Texto de prueba
MARZO 20, 2014
Realizado por: Matias Cardona

Cerramos el 2015 con un caso muy mediático de plagio en el plan de gobierno de uno de los partidos más importantes del país. En los últimos meses, también presenciamos un caso similar de plagio relacionado al máximo representante de la Iglesia católica en el Perú y hace unos años a uno de nuestros más célebres escritores.

No son buenos ejemplos para los estudiantes del Perú. Primero, porque el plagio es una violación de los derechos de autor y la propiedad intelectual. Ambos son valores importantes para fomentar la creación de conocimiento y la innovación, temas claves para la competitividad del país. Segundo, porque con la llegada de la Internet y la Economía del Conocimiento, la capacidad de consultar varias fuentes y sintetizar información se ha convertido en una competencia muy valorada por el mercado laboral.

Vivimos en los tiempos del copy/paste. Nunca hemos tenido tanta información a nuestro alcance y nunca ha sido tan fácil copiar. Si queremos ser un país competitivo, debemos promover el uso responsable de la información para aprender e innovar en lugar de simplemente copiar.

Internet y el fin de la memoria

Cuando empecé el colegio en 1992, la memoria era una competencia clave y las enciclopedias eran una de las propiedades más preciadas de los hogares y las bibliotecas. Como muchos peruanos, memoricé los ríos de nuestro país, los departamentos con sus respectivas capitales y los incas. Para mis proyectos escolares, consulté primero la Enciclopedia Britannica en versión física y luego la Enciclopedia Encarta en su versión CD-ROM, ambas fuentes muy confiables pero caras. En 1992 los costos de transacción para acceder a información eran altos, por lo cual la memoria era una habilidad muy útil.

Hoy es mucho menos importante memorizar información. No tengo por qué memorizar los nombres de los incas, puedo acceder a esa información con un par de clics. Por otro lado, en mi vida profesional no tengo excusa cuando no estoy segura sobre un dato o no sé cómo hacer algo –en la mayoría de los casos puedo acceder a esa información con un par de clics. Desde la llegada de la Internet, saber buscar información es una habilidad clave. Reconocer cuáles fuentes son confiables también.

Aprendizaje versus plagio

No es malo buscar información y aprender de ella para crear algo nuevo. Es más, en una economía en vías de desarrollo como la nuestra, muchas veces la forma más eficiente de transferir capacidades tecnológicas y fomentar el desarrollo es aplicar técnicas como benchmarking y reverse engineering, que esencialmente son esfuerzos para entender modelos de negocio, buenas prácticas o tecnologías existentes, y aplicarlas a nuestro contexto específico. ¿Por qué inventar la rueda si ya existe?

El Grupo Intercorp (dueño de 80% de IPAE Escuela de Empresarios, empresa donde trabajo actualmente), por ejemplo, constantemente busca aprender de experiencias en economías más desarrolladas para luego aplicarlas al mercado peruano. Visitan centros comerciales, cines y otras empresas en países tan distintos como Estados Unidos y Turquía. Además, investigan sobre las tendencias y buenas prácticas en sus rubros y leen publicaciones sobre innovación empresarial. Con la Internet es relativamente fácil obtener casi la misma información que tiene el Grupo Intercorp; el éxito de las empresas del grupo radica en saber adaptar estas ideas a las necesidades de la clase media peruana.

Para realmente destacar en la Economía de Conocimiento, lo que importa no es el conocimiento en sí, sino cómo lo aplicas a un problema específico o al contexto de tu empresa. No es suficiente con simplemente saber buscar información de fuentes confiables. No es suficiente con un simple copy/paste.

La necesidad de innovar

No destacamos en innovación. El ranking de competitividad 2015-16 del World Economic Forum nos ubica en el puesto 116 de 140 países en la categoría de innovación. Esto significa que más de 80% de los países evaluados son mejores que nosotros en este pilar de la competitividad.

Si queremos que nuestro país se desarrolle, nuestra fuerza laboral debe estar capacitada para innovar. Esto implica, por supuesto, saber aprender de las ideas de otros para construir conocimiento nuevo.

Adicionalmente, debemos crear incentivos para que nuestras empresas y ciudadanos estén dispuestos a invertir su tiempo y esfuerzo en innovar. El incentivo más básico es la protección a la propiedad intelectual y los derechos de autor. ¿Por qué, por ejemplo, invertir tiempo, esfuerzo y dinero en desarrollar software si otros van a hacer versiones piratas y lucrar con mi trabajo?

Los tiempos del copy/paste

En 1992 copiar era pesado. Encontrar exactamente la información que necesitabas demoraba más tiempo, y para presentarla como tuya era necesario replicar todo el texto a mano o teclearlo. Hoy es cuestión de buscar en Internet y hacer un simple copy/paste. La tentación es grande.

Es igual de fácil probar un plagio. Con un software sencillo que usan ya hace más de diez años centros educativos en el Perú se pueden contrastar los trabajos de los estudiantes contra los textos de Internet. En algunos casos es aún más fácil –basta con copiar unas cuantas oraciones del trabajo del estudiante en Google y verificar si coincide con alguna página web.

Los mediáticos casos de plagio que presenciamos este año no son los primeros ni serán los últimos. En términos de educación, nos deben preocupar porque mandan un pésimo mensaje a nuestros estudiantes. Si queremos ser un país desarrollado, deberíamos inculcar en los jóvenes el respeto por la propiedad intelectual y fomentar la creación de nuevas ideas en base a la adaptación y la síntesis de ideas ajenas.

Sí a la innovación, no al plagio.

‘No trabajan en lo que estudiaron’. Es una crítica muy común a nuestro sistema de educación superior. Cuando se refiere al subempleo, como cuando un contador se desempeña como taxista, me sumo a las voces críticas. La educación superior nos debe abrir puertas nuevas, acceso a trabajos que difícilmente podríamos haber conseguido sin nuestros diplomas y nuevos conocimientos. ¿Pero qué hay de malo con un abogado que decide trabajar como asesor financiero?

De niños nos preguntan qué queremos ser cuando seamos grandes. De adultos llenamos formularios que nos piden especificar nuestra profesión. En ambos casos, como sociedad demandamos respuestas cortas y excluyentes. No podemos ser ingeniero, artista y periodista. De niños, con mucho cariño, nos explican que no se puede hacer todo en la vida y que en el futuro tendremos que escoger. De adultos, el tamaño de la casilla de ‘profesión’ de los formularios repite con menos cariño el mismo mensaje.

No hay nada de malo con la especialización. Si sabes exactamente lo que quieres, es eficiente enfocar tus estudios y tu carrera profesional en ese tema específico. Pero no todos somos así. ¿Qué pasa con los que estudiaron algo y por cosas de la vida terminaron trabajando en otra cosa? ¿Qué pasa con los que estudian y trabajan en muchas cosas distintas? ¿Por gusto estudiaron?

Patricia del Río, de lingüista a periodista

Patricia del Río no trabaja en lo que estudió. En una ponencia en CADE Universitario 2015 contó que hace algunos años estaba convencida de que lo suyo era la lingüística y su plan profesional era ejercer como académica. De pronto se dio cuenta de que por razones externas no iba a poder seguir creciendo en el camino profesional que ella había escogido. De la noche a la mañana se encontró frente a un career shift (un cambio de rumbo sustancial en su carrera).

Llegó al periodismo por coincidencia y por muchos años siguió escribiendo ‘lingüista’ en la casilla de profesión de los formularios de Migraciones. Pareciera que tantos años de estudios generales y lingüística fueron un gasto de tiempo. En estricto, hubiese sido más eficiente que Patricia estudiara periodismo desde un principio.

Sin embargo –como mencionó la propia Patricia–, lo que la ayudó a destacar en el comienzo de su carrera como periodista fue precisamente la curiosidad y rigurosidad académica que había aprendido en sus estudios y su posterior trabajo como profesora universitaria. Le encargaban artículos sencillos y ella los convertía en investigaciones dignas de la portada de la revista.

¿Sería Patricia tan exitosa si hubiese estudiado periodismo desde un principio? No sé, pero definitivamente sería una profesional muy diferente. Aunque hoy escribe ‘periodista’ en los formularios, la verdad es que cuando ella ejerce su profesión no puede dejar de lado a la lingüista, la profesora, y todas las experiencias laborales, personales o académicas que ha vivido. Estos aprendizajes enriquecen su labor como periodista. Los años que Patricia dedicó a la lingüística y la enseñanza no fueron en vano. No importa que no trabaje en lo que estudió.

¿Qué implica esto para la educación superior?

Si los egresados no necesariamente van a trabajar en lo que estudian y todo aprendizaje puede ser útil, ¿pueden entonces las universidades e institutos diseñar carreras sin importar lo que demanda el mercado laboral? Es decisión de cada institución, pero no deberían.

En este blog he argumentado en repetidas ocasiones que la educación superior nos debería preparar para lo que necesita el mercado laboral. Es especialmente importante en el caso de estudiantes con problemas económicos –quienes en su mayoría necesitan insertarse en el mercado laboral rápidamente y conseguir una mejor remuneración para solventar sus gastos–, pero es relevante para todos.

La gran mayoría de alumnos de universidades e institutos estudia para acceder a un mejor futuro, no sólo para aprender. Este mejor futuro es la promesa implícita de la educación superior. Por ello, parte importante del trabajo de las universidades e institutos es asegurar que sus egresados y estudiantes sean valiosos para los empleadores, sean éstos una gran corporación que contrata administradores o una universidad que busca filósofos para dictar cursos.

Lo que importa es que los egresados estén adecuadamente preparados para ser profesionales exitosos, no que ejerzan su carrera. Ellos deben poder conseguir un buen trabajo relacionado a sus carreras, pero si deciden seguir otro camino profesional porque descubren otros intereses o se adaptan a cambios en el mercado laboral, ¿qué tiene de malo? La universidad o el instituto cumplió con abrirles nuevas puertas, pero no puede ni debe obligarlos a seguir un camino específico.

Sería más eficiente que los egresados trabajen en lo que estudiaron. Sí, pero al fin y al cabo es decisión de ellos. No debemos medir a las universidades o institutos ni a nuestro sistema de educación superior con esta métrica.

Y para los abogados sentados frente a un Excel, los ingenieros en terno y los profesores de oficina: quédense tranquilos, que no estudiaron en vano. Todo lo que han aprendido, tanto en su vida académica como en su experiencia laboral y personal, enriquece su actual desempeño profesional. Nadie te quita lo vivido, nadie te quita lo aprendido.

Es trágico terminar tus estudios tan solo para darte cuenta que por la calidad de tu formación no serás valorado por el mercado laboral. Es grave cuando se trata de educación superior; es aún más terrible cuando se trata de formación primaria y secundaria, donde aprendemos lo básico para ser ciudadanos responsables y miembros productivos de la sociedad.

En un post anterior propuse que dar mayor información sobre el desempeño laboral de los egresados de los centros de educación superior empoderaría a los postulantes a tomar mejores decisiones. De la misma forma, dar mayor información a los padres de familia sobre el desempeño académico de los colegios les permitiría tomar mejores decisiones sobre la educación de sus hijos.

Buenas intenciones, malas decisiones

Alonso siempre destacó en el colegio fiscal donde cursó sus estudios. Por once años sus padres durmieron tranquilos pensando que estaba recibiendo una educación de calidad. Sabían que no era el mejor colegio de Lima, pero no tenían razón para sospechar que Alonso —un alumno aplicado— no estaba aprendiendo lo mínimo para ingresar a una buena universidad o instituto, que es lo que él deseaba.

Cuando Alonso terminó sus estudios, se inscribió en una academia para ingresar a la universidad de sus sueños. Postuló una y otra vez. Se matriculó de nuevo en la academia. Trató de nuevo… y nada. Así pasaron más de dos años.

Los padres de Alonso se dieron cuenta que la formación que había recibido su hijo no era adecuada. Por suerte, el hermano de Alonso seguía en primaria y lo pudieron cambiar a un colegio privado con una buena reputación por resultados académicos. Lamentablemente, Alonso no puede retroceder el tiempo y estudiar nuevamente en un mejor colegio.

Con persistencia y dedicación, quizás Alonso pueda salir adelante, pero va a enfrentar un camino innecesariamente difícil. Sus padres querían tomar buena decisiones sobre su educación, pero no tenían la información necesaria. El Ministerio de Educación (Minedu) sí tiene esa información.

Evaluación Censal de Estudiantes

El Minedu sabe cuáles colegios tienen buen desempeño académico y cuáles no. A través de le Evaluación Censal de Estudiantes (ECE) miden los niveles de compresión lectora y matemática de los estudiantes de segundo grado de primaria. Los resultados de esta prueba estandarizada son públicos y se pueden consultar en esta página web, pero solo a nivel nacional, regional, y de UGEL. No costaría mucho esfuerzo incluir en esta página web los resultados a nivel colegio.

Si bien la ECE no es una medición perfecta ni exhaustiva, hubiera sido un indicador súper valioso para los padres de Alonso. No hubieran dormido tranquilos por once años mientras su hijo recibía una pésima educación. Hubieran podido cambiar a Alonso de colegio a tiempo o involucrarse más en la escuela para demandar que su hijo reciba una mejor educación.

Los resultados a nivel colegio también hubiesen ayudado a los padres de Andrea. Ellos hicieron esfuerzos sobrehumanos para pagar una educación privada para su hija sin saber que el colegio fiscal de su barrio era bastante mejor que el colegio ‘chicha’ donde estudiaba su hija.

Mayor competencia, mayor calidad

Hasta cierto punto, los padres intuyen cuáles son los mejores colegios. Algunos colegios fiscales tienen colas mucho más largas de padres esperando para inscribir a sus hijos a comienzo del año escolar. Pero si tenemos información estandarizada que los puede ayudar a tomar aún mejores decisiones, ¿por qué no ayudarlos?

Publicando la información de la ECE a nivel colegio obligaríamos a los colegios a competir para atraer a más postulantes. Los mejores colegios tendrían muchos postulantes y los peores tendrían que mejorar para poder competir. El Minedu o la entidad regional competente podría evaluar otras opciones de administración —Asociaciones Público Privadas, una nueva directiva— para los colegios con peor desempeño

Si bien hay lugares alejados donde los padres no tienen otras opciones para educar a sus hijos, en las grandes zonas urbanas los padres sí tienen alternativas. La proliferación de colegios privados de los últimos años les ha dado opciones. Y aún para las zonas donde no hay muchas opciones, es mejor saber que la calidad de la educación que está recibiendo tu hijo es mala en segundo grado (cuando puedes involucrarte en el colegio para que mejore) que cuando termina sus estudios.

Por supuesto, cómo se comunica esta información es clave. Debería ser parte de una campaña de sensibilización en la cual los padres entiendan los resultados y qué implican para la educación de sus hijos. Además, esta comunicación debería venir acompañada de una estrategia clara para manejar el descontento de los padres de familia de los peores colegios.

Teach for the test

El diablo, por supuesto, está en los detalles. La ECE es un indicador de calidad, no es una medida exhaustiva de ésta. Si le damos mucha importancia, los profesores y directores podrían enfocarse en mejorar sus resultados en esta prueba y descuidar la calidad de la educación en general. En Estados Unidos este fenómeno se denomina teach for the test —enseñar para el examen.

De poco sirve que una niña de segundo grado repase cómo tomar el examen de comprensión lectora en lugar de aprender a entender lo que lee. Hay que tener mucho cuidado en el diseño del examen y en los incentivos asociados a éste, tanto para los profesores como para los directores de colegios. Pero hasta con el mejor examen y los mejores incentivos, es probable que haya algún nivel de teach for the test.

Para contrarrestar el problema de teach for the test, quizás los resultados de la ECE se podrían complementar con otra información que sea menos manipulable. Por ejemplo, sobre las universidades e institutos donde estudian los egresados de cada colegio, o el sueldo promedio de sus egresados como parte de la página Ponte en Carrera.

Lo que queda claro es que ningún padre debería tener que esperar hasta la graduación de su hijo para darse cuenta que éste recibió una mala educación, especialmente si el proveedor es el Estado. Lo que le pasó a Alonso es una tragedia, y el Minedu tenía la información que sus padres necesitaban para evitarla.

Muchas veces describimos a ciertas universidades o institutos como “una estafa”. La razón es simple: después de años de estudio, los egresados se dan cuenta de que su diploma vale poco o nada en ojos de los empleadores de calidad. ¿Pero es esto realmente una estafa? ¿Cómo podemos lograr que los egresados no se decepcionen?

El casting de Cachín

En la popular película peruana Asu Mare, un inescrupuloso director de casting/profesor de actuación estafa al protagonista, Cachín. En respuesta a un anuncio en el diario, Cachín se presenta a un casting para ser el protagonista de una nueva película. El director le informa que parte del proceso de selección consiste en unas clases de actuación que, por supuesto, tienen un costo que debe cubrir el alumno. Después de varias clases (que le encantan), Cachín se gana el papel de protagonista. Sin embargo, cuando se presenta a la filmación, no encuentra a nadie. Sus clases de actuación eran una estafa.

En el mundo real, Juan se inscribe en la Universidad X o el Instituto Y. La publicidad del centro de estudios le promete el éxito profesional; la especialista del call center le promete un trabajo asegurado. Por años, Juan asiste a sus clases y se quema las pestañas estudiando. No es fácil pagar la mensualidad ni balancear las responsabilidades de los estudios y el trabajo, pero después de algunos años Juan se gradúa. El flamante egresado luego busca trabajo en empresas reconocidas, tan solo para enterarse que no contratan a gente de la Universidad X o el Instituto Y. Juan estuvo muy feliz con sus clases, pero hoy se siente estafado.

Cachín y Juan tienen mucho en común. Ambos estuvieron muy contentos con sus clases y sus centros de estudio mientras eran alumnos. No están decepcionados con la educación en sí, sino con el efecto de estos estudios en su vida profesional.

La gran diferencia entre ambos casos es que Cachín fue a un casting, no a estudiar una carrera. Si se hubiese inscrito en clases de actuación y después hubiese tenido poco éxito consiguiendo castings, Cachín y Juan estarían en la misma situación. La realidad es que Cachín pagó para participar en un casting ficticio; eso es una estafa. Juan pagó por horas de clase que sí recibió. El problema es que Juan pagó por esas clases para crecer profesionalmente, y no lo ha logrado. Por ello se siente estafado.

¿Cómo ayudamos a Juan?

Si bien Juan, en el sentido estricto de la palabra, no ha sido estafado, él y muchos jóvenes peruanos se sienten estafados por sus centros de estudios. Esto no sólo los impacta a ellos, sino también toda nuestra economía. Es ineficiente que nuestros jóvenes dediquen años y una porción considerable de sus ingresos o los de su familia en estudiar carreras que no los van a convertir trabajadores más productivos. Es peligroso políticamente tener una masa de jóvenes decepcionados y subempleados. Una fuerza laboral poco productiva limita la competitividad de nuestra economía.

Hay muchas estrategias para ayudar a estudiantes como Juan, pero se dividen en tres campos generales.

Esta solución es efectiva para remediar en algún grado la situación actual de jóvenes que no escogieron carreras o centros de estudios alineados con las necesidades del mercado laboral, pero no corrige el problema de raíz. El problema es que el mercado laboral no considera relevante su formación. Aunque los ayudemos a insertarse en él, sus CV siempre cargarán ese ‘pero’.

Esta opción suena muy atractiva, pero es difícil de ejecutar con excelencia. Los institutos peruanos han sido regulados muchísimo (demasiado, según el discurso del ministro de Educación, Jaime Saavedra, en la CADE por la Educación 2015), y no por ello todos tienen excelentes resultados en empleabilidad y en la calidad de la formación. Además, ¿realmente cerraríamos centros de estudios que no cumplan? El costo político es fuertísimo y el efecto inmediato en la vida de los estudiantes también.

Esta opción es la mejor. El problema raíz es una falla de mercado entre el mercado laboral y el mercado de educación superior causada por una asimetría de información. Los centros de estudios prometen éxito laboral sin información estadística en comparación con otros centros de estudios. El postulante no puede tomar decisiones acertadas.

Como mencionó el candidato presidencial Pedro Pablo Kuczynski en CADE por la Educación 2015, en Estados Unidos ciertas revistas elaboran rankings que ayudan a los postulantes a tomar mejores decisiones. Las universidades e institutos en el Perú todavía no proporcionan suficiente información para elaborar rankings confiables. Sin embargo, el observatorio laboral Ponte en Carrera –una iniciativa del Ministerio de Trabajo, el Ministerio de Educación, e IPAE Acción Empresarial– pronto ayudará a los postulantes peruanos a tomar mejores decisiones.

Más información, mejores decisiones, menos ‘estafados’

Cachín la pasó mal después de ser estafado. Esta dura decepción lo impulsó a rodearse con personajes dudosos y a consumir sustancias peligrosas. Aunque ofrecer educación que no es valorada por el mercado laboral no es estrictamente una estafa, me imagino que los egresados de estos centros de estudios también la pasan mal. Quizás esta frustración les quite motivación en el trabajo, quizás cause problemas familiares. Al final, todos nos vemos afectados por una fuerza laboral menos competitiva.

Con mucho trabajo, Cachín logró salir adelante y se convirtió en el artista exitoso que tanta alegría nos ha compartido. No lo logró estudiando para ser ingeniero en una universidad de prestigio sino aprendiendo a ser clown. No tengo la data exacta, pero me atrevo a afirmar que los talleres de clown no tienen las estadísticas de empleabilidad más competitivas del Perú. No por ello deja de ser una opción válida, al igual que filología rumana, o ingeniería aeroespacial. Como la demanda laboral para estas carreras es baja, probablemente sea un camino más difícil. Sin embargo, si es su pasión, puede que los egresados logren ser exitosos laboralmente.

No limitemos las opciones de los jóvenes sobrerregulando dónde y qué pueden estudiar. Démosles información para que tomen buenas decisiones. Con Ponte en Carrera estamos en buen camino.

La educación superior en el Perú tiene graves problemas sistémicos. Lo confirma un reciente estudio del BID y la OIT sobre la educación superior en el Perú, pero ya todos lo sospechábamos. Por suerte, el MINEDU hoy está atacando las debilidades identificadas por este estudio a través de varios programas. Pero, ¿cómo están enfrentando estos retos los propios usuarios del sistema, los estudiantes? ¿Qué podemos aprender de los estudiantes más exitosos para reformar el sistema de forma más efectiva?

 

Estamos jalados

Es difícil no deprimirse con el informe del BID. Afirman que los jóvenes peruanos hoy salen de universidades e institutos sin las habilidades necesarias para conseguir un buen empleo. Es un reto abrumante, que además no es exclusivo al Perú. Esta desconexión entre la educación y el mercado laboral es un reto a nivel mundial según un estudio de la consultora McKinsey&Co.

El estudio del BID incluye una hoja de ruta a corto y mediano plazo que conversa mucho con los esfuerzos actuales del MINEDU y de varias instituciones educativas. Sin embargo, queda claro que estamos lejos del sistema de educación superior que necesitamos para que nuestros talentos y empresas puedan llegar a su máximo potencial.

¿Dónde deja eso al usuario? ¿Qué se supone que haga el estudiante mientras otros reforman a su universidad o a todo el sistema? ¿Qué se supone que haga la empresa que necesita y no encuentra talento calificado?

 

Artemias vietnamitas

En 1990, Jerry Sternin de la ONG Save the Children logró resultados extraordinarios en la lucha contra la desnutrición infantil rural en Vietnam. Su estrategia fue buscar desviaciones positivas – niños que con las mismas limitaciones y recursos que los demás estaban mejor nutridos. Conversando con las madres de éstos, Sternin descubrió su receta del éxito.

No fue difícil enseñar estas técnicas a las otras madres y replicar su éxito en otros hogares. Los ingredientes extra que usaban eran relativamente baratos en Vietnam, e implementar estos cambios es sencillo.

En su libro Switch: How to Change Things When Change is Hard, los hermanos Chip y Dan Heath denominan estas prácticas exitosas de los propios usuarios como bright spots – puntos brillantes. Ellos recomiendan identificar los puntos brillantes y educar a otros usuarios para que repliquen sus técnicas. Esta estrategia tiene límites: las artemias vietnamitas no solucionaron totalmente el problema de desnutrición infantil en Vietnam, pero sí mejoraron rápidamente la calidad de vida de muchos niños de una forma sencilla y sostenible.

 

Puntos brillantes peruanos

Hace unos meses escribí un post en el que describía la educación superior en el Perú como una ‘Trampa-22’ – una situación difícil cuya solución está negada por las propias circunstancias del problema. Muchos estudiantes peruanos no tienen el dinero para pagar una buena educación, pero no pueden conseguir el dinero porque no tienen las competencias para conseguir un buen empleo. Rolando, un amigo de Enseña Perú, lo compartió en el wall de un amigo suyo acompañado por una frase increíble: “Rompimos la Trampa-22”.

Muchos estudiantes de universidades e institutos en el Perú tienen todo en contra. No tienen dinero para financiar sus estudios. Sus carreras no les brindan las competencias que necesitan para conseguir un buen trabajo y crecer dentro de una empresa. Muchos terminan dejando sus estudios. Algunos sin embargo, teniendo las mismas limitaciones, logran completar sus estudios y conseguir un buen trabajo. ¿Qué hacen ellos que no están haciendo los demás estudiantes? ¿Qué hizo Rolando para romper la Trampa-22?

Por mi trabajo en Empleabilidad para un centro educativo, cada vez conozco a más puntos brillantes – estudiantes que superaron sus limitaciones, las de su centro de estudio, y de nuestro sistema educativo. Me hablan de perseverancia, de rodearse con gente con metas similares, de no dejar pasar oportunidades, de buena actitud. Todavía no encuentro “la artemia peruana,” pero recién estoy comenzando. Quizás alguien más ya ha identificado un hilo conductor entre las historias de estudiantes exitosos.

Reformar nuestro sistema de educación superior para que realmente prepare a los estudiantes para ser profesionales de éxito va a ser un reto largo y difícil. Como en el caso de la desnutrición en Vietnam, quizás estos casos de éxito pueden iluminar el camino para lograr un cambio significativo y sostenible. Por mientras, los actuales estudiantes igual pueden conseguir excelentes resultados – aunque no será fácil – imitando las estrategias de los estudiantes exitosos.

Contar con estudios superiores, truncos o concluidos. Encontré esa frase una y otra vez en los requerimientos que nos envían las empresas para la bolsa laboral de IPAE Escuela de Empresarios. No debería sorprenderme en un país donde 3 de cada 10 alumnos se retiran entre el segundo y sexto mes de sus estudios universitarios, pero me sorprende muchísimo.

Para los que trabajamos en educación superior, el ideal es que todos los alumnos que ingresen y se dediquen a sus estudios logren graduarse. Monitoreamos la deserción constantemente. Un alumno con estudios truncos es una persona a la que no hemos terminado de formar, y que por ello no será tan valorada por el mercado laboral. Un profesional con estudios truncos gana más que un egresado de secundaria, pero por lo menos en el caso de institutos tecnológicos, 30% menos que un egresado (Enaho-INEI 2013).

¿Por qué entonces las empresas buscan profesionales con estudios truncos? ¿Hay algo que el mercado laboral ha entendido y la academia no? ¿Cuánto valen realmente los estudios truncos en el mercado laboral?

Todo o nada

‘Trunco’ es una palabra negativa. Significa incompleto, mutilado. Dos carreras truncas no suman una completa. No hay diploma ni ceremonia de graduación para el alumno que completó toda su carrera menos un curso. La educación superior es esencialmente un paquete de horas de clases y es necesario completarlas todas satisfactoriamente para conseguir un diploma. A través de un diploma, el centro de estudios certifica que sabes algo sobre tu carrera y que por ello eres un profesional valioso.

Pero ¿por qué tenemos que estudiar una cantidad predeterminada de horas para ser un bachiller? ¿Por qué medimos la educación en término de horas? ¿Por qué para conseguir un diploma tenemos que comprar todo el paquete –la carrera– y no podemos estudiar la misma cantidad de horas en cursos libres?

Arquitectos de su propia formación

Clayton Christensen, un reconocido profesor de Harvard Business School, se hace las mismas preguntas en un reciente estudio titulado “Hire education”. Afirma que medimos la educación en término de horas lectivas porque es fácil de administrar, pero no necesariamente garantiza que tenemos las competencias para ser profesionales exitosos.

Christensen propone dividir la educación en módulos de competencias apilables que podemos estudiar en distintos momentos de nuestras vidas. En lugar de estudiar toda la carrera en cinco años consecutivos, el alumno estudiaría distintos módulos según sus necesidades y los requerimientos del mercado laboral. El estudiante que conoce más sus intereses y está más cerca del mercado laboral  sería el arquitecto de su propia formación, no los especialistas de diseño curricular.

El problema con esta propuesta es que el alumno no sabe lo que tiene que saber, precisamente porque todavía no es experto en el tema que quiere aprender. Por ello confiamos en carreras diseñadas por especialistas. Pero esta confianza se está quebrando. Un estudio global de la consultora McKinsey&Company señala que los académicos confían en la calidad de la formación de sus estudiantes, pero tanto los empleadores como los propios alumnos afirman que los egresados no tienen las competencias que necesitan para destacar en el trabajo.

La academia no sabe, o no puede incorporar en sus carreras suficientemente rápido las competencia que necesitan los alumnos para destacar en el mercado laboral. Por ello propuestas como las de Christensen y el Knowmad Society, quienes promueven que el estudiante diseñe su propia formación, son cada vez más populares.

Sistemáticamente truncos

Como empleador es más fácil evaluar a candidatos con carreras concluidas. En lugar de informarse sobre muchos cursos, los empleadores investigan solamente sobre unos cuantos paquetes prediseñados. Forman generalizaciones sobre las carreras y universidades por los egresados que ya conocen. Y así pueden afirmar que necesitan un comunicador de la de Lima o un economista de la Pacífico.

El problema es que muchos peruanos no pueden dedicar tantos años consecutivos a estudiar. Al costo del ciclo se suma el costo de oportunidad del tiempo dedicado al estudio. Entonces muchos deciden trabajar y estudiar de forma intermitente. El resultado son estudios largos y un menor rendimiento a la inversión en educación. El estudiante tiene que esperar más años para recibir un sueldo de egresado.

¿Todo o nada?

Posiblemente los empleadores busquen a profesionales con estudios truncos porque dados el costo y la rigidez del currículo de la educación superior en el Perú es muy difícil para un estudiante terminar una carrera. Posiblemente simplemente les guste el perfil porque son más baratos que los egresados. En cualquier caso es bueno saber que los miles de peruanos con estudios truncos sí son valorados (hasta cierto punto) por el mercado laboral.

¿Cómo podemos cambiar el modelo de negocios de las universidades y los institutos para alinearnos más con las necesidades de los estudiantes y los requerimientos de los empleadores? ¿Podemos crear paquetes menos rígidos? ¿La ley nos lo permitiría? ¿Algún día los estudiantes peruanos podrán ser los arquitectos de su propia formación?

Estudiar un idioma es como recolectar stickers para ganarte una maleta en el supermercado. Es divertido recolectar los stickers y pegarlos de forma ordenada en el papel de la promoción. Es emocionante ver tu progreso cada vez que vas al supermercado, sentir que te acercas cada vez más al cuadrado número 100 y a la ansiada maleta. A veces hasta es un tema relativamente interesante para comentar con tus amigos y conocidos. Pero la verdad es que tener 99 stickers no sirve de mucho. Necesitas 100 para conseguir la maleta.

¿Qué pasa chi no hablo nada?

Cuando estaba en la universidad empecé a estudiar chino mandarín. Me gustaba contar la cantidad de caracteres que aprendía. Me emocionaba terminar un libro de ejercicios y empezar el siguiente. Fue lo máximo dejar los libros de principiante y empezar con mi libro de chino mandarín nivel intermedio.

Pero después de seis meses en China y dos años de clases particulares, con las justas puedo tener conversaciones básicas en mandarín. Tantos años de esfuerzo y dedicación se han reducido a una curiosidad, a un dato interesante que comento a veces en reuniones con amigos o en entrevistas de trabajo. No puedo comunicarme bien en chino. Nunca llegué a recolectar suficientes stickers para ganar una maleta.

“Los primeros diez años estudiando chino son los más difíciles”, me dijo uno de mis profesores. De haberlo sabido antes, probablemente no hubiera empezado a estudiar mandarín. Es demasiado tiempo, es demasiado esfuerzo, y hay demasiadas otras cosas que quiero aprender.

Pensar antes de estudiar

Estudiar idiomas es divertido y tiene beneficios cognitivos más allá de la posibilidad de comunicarte en otro idioma. Algunos estudios señalan que ser bilingüe mejora las funciones ejecutivas y la memoria en niños, y que puede contribuir a aplazar el comienzo del alzheimer. Sin embargo, no tenemos todo el tiempo del mundo. Hay muchas cosas que podríamos aprender que también nos gustarían y nos ayudarían a diferenciarnos en el mercado laboral.

Cuando decidimos empezar a estudiar un idioma debemos tener claro:

En mi caso particular, el mandarín podría servirme mucho. La China es hoy una de las economías más trascendentales del mundo, y uno de nuestros socios comerciales más importantes. Aunque muchos chinos saben inglés, como casi todas las personas, son mucho más simpáticos cuando les hablas en su idioma.

El problema es que el mandarín es uno de los idiomas más difíciles de aprender. El Instituto de Servicio Extranjero ha desarrollado un ranking de dificultad para aprender distintos idiomas. Está basado en el inglés, pero dada la similitud entre ambos idiomas, es útil también para los hispanohablantes. El chino mandarín está en la quinta categoría – los idiomas que son excepcionalmente difíciles para los angloparlantes. Hoy estudio portugués, que está en la primera categoría –idiomas muy relacionados al inglés–. En menos de dos años, ya leo libros en portugués y me comunico relativamente bien.

To learn or to learn

La excepción a la regla es el inglés. Aprender inglés ya no es una opción; es necesario. En su libro Usted S.A., Inés Temple define el dominio del inglés (y la tecnología) como uno de los tres elementos claves paras ser competentes y competitivos en el mercado laboral. Hasta el economista Bryan Caplan, de la Universidad de George Mason, quien señala en un artículo que aprender idiomas es un gasto de tiempo, menciona que el inglés es necesario para conseguir buenos trabajos, conocer gente interesante y disfrutar de cultura.

Por ello me gustó leer una entrevista en la que el ministro de Educación, Jaime Saavedra, señaló que nuestros estudiantes deben ser ciudadanos del mundo, y para ello deben hablar inglés. No puedo estar más de acuerdo. Pero si queremos que nuestros estudiantes sean bilingües, tenemos que desarrollar también políticas para que nuestros alumnos no pasen años estudiando inglés para luego no poder comunicarse. Tenemos que motivarlos para que sigan estudiando hasta ser bilingües.

Además del excelente trabajo que ya está haciendo el Minedu con docentes, tenemos que mirar a las organizaciones que están cuestionando el modelo tradicional de la enseñanza de idiomas al ofrecer un servicio distinto y más barato, es decir, una innovación disruptiva. Estas organizaciones pueden ser nuestros aliados y/o nuestra inspiración para definir y ejecutar una política de enseñanza de inglés efectiva. A lo menos pueden ser una herramienta para complementar y dar continuidad a nuestro aprendizaje y el de nuestros alumnos.

Duolingo para ser bilingüe

Podemos aprender mucho de Duolingo, una aplicación gratis para aprender idiomas desde tu smartphone. Es mejor estudiar con un profesor, pero muchos no tenemos el tiempo ni el dinero para asistir a clases presenciales. Duolingo es gratis: se financia a través de las traducciones que hacen sus usuarios mientras practican. Además, esta aplicación incorpora gamification. Es decir, adopta los conceptos que hacen tan adictivos a los videojuegos para motivarte a seguir estudiando. Servicios online como Open English también nos podrían dar pistas sobre cómo diseñar un programa de idiomas extranjeros sostenible y eficiente.

Adicionalmente debemos buscar formas más baratas de certificar el dominio de idiomas. Parte importante de la motivación para estudiar es poder sustentar este aprendizaje frente a un empleador o institución académica. El TOEFL hoy cuesta US$200, y sólo se ofrece en cuatro ciudades de nuestro país. Para los alumnos que no viven en estas ciudades, se suma el costo de hospedaje y transporte. Duolingo ofrece un examen online de inglés monitoreado remotamente por un profesor que sólo cuesta US$20.

Del dicho al hecho… easier said than done

Juan Lizárraga, director comercial de Manpower Group Perú, afirmó en una reciente entrevista que el inglés intermedio ya no es suficiente. Para comunicarse con consumidores y empresas de otros países, los profesionales peruanos tienen que saber inglés avanzado. Estoy segura de que podemos lograr que los niños que hoy empiezan a estudiar inglés no formen parte de la ruma de CV que los reclutadores descartan porque sólo saben inglés intermedio. Pero no va a ser fácil. Debemos preguntarnos:

Al fin y al cabo, ¿cómo logramos que nuestros alumnos recolecten suficientes stickers para ganarse una maleta?

Me enorgullece tremendamente que Centrum Católica haya obtenido el puesto 52 en el prestigioso ranking de los Executive MBAs de la revista internacional Financial Times. No sólo porque esto indica que hoy podemos acceder a educación de primer nivel en el Perú, sino porque mencionar rankings internacionales de este tipo es elevar la conversación sobre educación superior.

Una decisión importante

‘Comprar’ educación superior no es lo mismo que comprar un departamento, o menos aún un detergente. Es una inversión en tu propio capital humano, tu futuro laboral y tu desarrollo personal. De cierta forma, las universidades e institutos no nos venden horas lectivas sino la promesa de un mejor futuro, de lograr ser una mejor versión de nosotros. Nuestra universidad o instituto se convierte en parte de nuestra identidad y nuestra marca personal. No en vano hablamos sobre nuestro centro de estudios como nuestra ‘alma máter’, que en latín significa ‘madre que nutre’.

La escritora Kathryn Schulz menciona en un Ted Talk que el arrepentimiento más común de las personas es, por lejos, alguna decisión relacionada a educación. 33% de todos nuestros arrepentimientos están ligados a educación. Nos hubiese gustado estudiar más, aprovechar más nuestras clases, haber estudiado otra cosa…

Las decisiones sobre educación son importantes porque están ligadas a nuestro futuro y a nuestra identidad. Hay pocas decisiones de la vida que tienen tanta importancia a nivel personal y profesional.

Una decisión difícil

Por definición no estamos completamente capacitados para tomar ciertas decisiones sobre nuestra propia educación, como nuestra elección de carrera o centro de estudios. Si yo quiero estudiar un bachiller en economía, por ejemplo, lo más probable es que yo no tenga mayores conocimientos sobre el tema. Por ello es difícil para mí evaluar la calidad de una malla curricular.

Además, si como muchos peruanos vemos la educación como un camino para conseguir un mejor trabajo, entonces la evaluación realmente relevante es la de futuros empleados. ¿En la universidad me van a enseñar lo que necesito saber para destacar en un futuro trabajo? ¿Los empleadores consideran que mi universidad forma a buenos profesionales?

Y si vemos la educación como una inversión en capital humano, ¿cómo calculamos el retorno sobre la inversión? No sólo debemos tomar en cuenta el costo de los estudios, sino también el costo de oportunidad de tener menos tiempo para trabajar mientras estudiamos, la cantidad de años que nos tomará estudiar (que en el Perú muchas veces es mayor a lo que teóricamente dura la carrera), y quizás también la cantidad de meses y dinero que invertimos en estudiar para exámenes de ingreso.

Necesitamos información imparcial de calidad para tomar decisiones acertadas sobre nuestra educación. Los centros de estudio, sus estudiantes y egresados, y potenciales empleadores nos pueden proporcionar información relevante. Sin embargo, no todos los postulantes tienen acceso a estos grupos.

Incluso si los postulantes pueden acceder a esta información, es difícil para ellos evaluar la calidad de ésta, especialmente tomando en cuenta los sesgos de los centros de estudios –que evidentemente comunican información favorable sobre sus programas– y sus estudiantes y egresados, que probablemente tengan opiniones favorables sobre la universidad, ya que está ligada a su propia formación y valor en el mercado laboral.

Rankings: información para tomar mejores decisiones

Las decisiones sobre educación son importantes y son difíciles; por ello los rankings son tan importantes. Son una herramienta que puede darnos una idea general sobre cómo se comparan distintos centros de estudios y carreras. Los rankings serios están basados en data cuantificable, e involucran a un grupo grande de stakeholders. Tienen menor sesgo que la información que te puede dar la universidad o instituto. Obligan a los centros de estudios que participan a revelar información, aunque sea desfavorable.

No son perfectos. Los variables y los pesos de cada variable no necesariamente están alineados con las preferencias de los postulantes. Pero las metodologías que emplean los rankings internacionales serios (Businessweek, The Economist, Financial Times, por ejemplo) son muy fáciles de encontrar en sus páginas web. Como postulante puedes decidir cuál es más relevante para ti. O puedes revisarlos todos y así tener una visión más balanceada. Los rankings te dan una idea general basada en información confiable.

¿Rankings peruanos?

No hay muchos rankings de educación superior en el Perú. Por ello me apenó mucho cuando leí un post en la utero.pe que criticaba duramente al ranking de universidades peruanas de América Economía. El autor alega que usar esta información para marketear un centro de estudios no es correcto porque sólo figuran 14 de las 140 universidades peruanas. Hoy este ranking no incluye una muestra significativa, pero usar rankings para marketear a una universidad es una muy buena práctica que debemos promover.

Como menciona un post en lamula.pe, el ranking de América Economía sólo incluía a 14 universidades porque “a diferencia de sus pares chilenos y mexicanos, donde también se realizó un ranking similar, el sistema universitario peruano se resiste a producir y ofrecer más y mejores datos sobre su gestión”.

Participar en rankings es una señal muy positiva; demuestra transparencia y confianza en tus resultados. No participar en rankings manda una señal negativa al mercado; no soy transparente, no confío en mis resultados. Como concluye lamula.pe, es posible que las “universidades no brinden información para no quedar mal en el ranking”.

Por eso como usuarios de educación deberíamos promover que los centros de estudios colaboren con los rankings. Deberíamos considerar los rankings cuando tomamos decisiones sobre educación, y deberíamos sospechar un poco de las universidades o institutos que no participen en los rankings. Puede ser que sea simplemente falta de costumbre, pero puede ser también que no participen en los rankings porque no tienen confianza en sus propios resultados. El ranking de América Economía no es perfecto, pero es un comienzo.

Por eso felicito a la PUCP por los excelentes resultados en el ranking de Executive MBAs de Financial Times a nivel mundial (52) y de América Economía a nivel local (1). Pero más que nada, los felicito por la valentía y transparencia de someterse a los rigurosos procesos de los rankings. Me encantó escuchar por la radio que mencionen a los rankings en su publicidad. Los más beneficiados serán los postulantes.

El 2014 ha cerrado con dos historias contrastantes sobre universidades peruanas. Por un lado, la Universidad de Ciencias Aplicadas (UPC) fue duramente criticada por requerir que sus alumnos compren iPads como una herramienta de aprendizaje. Por otro lado, la Universidad de Ingeniería y Tecnología (UTEC) inauguró su nueva sede en Barranco. En la ceremonia y en los medios se resaltaron las oportunidades que esta universidad brindará a los alumnos más talentosos –tengan o no los medios económicos para pagar la universidad–.

Nos indigna cuando sentimos que el dinero es una barrera para acceder a una educación de calidad y, a través de ella, a un mejor futuro. La educación debería ser un trampolín para conseguir más y mejores oportunidades sin importar la posición económica de nuestros padres. Pero si queremos que la capacidad de pago de los alumnos no sea una barrera, ¿cómo financiar educación superior de calidad?

No iPlata

Para muchos jóvenes, la educación superior en el Perú es una ‘Trampa-22‘. En este célebre libro del escritor Joseph Heller, un capitán del ejército estadounidense en la Segunda Guerra Mundial, trata de evadir un vuelo de combate argumentando que está loco. Pero según las reglas implícitas del ejército, sólo un loco querría combatir. Por lo cual, alegando locura para evitar volar, el capitán demuestra su cordura y debe volar. Se denomina una Trampa-22 (Catch-22 en inglés) a situaciones problemáticas cuyas soluciones son negadas por las circunstancias del problema, o por alguna regla relacionada a ésta.

Un estudiante brillante pero con pocos recursos no puede pagar su universidad o instituto porque no tiene suficientes ingresos. No puede acceder a mejores oportunidades laborales porque no tiene un diploma de educación superior. Cuando logra conseguir suficiente dinero para estudiar un ciclo, tiene menos tiempo para trabajar, con lo cual es más difícil pagar el siguiente ciclo. Una auténtica Trampa-22.

Por ello se puede entender la indignación de los jóvenes al requerimiento de uso de iPads en la UPC. Aunque esta tecnología ofrece muchas posibilidades para enriquecer el aprendizaje, implica un pago adicional de alrededor de S/.1,000 (o más, dependiendo del modelo, las ofertas, la tienda). Las reacciones en redes sociales fueron demasiado duras, especialmente tomando en cuenta que la universidad rápidamente hizo cambios en el requerimiento. Lo que sucede es que para un alumno que a duras penas logra pagar su mensualidad, este pago adicional para adquirir tecnología de lujo se siente como una cachetada a su esfuerzo y dedicación.

Dada la deficiente calidad de la educación escolar pública en el Perú, la posición económica de nuestros padres ya es una barrera significativa para poder acceder a una educación superior de calidad. Si no hemos aprendido lo esperado en el colegio por la baja calidad de instrucción en nuestra escuela, difícilmente podremos aprobar los exámenes de ingreso o los primeros cursos de la educación superior. Los que aun con todas estas limitaciones logran por su inteligencia y esfuerzo ingresar a institutos o universidades prestigiosos, deberían tener la oportunidad de estudiar.

Rompiendo la Trampa-22

En una reciente entrevista para La República, Eduardo Hoschschild dijo sobre UTEC: “El hecho de no tener plata ya no es una excusa para no estudiar, y quien se gradúe tendrá trabajo. Y buenos trabajos”. El primer puesto del examen de admisión de la UTEC –añade Hochschild– lo consiguió un joven del Colegio Mayor. Dada su situación económica, no sólo va a recibir un crédito educativo por parte de la universidad, sino que también recibirá apoyo económico del propio Eduardo Hochschild. De otra forma el joven no hubiese podido estudiar –no podía ni pagar su pasaje–.

Historias como éstas nos inspiran, nos muestran que la educación superior en nuestro país puede ser una fuente de ascenso social, una real meritocracia. El crédito educativo que recibió este joven en UTEC es una forma de pagar su educación actual con los ingresos a los que accederá debido a estos estudios –una forma de romper la Trampa-22–.

Quizás el ejemplo más exitoso en el Perú sea el crédito educativo de TecsupP, instituto asociado a UTEC, que desde 1985 ofrece a jóvenes un crédito que cubre hasta 100% de sus pensiones y matrículas. El pago del crédito está indexado al costo de la enseñanza en el momento del pago. Sorprendentemente 95% de los créditos son recuperados.

La empresa social Lumni invierte en talento humano de estudiantes en muchos institutos y universidades en nuestro país, entre ellas la UPC. Lumni actúa como un private equity de capital humano. El repago al fondo por parte de los estudiantes, luego de la inversión, no está en función de pagar una deuda o crédito, sino en devolver al fondo un porcentaje fijo de sus ingresos futuros (entre el 10% y 15%), ganen lo que ganen, durante una cantidad determinada de meses basada en  los meses de inversión.

Pero para que la inversión en talento humano sea sostenible, debe ser sustentada por resultados en empleabilidad. Tecsup ha podido ofrecer créditos educativos por tantos años en gran parte porque sus egresados acceden rápidamente a trabajos bien remunerados. Según el informe “La situación del mercado laboral de los egresados de Tecsup, 2014”, el sueldo mensual promedio de los egresados de esta escuela está por encima de S/.3,200 y la ocupabilidad en Lima y Arequipa por encima del 90%.

En Lumni algunas carreras significan mejores oportunidades que otras –aun cuando las dos se cursen en la misma universidad– simplemente porque algunas carreras abren las puertas a trabajos mejor remunerados. Algunas universidades e institutos son más reconocidos por el mercado laboral, y por ello sus alumnos tendrán mejores oportunidades cuando trabajen con Lumni.

Pero quizás el mayor problema para los créditos educativos o vehículos de financiación similares sea la tasa de deserción en educación superior. En el Perú esta cifra representa el 57% de los ingresantes (Proyecto Alfa de la Unión Europea, 2009). Lumni, por ejemplo, no ofrece financiación en los primeros ciclos dado que el riesgo de deserción –y, por lo tanto, de conseguir un retorno bajo o nulo a la inversión– es muy alto.

Todavía no vivimos en un país donde todos podamos acceder a una educación superior de calidad. Sin la ayuda de Hochschild, aún con un crédito educativo el primer puesto del examen de ingreso UTEC todavía se encontraría en una Trampa-22 porque no podría pagar su pasaje. Sin embargo, con los créditos educativos que ofrecen universidades, institutos, empresas sociales y ONG, nos estamos acercando al sueño de la educación como una fuente de movilidad social para los más talentosos y trabajadores. En el 2015, trabajemos en esa dirección.

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