Texto de prueba
MARZO 20, 2014
Realizado por: Matias Cardona

En el ciclo pasado, muchos de los primeros puestos de las carreras del instituto donde trabajo fueron otorgados a mujeres. Me enorgullece enormemente ver a mujeres triunfando en el mundo académico. No sólo en nuestro país, sino en todo el mundo las mujeres están destacando en los estudios, como lo señala este artículo de The Economist. Ellas, que hace algunas décadas no hubieran podido acceder a educación superior porque “su sitio era la casa”.

Sin embargo, sé que aún con notas sobresalientes, para nuestras alumnas será más difícil destacar en el mundo laboral que para sus compañeros. Lo demuestra un reciente editorial de esta revista. Más allá del enorme desperdicio que esto genera para nuestra economía, me molesta profundamente la frustración que sentirán cuando vean que a un hombre le paguen más que a ellas por hacer el mismo trabajo, o la desmotivación que vivirán cuando observen que todos los reportes de su gerente general son hechos por hombres. Me molesta que sea más difícil para ellas lograr sus sueños.

El cambio en nosotros

El éxito laboral y personal que yo sueño para mis estudiantes, para mis amigas, para mi hija, para mí es una meta ambiciosa. La igualdad de género es una meta ambiciosa. Hay componentes estructurales complejos y temas de políticas públicas que tendremos que enfrentar como sociedad. Pero como mencionó el presidente estadounidense Barack Obama en un artículo en la revista Glamour, el cambio más importante  –y quizás el más difícil– es interno.

Tenemos que cambiar la actitud –dice Obama– que premia el recato en las niñas y la asertividad en los niños, que critica a las mujeres por alzar su voz y a los hombres por llorar. Tenemos que cambiar la actitud que enseña a los hombres a sentirse amenazados por la presencia de mujeres exitosas, que discrimina a las madres que trabajan y a los padres que no trabajan porque cuidan a sus hijos a tiempo completo. No podemos seguir llamando agresivas a las mujeres competitivas y ambiciosas en el trabajo, mientras premiamos con ascensos el mismo comportamiento en hombres, como muestra este clásico caso de estudio de Harvard Business School.

Estos estereotipos nos limitan. No nos dejan ser nosotros y nosotras mismas en nuestro rol profesional o personal. Limitan nuestro potencial.

Los estereotipos que nos limitan

¿Cómo se comporta una buena madre, una buena profesional, una buena mujer? ¿Cómo se comporta un buen padre, un buen profesional, un buen hombre? De muchas formas distintas. No hay una sola receta válida, aunque muchas veces no podemos ver más allá de los límites de nuestros propios estereotipos, de nuestras propias definiciones estrechas sobre los roles que cumplimos.

Un amigo me contó que de chico le molestaba que le pregunten si era bueno en fútbol, cocina o danza. A él lo que le gustaba era estudiar, pero sus propios profesores no podían ver más allá del color de su piel. No tiene nada de malo ser futbolista, cocinero o bailarín, pero él se sentía encasillado dentro de estos estereotipos sobre los talentos de los afroperuanos. Para enfrentar esta problemática compartió la historia de Catalina Buendía de Pecho, una heroína de la guerra con Chile. Catalina rompe las barreras de los estereotipos sobre los afroperuanos. Ella nos prueba que los afroperuanos pueden destacar en otros ámbitos.

Hemos construido nuestras percepciones sobre nuestros propios roles y los roles de otras personas con base en los ejemplos que vemos en los medios de comunicación, en nuestros libros de historia, en los cuentos que escuchamos de chicos. Son como collages de miles de momentos y percepciones, de las personas que admiramos, de actitudes de nuestros padres, de reacciones ante nuestros propios comportamientos y los de otros. Muchas veces ni nos damos cuenta de que los tenemos hasta que otros los señalan, o –como Catalina Buendía– nos presentan una historia que nos descuadra.

Las historias que nos inspiran

Cuando pienso en el futuro profesional de mis estudiantes –tanto hombres como mujeres– me enorgullece, pero también me preocupa que muchos son los primeros en sus familias en terminar estudios superiores. Ante los retos de las nuevas etapas en nuestras vidas, inconscientemente usamos como guía las experiencias de las personas que tenemos a nuestro alrededor y las experiencias de las personas que admiramos. Me preocupa que les falten ejemplos cercanos de personas en trabajos que requieren estudios superiores.

Por ello, busco ejemplos de egresados exitosos. Personas que estuvieron en la misma situación que ellos y que hoy lograron sus metas. Estas historias los motivan y les brindan soluciones que pueden adaptar a los desafíos concretos que enfrentan.

En el caso de mis alumnas, estas historias son especialmente importantes. No conocemos suficientes casos de mujeres exitosas en el mundo profesional. Esto representa una barrera importante para las mujeres que hoy pueden acceder a muchas más oportunidades que sus madres. Las historias de éxito que cuestionan estereotipos no sólo abren nuestras mentes, sino también funcionan como modelos de roles, ejemplos a seguir.

Estrógeno para el éxito

No podemos simplemente imitar las historias de éxito masculinas, tenemos mucho que aportar como mujeres. Quizás por naturaleza, quizás por la forma cómo nos han criado, las mujeres trabajamos de forma distinta, más colaborativa. Una reciente investigación prueba que los equipos con más mujeres tienen un coeficiente intelectual grupal más alto.

El movimiento 7 reinas identifica siete características comunes de las mujeres exitosas –intuición femenina, comunicación efectiva, afectividad, control, transformación, disfrute y toma de decisiones–. Ellas rompen los estereotipos sobre la mujer usando la misma herramienta que mi amigo afroperuano, los ejemplos de éxito. En lugar de premiar a siete reinas de belleza –una definición limitante del rol de la mujer–, premian siete reinas del éxito. Cada reina personifica una de estas características, y sirve de ejemplo para las demás mujeres.

Ya organizaron eventos en Argentina y Chile. Este 18 de agosto, le toca a Lima. Contarán las historias de mujeres extraordinarias: Pilar Sordo, Rosario Bazán, Susana Eléspuru, Azucena Gutiérrez, Rocío Oyanguren, Silvia Vásquez, y una reina escogida por el público.

Me molesta mucho que el camino al éxito sea más difícil para mis alumnas. Me molestan las frustraciones que sé que vivirán por la inequidad de género. No podemos erradicar el machismo de la noche a la mañana. Lo que sí podemos hacer es cambiar nuestra actitud. Rompamos –hombres y mujeres– los estereotipos que nos limitan y descubramos las historias que nos inspiran.