BartoloméRíos
Crecer con Eficiencia Por Bartolomé Ríos

Desde que somos chicos y a lo largo de buena parte de nuestras vidas, nos enfrentamos a un sistema educativo y a un mundo empresarial que se empeñan en promover actitudes individualistas. El premio al mejor de la clase, el ascenso al mejor trabajador, el bono al vendedor con mayores resultados, etc. No cabe duda de que la competencia ayuda a sacar el máximo esfuerzo de las personas, en la medida en que están motivadas por lograr la ansiada cima. Testimonios de deportistas que sostienen que su objetivo en la vida es la medalla de oro son moneda corriente. Estructuras corporativas piramidales pueden constituir el estímulo necesario para algunas personas de forma tal que saquen a relucir todo su potencial. Buena parte de la teoría capitalista y el progreso de muchas naciones en los últimos siglos se deben a que cuentan con esquemas que premian el esfuerzo individual. Eso está muy bien. De hecho, de no estar en boga mecanismos que incentiven el lucro personal, el progreso individual, mucho de lo que hemos avanzado en el mundo probablemente no se habría alcanzado.

Sin embargo, como cualquier extremo, el individualismo extremo tiene sus problemas y sus riesgos. El egoísmo, la envidia y la inseguridad son comportamientos que vemos una y otra vez en nuestras sociedades. Cuántas veces hemos visto frases como “tu envidia es mi progreso” en la parte de atrás de una combi o un micro. Qué dañino es el narcisismo. He conocido a mucha gente que ha alcanzado posiciones de poder, se ha pasado toda su vida laboral escalando y escalando, serruchando y serruchando, para pasar al olvido una vez concluidos sus 15 minutos de fama. Alguna vez me contaron que, tras desempeñar por poco tiempo la posición de Comandante General de alguna de las Fuerzas Armadas, los militares pasan al retiro y, prácticamente, a la muerte profesional. Debe ser bien complejo para una persona lograr manejar sus emociones al entrar al limbo en vida, después de haberse pasado su carrera entera compitiendo para llegar a la cumbre para que su permanencia en las alturas sea efímera.

Diversas disciplinas nos dan ejemplos de lo anterior. Me pongo a pensar de cuando en cuando sobre cómo será la vida de músicos que lograron lo que se conoce como un one-hit wonder, o un solo éxito en su carrera. Qué tan difícil habrá sido el esfuerzo de reinvención de deportistas que tuvieron apenas unas cuantas temporadas exitosas. A veces, me parece curioso ver en programas políticos que invitan a una persona que fue ministro o congresista y que se presenta como un “ex alguien”. Me pregunto si les será difícil vivir pensando que sus días de gloria fueron pocos y ya pasaron. En el extremo de la representación de tales personalidades, quién sabe si podría escribirse en su epitafio algo así como “Lamentamos la pérdida de fulano de tal. Vivió 75 años y fue líder empresarial o político por ocho meses”.

En Good to Great, Jim Collins identifica diversos factores que explican por qué algunas organizaciones logran sostener grandes niveles de desempeño por largos periodos de tiempo, mientras que otras solo son buenas. El primero de esos factores es lo que denomina “Liderazgo de nivel 5”, concepto que alude a un patrón de comportamiento de líderes que condujeron a sus organizaciones a nuevos estadios de evolución. Resulta muy interesante que la humildad sea uno de los atributos de personalidad que constituye un denominador común en todos los casos de éxito que estudia Collins. La humildad, directamente asociada con la facilidad que tienen los líderes que la detentan para trabajar en equipo, buscar los mejores resultados, resaltar los éxitos de los demás. La humildad, que premia la cooperación, que antagoniza con la celebridad, que regresa a la mundanidad a quienes sucumben a la necesidad de deificarse.

Sin duda una de las mejores series de la historia de la televisión, Game of Thrones se ha convertido en objeto de culto por la capacidad magistral de sus creadores para entrelazar lo épico, lo divino, lo fantasioso, lo político y lo mundano. No es un trono el que está en juego, está en disputa el trono de tronos, se enfrentan la vida y la muerte, la luz y la oscuridad. Está en disputa el ego.

Sin spoilers, el del domingo 28 fue uno de los mejores capítulos que se haya proyectado jamás. Ya me imagino los debates que tendré con algunos otros fanáticos de GoT acerca de si superará o no al capítulo de la Batalla de los Bastardos. Quién sabe. Sea como fuere, además de los memorables personajes que nos deja esta serie, nos ha ido regalando a lo largo de los años frases que quedarán escritas en piedra. Frases como “Nunca olvides qué eres. El resto del mundo no lo olvidará” o “Cualquiera que tenga que decir ‘Yo soy el Rey‘ no es un verdadero rey”.

Éstas y muchas otras frases transmiten sabiduría. Después de ver el último capítulo, estuve googleando recopilaciones de frases y me quedo por el momento con las siguientes cinco que se relacionan con la importancia de la humildad en un mundo en el que, por así decirlo, de una generación a la siguiente transmitimos el instinto de la competencia salvaje, tal instinto de supervivencia que nos nubla y nos mata de a pocos. Ya no somos los cazadores recolectores de hace milenios, cuando los humanos tenían que arriesgar su vida para procurarse la comida diaria. Somos humanos de otra época, pero seguimos comportándonos con esa necesidad de ganarle a cuanto animal nos pongan enfrente.

  • Winter is coming: el invierno está llegando
  • A man has no name: un hombre no tiene nombre
  • You know nothing: no sabes nada
  • When you play the game of thrones, you win or you die: cuando juegas al juego de tronos, ganas o mueres
  • Valar morghulis: todos los hombres deben morir

Selecciono estas cinco frases porque pienso que enseñan con profundidad de qué deberíamos estar hechos los seres humanos. A todos nos va a tocar el invierno, de una u otra forma. Desde el inicio de la serie, sus creadores nos advierten que va a llegar. Cuando finalmente se aproxima, cuando se avecina la batalla contra la muerte, resulta muy interesante ver cómo la disputa por el trono de los vivos pasa a segundo plano, cómo se reconstruyen tantas relaciones. No todas, está claro, siempre habrá quienes se empecinen en el individualismo, pero muchas relaciones cambian cuando la amenaza de la muerte, que nos llegará a todos, está más presente que nunca.

Todos los hombres deben morir, todos pasarán al olvido. Los hombres no tenemos nombre, somos simples pasajeros que aprendemos poco y debemos mantenernos humildes ante el vastísimo conocimiento que no poseemos. Hace más de 2,000 años, Sócrates nos recordó que no sabemos nada. Con el paso de los años, he aprendido que lo mejor que podemos hacer es compartir lo poco que sabemos porque no nos pertenece, compartir lo poco que tenemos porque no será nuestro. Si nuestro actuar en las organizaciones, en las familias y en la sociedad fuese guiado por estos preceptos, cuánto mejor sería nuestra convivencia.