Texto de prueba
MARZO 20, 2014
Realizado por: Matias Cardona

Creo profundamente en la capacidad de los seres humanos para ser cada vez mejores. Todos los años que he trabajado en educación me han convencido aún más de que importan menos las capacidades innatas y más las ganas de seguir creciendo. Quizás por ello todos los fines de año me sumo a la locura colectiva de establecer metas importantes para el próximo año, las muy cliché pero potencialmente valiosas resoluciones de año nuevo.

Comparto con ustedes dos ideas que me ayudaron a cumplir mis metas en el 2016: los hábitos de Aristóteles y el esfuerzo de la psicóloga Carol Dweck. ¡Espero que les sean útiles!

Hábitos

Recuerdo la clase universitaria de introducción a la filosofía en la cual descubrí la ética de Aristóteles y, particularmente, sus ideas sobre los hábitos. Toda mi vida había pensado que el carácter era un tema innato o a lo mejor, algo que se formaba en la infancia. Aristóteles —o, por lo menos, la interpretación de sus pensamientos que yo recuerdo de esa clase— dice que nuestro carácter está determinado por nuestros hábitos, y nuestros hábitos se basan en nuestras decisiones. Es decir, los hábitos comienzan en algún momento por decisiones más o menos conscientes que demandan mucho esfuerzo. Después de mucha repetición, estos comportamientos se vuelven más naturales. Demandan menos esfuerzo y pasan a formar parte de nuestro carácter.

Esta idea tiene tres implicancias importantes con relación a nuestras metas de desarrollo personal. La primera es que podemos formar nuestro propio carácter. De la misma manera que somos deportistas porque practicamos deportes a menudo, somos empáticos porque constantemente nos ponemos en los zapatos de otras personas, somos puntuales porque llegamos a tiempo. Suena evidente que somos lo que hacemos, pero usualmente hablamos sobre muchos atributos personales como incambiables. Les enseñamos disciplina, orden, y otras virtudes a nuestros hijos; podemos también potenciar estos atributos en nosotros mismos.

La segunda es que las pequeñas decisiones de todos los días son muy importantes. Si tus hábitos determinan tu carácter, entonces es importante analizar tus hábitos actuales y los que quieres desarrollar. ¿A qué le dedicas tiempo todos los días? ¿Qué caracteriza tus interacciones con otras personas? ¿Cómo te comportas? Estas pequeñas decisiones tienen un mayor impacto en nuestras vidas que muchas de las grandes decisiones que tanto nos preocupan. Es más importante, por ejemplo, cómo abordas tu vida universitaria, cómo y cuánto estudias, cómo te relacionas con tus compañeros, etc. que la carrera que decides estudiar.

La tercera es que lo que inicialmente es muy difícil se volverá más fácil porque se convertirá en parte de tu carácter. Tus acciones, repetidas por mucho tiempo, te cambian. La cantidad de tiempo y esfuerzo que esto demanda depende de muchos factores – la magnitud del cambio, la intensidad y periodicidad de las repeticiones, etc. Quizás sean meses, quizás años. Sin embargo, la idea de poder cambiar tu carácter a través de tus acciones —aunque sean solo algunos atributos y demande muchísimo tiempo y esfuerzo— es muy poderosa.

Esfuerzo

Cuando estaba en secundaria, me inscribí en una clase de actuación en el colegio. Fui a la primera clase y me di cuenta que quizás no iba a ser la mejor. Ese mismo día me cambié a una clase de arte, donde sabía que podía destacar. La psicóloga Carol Dweck ha estudiado a muchos niños que – como yo en secundaria – tienen terror al fracaso. Acostumbrados a escuchar que son inteligentes, no se atreven a tomar riesgos y por ello no aprenden tanto como podrían.

En un genial TED Talk, Dweck habla sobre la mentalidad de crecimiento —la creencia que las habilidades se pueden desarrollar— en contraste a la mentalidad fija —la creencia que las habilidades son innatas—. Los estudiantes con mentalidad de crecimiento enfrentan los retos como oportunidades de aprendizaje. Demuestran más esfuerzo, más estrategias, más determinación, y más perseverancia que otros estudiantes. Lo más extraordinario es que esta mentalidad se puede aprender. Dweck ha logrado mejorar sustancialmente el rendimiento escolar de miles de estudiantes usando estos descubrimientos.

Aunque estas investigaciones están enfocadas en estudiantes escolares, podemos rescatar dos recomendaciones para nuestro propio desarrollo personal. La primera es no tenerle miedo al esfuerzo. Estamos acostumbrados a admirar a las habilidades por encima del esfuerzo. No es tan inteligente —decimos— el que estudia mucho. Deberíamos sentirnos orgullosos de nuestro esfuerzo y nuestro crecimiento, no de nuestra inteligencia o nuestro talento innato para el deporte, o para dibujar, o para los idiomas.

La segunda es abordar los retos, especialmente los grandes, como oportunidades de aprendizaje. Pensemos conscientemente sobre las habilidades que estamos desarrollando. Nos ayudará no solo a aprender, sino a lograr mejores resultados. Cuando enfrentemos un fracaso, no lo interpretemos como un desaprobado. Pensemos más bien que es un “todavía no”. No le tengamos miedo a los retos. No son pruebas de nuestras habilidades, sino oportunidades para desarrollarlas.

Algo de cierto tiene el famoso refrán: lo que natura no da, Salamanca no presta. No podemos, y no deberíamos, cambiar todo de nosotros mismos. Sin embargo, sí podemos, con mucha apertura y perseverancia, tomar las riendas de nuestro propio desarrollo personal. La receta que les propongo —hábitos y esfuerzo— no es muy glamorosa. Es más sudor que cualquier otra cosa. Sin embargo, el año nuevo es un excelente momento para comenzar. ¡Feliz año!

Cuando escucho a los empresarios y ejecutivos hablar sobre los millennials, mi generación, me sorprende la distancia que nos separa. Los ejecutivos nos perciben como totalmente distintos a ellos, cuando en realidad no somos tan diferentes. No en vano SEMANAeconómica tituló su estudio sobre millennials peruanos y el trabajo “el monstruo inexistente”.

Muchas veces categorizamos actitudes de nuestros colaboradores y postulantes como “típicas de millennials” sin tratar de entender su origen con un poco más de empatía. Los reto a complementar la información valiosa que nos proporcionan las investigaciones sobre millennials con un poco de empatía para gestionar con excelencia el talento de esta generación.

El lado derecho del cerebro

Hace casi 40 años, Betty Edwards –una profesora de arte de California State University– publicó un libro que revolucionó la forma en que se enseña a dibujar adaptando las investigaciones del neuropsicólogo y ganador del Nobel Roger W. Sperry. ¿El secreto? Voltear la imagen que estás tratando de copiar para forzar a tu cerebro a pensar de forma diferente.

Estamos acostumbrados a ejercitar la parte racional y verbal de nuestro cerebro, la parte izquierda según las investigaciones de Sperry. Por ello cuando empezamos a dibujar, no observamos el objeto que tenemos en frente – con todas sus particularidades, su relación con el resto de objetos y el espacio, las sombras – sino un objeto genérico. No dibujamos, por ejemplo, el ojo que tenemos en frente sino nuestra idea simplificada de un ojo.

Volteando la imagen y dibujando al revés hacemos más complejo para nuestro cerebro procesar la información de forma verbal. Con un poco de práctica, logramos emplear la parte derecha de nuestro cerebro, que se caracteriza por ser más intuitiva, visual, y enfatiza el todo por encima de las partes. Aquí, unos ejemplos de estudiantes que mejoraron sustancialmente sus dibujos usando las técnicas de Edwards.

Voltear la imagen

¿Cuál sería la técnica equivalente para entender a los millennials u otros grupos? Les sugiero una herramienta que los consultores de Design Thinking usan hace ya muchos años: traten de pasar por las mismas experiencias que los millennials de su oficina. Sientan lo que ellos sienten para ir más allá de los pensamientos abstractos. Les presento dos ejemplos exitosos: una cadena de restaurantes y Liderman.

Una cadena de restaurantes peruana le encargó a un consultor de Design Thinking diseñar una mejor experiencia para sus colaboradores (muchos de los cuales son millennials) y así reducir la rotación e incrementar la calidad del servicio. El consultor postuló a la empresa, pasó por el proceso de capacitación, y trabajó allí un tiempo como cualquier otro empleado. Esta experiencia le permitió proponer soluciones muy humanas. Por ejemplo, se dio cuenta que sus compañeros pasaban mucho tiempo parados y diseñó unas bancas discretas para que puedan descansar mientras toman los pedidos. También compartió la vergüenza que sentían sus colegas al usar camisetas que decían “en entrenamiento” y sugirió cambiar esta práctica.

Liderman ha logrado fidelizar a sus colaboradores (algunos de los cuales son millennials) en una industria caracterizada por la alta rotación empleando la empatía. Todo empezó con el recordado comercial de Yungay, en el cual un vigilante que pierde una oportunidad por su ignorancia. Como señaló el CEO de la empresa, Dante Conetta, en la última edición de la Conferencia Anual de la Región Arequipa (CARA), este video desmoralizó a los vigilantes, quienes empezaron a avergonzarse de su trabajo.

Hoy los colaboradores de la empresa están tan orgullosos que se presentan con el título “liderman”, así como otros dicen “ingeniero” o “doctor”. Este cambio se debe a una serie de iniciativas como, por ejemplo, que todos tienen el teléfono del gerente general y se sienten acompañados a través de la emisora de radio de la empresa. Liderman sigue innovando porque los ejecutivos están en constante contacto con los colaboradores.

Soluciones ambidiestras

Las mejores soluciones para administrar el talento de una organización o un equipo demandan que pensemos de forma racional e intuitiva. Racional porque está relacionada al negocio; intuitiva porque tiene que ver con personas.

Cuando leemos investigaciones sobre millennials usamos la parte izquierda de nuestro cerebro. Es útil, por supuesto, sintetizar información de esta forma. Sin embargo, así como el lado derecho del cerebro nos permite dibujar mejor, también nos puede ayudar a entender a los millennials con mayor profundidad para diseñar soluciones efectivas como lo hicieron Liderman y la cadena de restaurantes.

Así como los estudiantes de Edwards voltearon las imágenes para forzar sus cerebros a pensar de forma distinta, es muy posible que para pensar con el lado derecho de nuestro cerebro tengamos que hacer un esfuerzo para salir de nuestra zona de confort. Una forma de hacerlo es vivir las mismas experiencias que nuestros colaboradores.

¿Cómo “voltearías la imagen” en tu empresa? ¿A qué otros retos empresariales podríamos adaptar esta técnica?

En el ciclo pasado, muchos de los primeros puestos de las carreras del instituto donde trabajo fueron otorgados a mujeres. Me enorgullece enormemente ver a mujeres triunfando en el mundo académico. No sólo en nuestro país, sino en todo el mundo las mujeres están destacando en los estudios, como lo señala este artículo de The Economist. Ellas, que hace algunas décadas no hubieran podido acceder a educación superior porque “su sitio era la casa”.

Sin embargo, sé que aún con notas sobresalientes, para nuestras alumnas será más difícil destacar en el mundo laboral que para sus compañeros. Lo demuestra un reciente editorial de esta revista. Más allá del enorme desperdicio que esto genera para nuestra economía, me molesta profundamente la frustración que sentirán cuando vean que a un hombre le paguen más que a ellas por hacer el mismo trabajo, o la desmotivación que vivirán cuando observen que todos los reportes de su gerente general son hechos por hombres. Me molesta que sea más difícil para ellas lograr sus sueños.

El cambio en nosotros

El éxito laboral y personal que yo sueño para mis estudiantes, para mis amigas, para mi hija, para mí es una meta ambiciosa. La igualdad de género es una meta ambiciosa. Hay componentes estructurales complejos y temas de políticas públicas que tendremos que enfrentar como sociedad. Pero como mencionó el presidente estadounidense Barack Obama en un artículo en la revista Glamour, el cambio más importante  –y quizás el más difícil– es interno.

Tenemos que cambiar la actitud –dice Obama– que premia el recato en las niñas y la asertividad en los niños, que critica a las mujeres por alzar su voz y a los hombres por llorar. Tenemos que cambiar la actitud que enseña a los hombres a sentirse amenazados por la presencia de mujeres exitosas, que discrimina a las madres que trabajan y a los padres que no trabajan porque cuidan a sus hijos a tiempo completo. No podemos seguir llamando agresivas a las mujeres competitivas y ambiciosas en el trabajo, mientras premiamos con ascensos el mismo comportamiento en hombres, como muestra este clásico caso de estudio de Harvard Business School.

Estos estereotipos nos limitan. No nos dejan ser nosotros y nosotras mismas en nuestro rol profesional o personal. Limitan nuestro potencial.

Los estereotipos que nos limitan

¿Cómo se comporta una buena madre, una buena profesional, una buena mujer? ¿Cómo se comporta un buen padre, un buen profesional, un buen hombre? De muchas formas distintas. No hay una sola receta válida, aunque muchas veces no podemos ver más allá de los límites de nuestros propios estereotipos, de nuestras propias definiciones estrechas sobre los roles que cumplimos.

Un amigo me contó que de chico le molestaba que le pregunten si era bueno en fútbol, cocina o danza. A él lo que le gustaba era estudiar, pero sus propios profesores no podían ver más allá del color de su piel. No tiene nada de malo ser futbolista, cocinero o bailarín, pero él se sentía encasillado dentro de estos estereotipos sobre los talentos de los afroperuanos. Para enfrentar esta problemática compartió la historia de Catalina Buendía de Pecho, una heroína de la guerra con Chile. Catalina rompe las barreras de los estereotipos sobre los afroperuanos. Ella nos prueba que los afroperuanos pueden destacar en otros ámbitos.

Hemos construido nuestras percepciones sobre nuestros propios roles y los roles de otras personas con base en los ejemplos que vemos en los medios de comunicación, en nuestros libros de historia, en los cuentos que escuchamos de chicos. Son como collages de miles de momentos y percepciones, de las personas que admiramos, de actitudes de nuestros padres, de reacciones ante nuestros propios comportamientos y los de otros. Muchas veces ni nos damos cuenta de que los tenemos hasta que otros los señalan, o –como Catalina Buendía– nos presentan una historia que nos descuadra.

Las historias que nos inspiran

Cuando pienso en el futuro profesional de mis estudiantes –tanto hombres como mujeres– me enorgullece, pero también me preocupa que muchos son los primeros en sus familias en terminar estudios superiores. Ante los retos de las nuevas etapas en nuestras vidas, inconscientemente usamos como guía las experiencias de las personas que tenemos a nuestro alrededor y las experiencias de las personas que admiramos. Me preocupa que les falten ejemplos cercanos de personas en trabajos que requieren estudios superiores.

Por ello, busco ejemplos de egresados exitosos. Personas que estuvieron en la misma situación que ellos y que hoy lograron sus metas. Estas historias los motivan y les brindan soluciones que pueden adaptar a los desafíos concretos que enfrentan.

En el caso de mis alumnas, estas historias son especialmente importantes. No conocemos suficientes casos de mujeres exitosas en el mundo profesional. Esto representa una barrera importante para las mujeres que hoy pueden acceder a muchas más oportunidades que sus madres. Las historias de éxito que cuestionan estereotipos no sólo abren nuestras mentes, sino también funcionan como modelos de roles, ejemplos a seguir.

Estrógeno para el éxito

No podemos simplemente imitar las historias de éxito masculinas, tenemos mucho que aportar como mujeres. Quizás por naturaleza, quizás por la forma cómo nos han criado, las mujeres trabajamos de forma distinta, más colaborativa. Una reciente investigación prueba que los equipos con más mujeres tienen un coeficiente intelectual grupal más alto.

El movimiento 7 reinas identifica siete características comunes de las mujeres exitosas –intuición femenina, comunicación efectiva, afectividad, control, transformación, disfrute y toma de decisiones–. Ellas rompen los estereotipos sobre la mujer usando la misma herramienta que mi amigo afroperuano, los ejemplos de éxito. En lugar de premiar a siete reinas de belleza –una definición limitante del rol de la mujer–, premian siete reinas del éxito. Cada reina personifica una de estas características, y sirve de ejemplo para las demás mujeres.

Ya organizaron eventos en Argentina y Chile. Este 18 de agosto, le toca a Lima. Contarán las historias de mujeres extraordinarias: Pilar Sordo, Rosario Bazán, Susana Eléspuru, Azucena Gutiérrez, Rocío Oyanguren, Silvia Vásquez, y una reina escogida por el público.

Me molesta mucho que el camino al éxito sea más difícil para mis alumnas. Me molestan las frustraciones que sé que vivirán por la inequidad de género. No podemos erradicar el machismo de la noche a la mañana. Lo que sí podemos hacer es cambiar nuestra actitud. Rompamos –hombres y mujeres– los estereotipos que nos limitan y descubramos las historias que nos inspiran.

Como muchos peruanos, hoy respiro más tranquila sabiendo que en la segunda vuelta electoral 2016 no tenemos ningún candidato antisistema. Sin embargo, para no enfrentarnos a unas elecciones lideradas por propuestas antisistema en el 2021 es importante explorar por qué 1 de cada 5 peruanos* quiere cambiar sustancialmente el modelo económico que nos ha traído prosperidad en las recientes décadas.

Sería fácil tildar a nuestros compatriotas de electarados, pero eso implica que no podemos hacer nada para evitar encontrarnos entre la espada y la pared en cinco años. Con un poco de empatía, podemos entender que aunque la mayoría de peruanos goza de una mejor situación económica hoy que hace treinta años, la movilidad social todavía es muy baja en nuestro país, y eso genera una comprensible insatisfacción. Estos cinco años trabajemos para que todos los peruanos accedan a oportunidades para salir adelante. La clave es la educación.

La curva del Gran Gatsby

El modelo económico funciona, pero no es perfecto. Basta con leer las estadísticas de este editorial de El Comercio para comprender que hoy los peruanos accedemos a una mejor calidad de vida. Sin embargo, todavía no todos podemos obtener una buena educación y crecer profesionalmente. Si tu padre es rico, es probable que tú también lo seas. Si tu padre es pobre, lo más probable es que tú seas pobre también.

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Este gráfico del World Economic Forum ilustra la Curva del Gran Gatsby –cuánto ganan las personas en distintos países en comparación con sus padres–. En el eje horizontal se muestra el coeficiente de Gini. Mientras más alto el coeficiente, mayor inequidad en ingresos. El eje vertical muestra elasticidad intergeneracional –la correlación entre los ingresos de los padres y los hijos–. Mientras mayor correlación, menor es la movilidad social. Es decir, la probabilidad de que tú tengas un desempeño económico diferente al de tu padre.

El Perú está en el extremo superior derecho, el peor lugar del gráfico. La inequidad en ingresos no es mala de por sí si todos tenemos una mejor situación económica, como argumenta Margaret Thatcher en este histórico discurso de 1990. Pero si está acompañada de alta elasticidad intergeneracional, podemos empezar a entender por qué tantos peruanos están descontentos con nuestro modelo económico. La inequidad es más injusta si no es meritocrática.

Suerte y mérito

Para los que trabajamos todos los días con muchísimo esfuerzo, es difícil comprender que una parte importante de nuestro éxito económico esté ligado a la suerte de haber nacido en hogares acomodados, no a nuestro mérito. Por ello a veces podemos adoptar actitudes insensibles ante personas que han tenido menos oportunidades que nosotros.

Esta caricatura de Toby Morris nos puede ayudar a entender un poco más las adversidades a las que se enfrentan muchos peruanos. En ella Morris cuenta la historia de dos niños, Richard y Paula. Aquí una traducción del texto que acompaña la caricatura:

Los padres de Richard son ricos, los de Paula son pobres.

Richard vive en una casa cómoda llena de libros y con suficiente comida en el refrigerador. La casa de Paula tiene menos comodidades, y la niña se enferma con frecuencia.

Los padres de Richard lo ayudan con sus tareas, los padres de Paula siempre están trabajando.

Richard va a un excelente colegio, Paula va a un colegio con muchas limitaciones.

Los padres de Richard pagan su universidad, Paula lava platos para pagar sus estudios superiores, y por ello siempre está cansada.

El padre de Richard lo ayuda a conseguir una práctica, Paula tiene que cuidar a su padre que está enfermo.

Richard tiene acceso a crédito, Paula no.

Richard ha trabajado duro toda su vida, y por ello no entiende por qué es necesario apoyar a gente como Paula. Richard tiene mérito… pero también mucha suerte. Es comprensible que Paula decida votar por un candidato antisistema.

¿Qué podemos hacer?

La mayoría de peruanos vive mejor hoy que hace treinta años, pero no es suficiente. Debemos brindar oportunidades para que todos los peruanos puedan acceder a una educación de calidad y desarrollarse profesionalmente. No es cuestión de regalar puestos de trabajo, sino de crear oportunidades para que todos podamos competir por puestos de trabajo en igualdad de condiciones. El hogar donde naciste no debe determinar tu éxito profesional ni tu calidad de vida si estás dispuesto a educarte y trabajar duro.

¿Qué podemos hacer estos cinco años? Presionemos a nuestras autoridades para que mejoren el acceso y la calidad de educación en el Perú. Apoyemos a instituciones educativas de excelencia para que puedan dar becas a los estudiantes que las necesiten. Donemos nuestro tiempo y dinero a ONG de educación. Formemos y ayudemos a crecer a las personas que trabajan con nosotros.

Está en nuestras manos construir un Perú más inclusivo donde las propuestas antisistema queden en el olvido.

 

*El voto de Verónika Mendoza y Gregorio Santos suman más de 20% en el conteo rápido al 97.58% de la ONPE.

La educación superior en el Perú y el transporte público en Lima han vivido historias paralelas en los últimos años. Por un lado, recordamos con nostalgia cuando contábamos con servicios de mejor calidad. Por otro lado, reconocemos que esos servicios no eran suficientes para satisfacer las necesidades de la mayoría de la población. ¿Todo tiempo pasado fue mejor? ¿Hemos logrado democratizar el acceso a la educación o hemos permitido que estafen a jóvenes estudiantes con una oferta de pésima calidad?

La democratización de la educación superior

Hoy muchos más peruanos pueden acceder a educación superior que hace 15 años. En el 2000, las universidades e institutos peruanos contaban con 800,000 estudiantes. En el 2012, estos estudiantes ya sumaban más de 1’200,000 (ANR 2012, Minedu 2012). Este cambio se debe en gran parte a la proliferación de universidades privadas, cuyas matrículas casi se triplicaron entre el 2004 y el 2011 (Enaho).

Adiós a los imposibles exámenes de ingreso e interminables ciclos en la ‘pre’. Aunque acceder a los más prestigiosos institutos y universidades todavía es un gran reto, el incremento en la oferta educativa abrió puertas a estudiantes que no contaban con una base académica tan sólida. En un país con educación escolar de tan mala calidad, estos jóvenes no son un grupo menor.

Además, las nuevas universidades e institutos se adaptaron a las limitaciones económicas de este nuevo tipo de estudiante. Ofrecieron carreras más cortas a un menor costo y en horarios más compatibles con el trabajo.

La oferta tradicional se enfocaba en los estudiantes que Andrew S. Rosen – CEO y presidente del directorio de Kaplan Inc., una de las más grandes organizaciones educativas del mundo – llama “los automáticos”. Es decir, jóvenes que estudiaron en colegios de calidad, cuyos compañeros asumen que el siguiente paso es la universidad, que tuvieron buenas notas en el colegio, y cuyos padres pueden apoyarlos con los gastos de su educación. Por supuesto, nuestras universidades e institutos siempre han contado con estudiantes muy talentosos con pocos recursos, pero ahora muchos más pueden acceder a estas oportunidades.

Hace 15 años, nuestro sistema de educación superior educaba a una élite – tanto económica (los que podían pagarla) como meritocrática (los talentosos que podían pasar el examen de ingreso). Hoy estamos educando a la fuerza laboral peruana.

¡Al fondo hay sitio!

Hoy es más fácil acceder a educación superior, pero dada la mala calidad que ofrecen muchos centros educativos, ésta no garantiza un mejor futuro laboral. 60% de las empresas peruanas afirma que los recién egresados no están preparados para su primer trabajo (Lee Hecht Harrisson DBM). Muchos estudiantes se sienten decepcionados con la educación que recibieron. Muchos empleadores consideran que algunas universidades e institutos son fábricas de diplomas que no añaden mucho valor.

En su programa “Last Week Tonight”, el genial comediante John Oliver critica a varias universidades de Estados Unidos por aprovecharse de estudiantes que sueñan con un mejor futuro laboral para luego brindarles una educación mediocre que los deja subdesempleados o desempleados. Oliver argumenta incluso que los egresados estarían mejor si no hubieran estudiado nada, ya que por lo menos no habrían invertido tanto tiempo y dinero en una educación con tan bajo retorno a la inversión. Aunque se refiere a Estados Unidos y no al Perú, la crítica de Oliver podría también ser aplicada a nuestro sistema educativo.

Según data de Enaho, los estudios superiores en el Perú sí están relacionados a mayores ingresos. Sin embargo, como señala Gustavo Yamada en un reciente estudio, la heterogeneidad de la calidad de ésta significa que estudiar en algunas universidades e institutos significa mayores ingresos futuros que carreras similares en otros centros educativos. Esto se puede validar revisando las estadísticas del portal del gobierno Ponte en Carrera, que consolida data de sueldos y los cruza contra centro de estudios, carrera y año de egreso.

Se comprende entonces por qué los egresados de algunas universidades e institutos se sienten estafados. Estudiar una carrera significa grandes sacrificios en términos de tiempo, inversión económica y el costo de oportunidad de dedicar ese tiempo a trabajar. Cuando ves a tu universidad en la lista de universidades donde NO contratarían las empresas (Ipsos Perú), es natural sentirte cuando menos decepcionado y cuestionar la calidad de educación que recibiste. Al fondo hay sitio, pero apretados, con pésimos choferes, y en unos carros que se caen a pedazos.

La combificación de la educación superior

Todo tiempo pasado no fue mejor. Es difícil recordarlo cuando estás sentado incómodo en una combi en la mitad del tráfico de Lima, pero es mejor estar ahí que en una cola interminable esperando el siguiente carro como hace unos años. Tenemos una necesidad de transportarnos, y las combis –más mal que bien– la satisfacen a un costo accesible.

Lo mismo se puede decir de la proliferación de universidades e institutos. Muchos no brindan la mejor educación del mundo, pero satisfacen –algunas veces más mal que bien– la necesidad de capacitación de los peruanos a un costo accesible.

Hemos logrado que se democratice el acceso a la educación superior. Sin embargo, al igual que es necesaria una reforma del transporte público para mejorar la calidad de éste, es importantísimo reformar la educación superior para mejorar la calidad de la educación superior de los peruanos. La calidad es nuestra tarea pendiente.

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