Texto de prueba
MARZO 20, 2014
Realizado por: Matias Cardona

Creo profundamente en la capacidad de los seres humanos para ser cada vez mejores. Todos los años que he trabajado en educación me han convencido aún más de que importan menos las capacidades innatas y más las ganas de seguir creciendo. Quizás por ello todos los fines de año me sumo a la locura colectiva de establecer metas importantes para el próximo año, las muy cliché pero potencialmente valiosas resoluciones de año nuevo.

Comparto con ustedes dos ideas que me ayudaron a cumplir mis metas en el 2016: los hábitos de Aristóteles y el esfuerzo de la psicóloga Carol Dweck. ¡Espero que les sean útiles!

Hábitos

Recuerdo la clase universitaria de introducción a la filosofía en la cual descubrí la ética de Aristóteles y, particularmente, sus ideas sobre los hábitos. Toda mi vida había pensado que el carácter era un tema innato o a lo mejor, algo que se formaba en la infancia. Aristóteles —o, por lo menos, la interpretación de sus pensamientos que yo recuerdo de esa clase— dice que nuestro carácter está determinado por nuestros hábitos, y nuestros hábitos se basan en nuestras decisiones. Es decir, los hábitos comienzan en algún momento por decisiones más o menos conscientes que demandan mucho esfuerzo. Después de mucha repetición, estos comportamientos se vuelven más naturales. Demandan menos esfuerzo y pasan a formar parte de nuestro carácter.

Esta idea tiene tres implicancias importantes con relación a nuestras metas de desarrollo personal. La primera es que podemos formar nuestro propio carácter. De la misma manera que somos deportistas porque practicamos deportes a menudo, somos empáticos porque constantemente nos ponemos en los zapatos de otras personas, somos puntuales porque llegamos a tiempo. Suena evidente que somos lo que hacemos, pero usualmente hablamos sobre muchos atributos personales como incambiables. Les enseñamos disciplina, orden, y otras virtudes a nuestros hijos; podemos también potenciar estos atributos en nosotros mismos.

La segunda es que las pequeñas decisiones de todos los días son muy importantes. Si tus hábitos determinan tu carácter, entonces es importante analizar tus hábitos actuales y los que quieres desarrollar. ¿A qué le dedicas tiempo todos los días? ¿Qué caracteriza tus interacciones con otras personas? ¿Cómo te comportas? Estas pequeñas decisiones tienen un mayor impacto en nuestras vidas que muchas de las grandes decisiones que tanto nos preocupan. Es más importante, por ejemplo, cómo abordas tu vida universitaria, cómo y cuánto estudias, cómo te relacionas con tus compañeros, etc. que la carrera que decides estudiar.

La tercera es que lo que inicialmente es muy difícil se volverá más fácil porque se convertirá en parte de tu carácter. Tus acciones, repetidas por mucho tiempo, te cambian. La cantidad de tiempo y esfuerzo que esto demanda depende de muchos factores – la magnitud del cambio, la intensidad y periodicidad de las repeticiones, etc. Quizás sean meses, quizás años. Sin embargo, la idea de poder cambiar tu carácter a través de tus acciones —aunque sean solo algunos atributos y demande muchísimo tiempo y esfuerzo— es muy poderosa.

Esfuerzo

Cuando estaba en secundaria, me inscribí en una clase de actuación en el colegio. Fui a la primera clase y me di cuenta que quizás no iba a ser la mejor. Ese mismo día me cambié a una clase de arte, donde sabía que podía destacar. La psicóloga Carol Dweck ha estudiado a muchos niños que – como yo en secundaria – tienen terror al fracaso. Acostumbrados a escuchar que son inteligentes, no se atreven a tomar riesgos y por ello no aprenden tanto como podrían.

En un genial TED Talk, Dweck habla sobre la mentalidad de crecimiento —la creencia que las habilidades se pueden desarrollar— en contraste a la mentalidad fija —la creencia que las habilidades son innatas—. Los estudiantes con mentalidad de crecimiento enfrentan los retos como oportunidades de aprendizaje. Demuestran más esfuerzo, más estrategias, más determinación, y más perseverancia que otros estudiantes. Lo más extraordinario es que esta mentalidad se puede aprender. Dweck ha logrado mejorar sustancialmente el rendimiento escolar de miles de estudiantes usando estos descubrimientos.

Aunque estas investigaciones están enfocadas en estudiantes escolares, podemos rescatar dos recomendaciones para nuestro propio desarrollo personal. La primera es no tenerle miedo al esfuerzo. Estamos acostumbrados a admirar a las habilidades por encima del esfuerzo. No es tan inteligente —decimos— el que estudia mucho. Deberíamos sentirnos orgullosos de nuestro esfuerzo y nuestro crecimiento, no de nuestra inteligencia o nuestro talento innato para el deporte, o para dibujar, o para los idiomas.

La segunda es abordar los retos, especialmente los grandes, como oportunidades de aprendizaje. Pensemos conscientemente sobre las habilidades que estamos desarrollando. Nos ayudará no solo a aprender, sino a lograr mejores resultados. Cuando enfrentemos un fracaso, no lo interpretemos como un desaprobado. Pensemos más bien que es un “todavía no”. No le tengamos miedo a los retos. No son pruebas de nuestras habilidades, sino oportunidades para desarrollarlas.

Algo de cierto tiene el famoso refrán: lo que natura no da, Salamanca no presta. No podemos, y no deberíamos, cambiar todo de nosotros mismos. Sin embargo, sí podemos, con mucha apertura y perseverancia, tomar las riendas de nuestro propio desarrollo personal. La receta que les propongo —hábitos y esfuerzo— no es muy glamorosa. Es más sudor que cualquier otra cosa. Sin embargo, el año nuevo es un excelente momento para comenzar. ¡Feliz año!