de que todo indica que el entorno no será el mismo del que nos ha beneficiado en las últimas décadas, la profesionalización de las empresas familiares será fundamental.

Ahora bien,. ¿qué significa profesionalizar las empresas? Crear directorios formales en los que se reflexione estratégicamente, se incorpore el aporte de independientes que sean especialistas, hacer un seguimiento estructurado y bien fundamentado en indicadores objetivos acerca de la evolución de iniciativas estratégicas y del desempeño de áreas clave de la empresa, introducir prácticas de Buen Gobierno Corporativo. A nivel ejecutivo, contratar a gerentes que destaquen en sus áreas de expertise, no ser temerosos a la inversión en talento del mayor nivel posible para la empresa, no sucumbir a la debilidad de no exponerse a profesionales mejor preparados que uno mismo. En la medida en que un accionista logre romper el paradigma o la barrera psicológica y se empeñe en atraer a los mejores profesionales que su empresa o su presupuesto personal puedan costear, abrirá nuevas avenidas de crecimiento y evolución.

Mi secuencia lógica es la siguiente: profesionalizar empresas medianas, familiares o no, contribuirá a mejorar la composición del crecimiento económico. Un crecimiento de mayor calidad contribuirá a su vez al crecimiento de la clase media, en vista de que se reducirá la volatilidad característica de nuestra histórica dependencia de los ciclos de los precios de los commodities. El crecimiento de la clase media será la base del desarrollo de ciudades intermedias, de mejoras en la recaudación, de reducción de la informalidad, de dinámicas sociopolíticas más saludables.

Todo lo anterior me lleva a invocar a los empresarios medianos: inviertan en profesionalizarse. No solamente cosecharán los frutos en sus empresas y en sus patrimonios familiares, sino que contribuirán incuestionablemente al desarrollo nacional.