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Cuestionar para educar Por Lucía Benavides

‘No trabajan en lo que estudiaron’. Es una crítica muy común a nuestro sistema de educación superior. Cuando se refiere al subempleo, como cuando un contador se desempeña como taxista, me sumo a las voces críticas. La educación superior nos debe abrir puertas nuevas, acceso a trabajos que difícilmente podríamos haber conseguido sin nuestros diplomas y nuevos conocimientos. ¿Pero qué hay de malo con un abogado que decide trabajar como asesor financiero?

De niños nos preguntan qué queremos ser cuando seamos grandes. De adultos llenamos formularios que nos piden especificar nuestra profesión. En ambos casos, como sociedad demandamos respuestas cortas y excluyentes. No podemos ser ingeniero, artista y periodista. De niños, con mucho cariño, nos explican que no se puede hacer todo en la vida y que en el futuro tendremos que escoger. De adultos, el tamaño de la casilla de ‘profesión’ de los formularios repite con menos cariño el mismo mensaje.

No hay nada de malo con la especialización. Si sabes exactamente lo que quieres, es eficiente enfocar tus estudios y tu carrera profesional en ese tema específico. Pero no todos somos así. ¿Qué pasa con los que estudiaron algo y por cosas de la vida terminaron trabajando en otra cosa? ¿Qué pasa con los que estudian y trabajan en muchas cosas distintas? ¿Por gusto estudiaron?

Patricia del Río, de lingüista a periodista

Patricia del Río no trabaja en lo que estudió. En una ponencia en CADE Universitario 2015 contó que hace algunos años estaba convencida de que lo suyo era la lingüística y su plan profesional era ejercer como académica. De pronto se dio cuenta de que por razones externas no iba a poder seguir creciendo en el camino profesional que ella había escogido. De la noche a la mañana se encontró frente a un career shift (un cambio de rumbo sustancial en su carrera).

Llegó al periodismo por coincidencia y por muchos años siguió escribiendo ‘lingüista’ en la casilla de profesión de los formularios de Migraciones. Pareciera que tantos años de estudios generales y lingüística fueron un gasto de tiempo. En estricto, hubiese sido más eficiente que Patricia estudiara periodismo desde un principio.

Sin embargo –como mencionó la propia Patricia–, lo que la ayudó a destacar en el comienzo de su carrera como periodista fue precisamente la curiosidad y rigurosidad académica que había aprendido en sus estudios y su posterior trabajo como profesora universitaria. Le encargaban artículos sencillos y ella los convertía en investigaciones dignas de la portada de la revista.

¿Sería Patricia tan exitosa si hubiese estudiado periodismo desde un principio? No sé, pero definitivamente sería una profesional muy diferente. Aunque hoy escribe ‘periodista’ en los formularios, la verdad es que cuando ella ejerce su profesión no puede dejar de lado a la lingüista, la profesora, y todas las experiencias laborales, personales o académicas que ha vivido. Estos aprendizajes enriquecen su labor como periodista. Los años que Patricia dedicó a la lingüística y la enseñanza no fueron en vano. No importa que no trabaje en lo que estudió.

¿Qué implica esto para la educación superior?

Si los egresados no necesariamente van a trabajar en lo que estudian y todo aprendizaje puede ser útil, ¿pueden entonces las universidades e institutos diseñar carreras sin importar lo que demanda el mercado laboral? Es decisión de cada institución, pero no deberían.

En este blog he argumentado en repetidas ocasiones que la educación superior nos debería preparar para lo que necesita el mercado laboral. Es especialmente importante en el caso de estudiantes con problemas económicos –quienes en su mayoría necesitan insertarse en el mercado laboral rápidamente y conseguir una mejor remuneración para solventar sus gastos–, pero es relevante para todos.

La gran mayoría de alumnos de universidades e institutos estudia para acceder a un mejor futuro, no sólo para aprender. Este mejor futuro es la promesa implícita de la educación superior. Por ello, parte importante del trabajo de las universidades e institutos es asegurar que sus egresados y estudiantes sean valiosos para los empleadores, sean éstos una gran corporación que contrata administradores o una universidad que busca filósofos para dictar cursos.

Lo que importa es que los egresados estén adecuadamente preparados para ser profesionales exitosos, no que ejerzan su carrera. Ellos deben poder conseguir un buen trabajo relacionado a sus carreras, pero si deciden seguir otro camino profesional porque descubren otros intereses o se adaptan a cambios en el mercado laboral, ¿qué tiene de malo? La universidad o el instituto cumplió con abrirles nuevas puertas, pero no puede ni debe obligarlos a seguir un camino específico.

Sería más eficiente que los egresados trabajen en lo que estudiaron. Sí, pero al fin y al cabo es decisión de ellos. No debemos medir a las universidades o institutos ni a nuestro sistema de educación superior con esta métrica.

Y para los abogados sentados frente a un Excel, los ingenieros en terno y los profesores de oficina: quédense tranquilos, que no estudiaron en vano. Todo lo que han aprendido, tanto en su vida académica como en su experiencia laboral y personal, enriquece su actual desempeño profesional. Nadie te quita lo vivido, nadie te quita lo aprendido.